María Cano Verdejo: «Al final, todo depende de la regresión masiva del uso de plástico y petróleo»

María Cano y 'Nana', en la Loma del Calvo, ante la Sierra de la Cabeza del Asno. / GUILLERMO CARRIÓN / AGM
María Cano y 'Nana', en la Loma del Calvo, ante la Sierra de la Cabeza del Asno. / GUILLERMO CARRIÓN / AGM

«Hay que retomar la sabiduría de cuando los campos estaban habitados y cultivados», afirma la joven miembro del Club Atalaya de Cieza

Pepa García
PEPA GARCÍA

María Cano Verdejo (Cieza, 1982) es miembro del Club Atalaya desde antes de tener dientes. «Es una república de colectivos; mi escuela» y desde donde se impulsó la creación del Museo del Esparto de Cieza, a punto de abordar una mejora sufragada por los fondos Leader para ampliar y dinamizar un espacio que pone en valor esta industria tradicional ciezana, primera a nivel nacional y europeo en el siglo XX. Técnica en Eficiencia Energética y Energías Renovables, trabaja en bioconstrucción, reivindica la cultura del secano como una filosofía de vida y aboga por la austeridad para combatir el cambio climático y frenar el agotamiento de los recursos.

-Hace dos años iniciaron un inventario para proteger los olivos centenarios de Cieza, ¿cómo va la cosa?

-Realizamos el inventario de los olivos en terreno municipal, pero no hay voluntad política ni recursos. El proyecto está parado y el abandono de las oliveras progresa, más amenazadas aún con la plaga de la 'Xylella fastidiosa'. Tienen los días contados, pero el ayuntamiento no está en eso.

Posibles soluciones: «Habrá que establecer estrategias de reducción de consumo y sustitución»

-¿Qué es el Museo del Esparto de Cieza para el Club Atalaya?

-Su mayor contribución patrimonial. Somos los mismos, más algunos esparteros que colaboran porque no quieren dejar el esparto de la mano. El año pasado empezamos con talleres de iniciación al esparto. Y este, con la celebración del III Congreso Nacional del Esparto, hemos estado muy liados; seguiremos en 2019.

-¿Cómo surgió la idea del museo?

-En 1983, el Club Atalaya hizo una petición al Ayuntamiento para que se levantara. Pero se desestimó. Y el 31 de diciembre de 2000 se inauguró el pequeño museo del esparto en el club. Una iniciativa de antiguos trabajadores de la espartería vinculados al club, con la contribución desinteresada de los vecinos. En 2015, con fondos Leader, se erigió el nuevo Centro de Interpretación del Esparto y su Industria. Y, este año, tenemos una subvención para su ampliación y dinamización. Pero todo ha sido de manera autogestionada.

-Y, ¿qué le une personalmente a la cultura del esparto?

-Yo me he criado en el patio del Club Atalaya y entre sus gentes. Mi padre fue 'menaor' -niños que daban a la rueda de hilar esparto- y mi abuela ha hecho lía -un trenzado del esparto- toda la vida. Pero, es más, Cieza olía a esparto. Además, yo vengo de un paisaje, ahora modificado, que era el de la Cieza de cabezos, espartizales y aromáticas, un paisaje en el que me he criado y que me gusta. Ahora ves un modelo productivo que aniquila el recurso más escaso, el agua; una sociedad que no sabe cómo librarse de los plásticos,... Y ahí está el esparto, que sonríe alegre, sobreviviendo y frena la desertización, protege el suelo... Es una planta de la que se extraía una fibra vegetal ecológica e inocua y con la que vivía Cieza. Pero el petróleo lo asesinó literalmente.

El principal problema ambiental: «Sin duda, la agricultura perniciosa ambientalmente que se practica ahora, y la roturación ilegal, el atentado de los pozos piratas,...»

-Ya que el petróleo asesinó al esparto y ahora el plástico asesina la vida del planeta, ¿el esparto sería la solución para matar al plástico?

-Bueno, yo soy bastante ecopesimista. La solución a la situación que vivimos a nivel global pasa por una reducción en los consumos personales, el gran secreto en una sociedad que nos ha hecho depender de la abundancia. Pero el esparto y el secano pueden paliar los efectos del cambio climático y facilitar la supervivencia. Al final, todo depende de la regresión masiva y urgente del uso del petróleo y del plástico. Para eso habrá que establecer estrategias de reducción de consumo y de sustitución, y ahí el esparto puede ser importante. Pero hay un problema: cada vez hay menos, porque los espartizales están desprotegidos.

-¿Por qué esa defensa a ultranza del secano?

-Porque es una cultura que define la austeridad. Yo tengo una vida muy sencilla, muy de cuidar las cosas hasta el infinito y más allá. Creo que ahí está la esencia de la calidad de vida, por eso reivindico la austeridad que para mí representa. Las cosas para toda la vida: un cesto de esparto frente a una bolsa de plástico.

Productos ecolólgicos: «Para mí, el coste energético del transporte de los productos es importante»

-¿De dónde viene su conciencia por el cuidado del entorno?

-Al final, todo viene de la educación. A mí me han criado en libertad, pero bajo la responsabilidad de cuidar las cosas para que duren, y en mi casa no hemos pasado miserias. Además, estuve desde muy cría en los scouts, donde se inculcaban estos valores. Y en la escuela también tuve buenos maestros. Pero, para mí, sobre todo nace de valorar el entorno de tus raíces. Por borde y canalla que sea, al final, es donde más a gusto estoy.

-¿Cuál considera el principal problema ambiental de la Región?

-Sin duda, la agricultura perniciosa ambientalmente que se está practicando. La alarma regional por la situación del Mar Menor ha servido para desmitificar estos cultivos intensivos que nada tienen que ver con la agricultura tradicional, que vivía en absoluta comunión con la naturaleza y producía para dar de comer. Pero no solo esto, sino las prácticas descaradas de roturación ilegal, el cambio de secano a regadío, el atentado de los pozos piratas y el secado de las fuentes tradicionales. En definitiva, la destrucción implacable de la cultura agraria tradicional.

-¿Qué le entusiasma?

-Me alegra que esta Región se haya llenado de plataformas, lo que es, ni más ni menos, síntoma de la mediocridad política. Por suerte, en esta Región, que está para tabicarla y someterla a un fuego purificador, hay parte de la sociedad civil que se va organizando: en el Altiplano, Salvemos el Arabí, que ahora se enfrenta al problema de los acuíferos porque el modelo del litoral se ha trasladado allí; en el Noroeste, tienen la misma problemática; la plataforma de la Autovía del Bancal, el Pacto por el Mar Menor; la Sierra Minera, porque lo de Portmán es una vergüenza. No hay justicia ambiental. Por eso hay que exigir un control y una revalorización de nuestros recursos ecológicos y sociales (los básicos son agua y suelo); y un replanteamiento de la política agraria para que retome la sabiduría de cuando nuestros campos estaban habitados, cuidados y cultivados, y nos daban de comer. No como ahora.

-Empieza la temporada de quemas agrícolas, un problema muy grave en Cieza, ¿qué piensa?

-Lo primero hay que ver por qué pasa esto, y es porque se permite. Porque hay una ley de gestión de residuos que lo prohíbe. Los practicantes más organizados y avanzados de este tipo de agricultura son, sin duda, muy afines al poder y reciben un trato de favor, pese a que producen un daño sistemático al medio ambiente del que depende el futuro de toda la Región. Pero no es un problema local, es regional o nacional porque el humo es dinámico y todos tenemos derecho a una buena calidad del aire. Y cuando acaben con la quema de podas, en enero y febrero, llegarán las heladas. El cambio de variedades tradicionales por otras más tempranas (todo por adecuar la producción al mercado por encima de todo), lleva a quemar parafina y paja para modificar las condiciones climáticas. Esto son prácticas de Cromañón. Desafiar a la naturaleza repercute negativamente, pero no escarmentamos; y, mientras, unas administraciones se escudan en otras.

-¿Qué le parece la eliminación del 'impuesto al sol'?

-Lo celebro. No se entendía sobre todo en la Región. Pero, creo que, al final, todo pasa por un consumo responsable porque no se puede llenar el país de plantas fotovoltaicas. Hay que tener mucha cautela con este asunto.

-Como técnica en la materia, ¿cuál es la práctica menos eficiente?

-Sin duda, todo lo relacionado con el transporte. Me refiero a que las mercancías viajan de un polo a otro y eso es uno de los grandes culpables del cambio climático. En esta Región, árida y que depende de cuencas ajenas, producimos masivamente, esquilmando recursos, degradándolos con pesticidas y herbicidas, para, encima, acabar exportándolo. Una contradicción detrás de otra.

-Además de su activismo ecológico, ¿cómo contribuye a la conservación?

-Tengo un huerto para autoabastecimiento en el que practico la permacultura. Ejerzo un consumo responsable. Soy consumidora de ecológico, pero no concibo que una manzana que viene de Perú lo sea. Para mí, el coste energético del transporte de los productos es muy importante.

Reivindicación y elogio de todo el secano

«Es una manera de reivindicar la cultura del secano en esta Región que es un secarral, y la protección de todos estos espartizales. Yo reivindico el higo chumbo, la pita, el esparto, la palmera datilera, la higuera,... No entiendo por qué se menosprecia todo el secano cuando puede llegar a ser un producto 'gourmet'. En el mercado, un higo seco vale una pasta y no entiendo como, por ejemplo, en Águilas están venga a plantar lechugas y sandías cuando podrían trabajar estas frutas deshidratadas que nacen y sobreviven casi sin mirarlas», defiende en el espartizal de la Loma del Calvo, en Cieza.

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