Miguel Ángel Hernández Navarro: «Lo que soy tiene que ver con estar subido a un árbol sin hacer nada»

Miguel Ángel Hernández, en el huerto de la condesa de Almodóvar, ante la casa torre de Los Ramos. / GUILLERMO CARRIÓN / AGM
Miguel Ángel Hernández, en el huerto de la condesa de Almodóvar, ante la casa torre de Los Ramos. / GUILLERMO CARRIÓN / AGM

«A un huertano le duele en el alma vender su terreno, pero si no da...» afirma el escritor y profesor de Historia del Arte de la UMU

Pepa García
PEPA GARCÍA

Miguel Ángel Hernández Navarro (Murcia, 1977), escritor, profesor de Historia del Arte en la UMU y crítico de arte, se define urbanita convencido, pese a que el trabajo de introspección que le ha supuesto parir su último libro, 'El dolor de los demás' (Anagrama, 2018), le ha permitido reconciliarse con una huerta por la que siempre se sintió asfixiado, aprisionado. Quizá por eso nos cita en la Torre Almodóvar, en Los Ramos (Murcia), a unos pocos cientos de metros de la casa familiar -«se está cayendo porque no puedo reconstruirla», explica-, en la que vivió junto a sus padres hasta que emigró a Los Dolores cuando se casó: «A mí se me hacía Manhattan», comenta con esa sorna que caracteriza su conversación.

-¿Se considera huertano?

-Yo siempre fui el raro. Mi padre era agricultor, aunque también trabajaba en la fábrica de aluminio. Había que desbrozar, fumigar, regar... A mí no me iba. Mis hermanos sí le tomaron cariño. De hecho, ellos viven en el mismo carril y yo me fui, lejísimos, a Los Dolores [se ríe], pero a mí se me hacía Manhattan porque tenía panadería, farmacia, carnicería... Eso no lo había tenido en mi vida. A mi madre le decían: 'Te ha salido un señorito de la capital'. Porque yo estaba todo el tiempo en mi cuarto leyendo. Esto me parecía lo peor. Pero, claro, tiempo después, te das cuenta de que no estaba tan mal. No era el paraíso, pero tampoco el infierno. Ahora estoy reconciliándome con el origen y tiene su encanto. Ahora, ¡no vendría a vivir aquí ni loco! Soy más urbanita que huertano.

«Me preocupa mucho, pero no me angustia. No soy un ejemplo de ecologista. No sé si para la sección cuelo»

-¿Qué es la huerta para usted?

-Tengo recuerdos contradictorios. Por un lado, la huerta ha sido un campo de juego, el sitio en que pensaba, me entretenía, casi como una especie de fortín. Un día vinieron los de Alquerías a quitarnos el campo de fútbol y les pusimos una emboscada para apedrearlos y que no volvieran. Lo que pasa es que yo siempre pensé que yo siempre me había querido ir, que estaba angustiado, que era un infierno,... Pero, ahora, me he dado cuenta de que me lo pasé muy bien y que lo que soy tiene que ver con estar mucho tiempo subido a un árbol sin hacer nada más que mirar a mi amigo, o corriendo detrás de los perros, o escondido en las acequias, o volando cometas, o montando en bicicleta... Haciendo cosas quien no vive en la huerta ve excepcionales y que para mí eran naturales.

«Esto es un lugar zombi. Un recuerdo de lo verde que fue. La gente ya no puede dedicarse a la agricultura»

-¿Se bañaba en las acequias?

-Siempre me ha dado miedo el agua, un poco. Ya no venía el brazal bien cuando yo nací. Mis hermanos siempre cuentan que se bañaban en las acequias. Mi hermano Pepe, el escultor, diseñó hasta una especie de barca para que la gente se bañase y se moviese por la acequia. Pero, en los 80, las acequias empezaron a venir cada vez más contaminadas. El Segura era aquello que no se podía oler y ponían las persianas negras de la contaminación. Me bañaba cuando había riada, porque esto se inundaba. Una de las veces, se metió en las casas, la gente iba en barca, nos sacaron en helicóptero... Fue chulo. La gente estaba angustiada. Y los críos alucinados: 'Que venga más agua para que nadar por el carril'.

-¿Cómo era esa huerta?

-Ya estaba en decadencia y transformación. Era el principio de la muerte, de la agonía en que se ha quedado. Esto es ya un lugar zombi, porque si te das cuenta es casi un recuerdo de lo verde que fue. La gente ya no puede dedicarse a la agricultura. Hay un proceso de cambio que comenzó en mi generación, con la tele y la idea de que hay otro mundo más allá de la huerta.

-¿Ha cambiado mucho?

-Es un cambio muy grande. La huerta mía es muy diferente a la que recuerda la gente. Los huertanos salen a pasear, no están todavía tan atosigados, pero no pueden evitar estar en el mundo en el que estamos todos. El tiempo pasa de una manera diferente al de la ciudad, pero mucho más rápido que antes. Se va produciendo una transición inevitable hacia el mundo más moderno. Los huertanos también están conectados. De hecho, ya es más fácil preguntar a internet como injertar un limonero que al escardador, que o se ha muerto o no está. Se ha acabado la huerta en el sentido en el que muchos la piensan.

-¿Te parece mal que se acabe?

-Creo que hay un patrimonio importante que no se debe perder. Hay que conservarlo, pero utilizándolo. El problema es que se convierta en un parque temático. Muchas veces hay que crear, como dice Pedro Sánchez [ríe], un comité de expertos para ver exactamente el grado medio entre la musealización y tematización de la huerta y la preservación. Es muy difícil.

-¿Tiene la culpa el huertano de esta agonía de la huerta?

-A un huertano le duele en el alma vender su terreno, pero si no da, no hay economía ni subvenciones,... Si tiene que tener esto como un jardín para que vengan de la ciudad a echarle fotos, el huertano dice: 'O me lo pagas o el jardín lo cuidas tú'. Entonces, es claro, sin utilidad es difícil, porque la huerta es un territorio artificial: lo dejas de regar y se seca. Paradójicamente, los ricos han hecho que se conserve y se guarde de la construcción, porque, aquí, la única que no vendía era la condesa.

-¿Siente la necesidad del contacto con el verde?

-No, mi paradoja es que mi mundo está en los libros. A mí me pones un cuarto de 2x2 con vistas y libros, y yo soy grande, pero me adapto. Esto sigue siendo fascinante, pero ¡vive tú aquí! Para mí está en el pasado.

-¿Se considera ecologista?

-No. Bueno, con conciencia ecológica. Reciclo, intento consumir con sentido común, ahorro agua,... pero no soy un ejemplo. Cambio de iPhone cuando puedo, viajo en avión,... Me he pasado al híbrido en lugar del diésel, ya he hecho algo [bromea]. No soy un estajanovista de la ecología.

-¿Cómo ve la Región?

-El cambio climático es una preocupación. Creo que, en muchas políticas, la ecología es una cosa para la foto. Antes era la cultura, inaugurar exposiciones; y ahora, plantas de reciclaje y cosas relacionadas con la sostenibilidad. Pero, desde luego, no se está haciendo lo que se debería porque se continúa con políticas muy neoliberalistas y que nos llevarán, poco a poco, al agotamiento de los recursos del planeta.

-¿Tiene hijos?

-No y esta es una de las razones para estar tranquilo. Pienso que esto se va acabar, que no va a bien, que menos mal que no tenemos hijos. Cuando te afecta de modo directo es cuando te pones muy alerta. Será el momento en que cambiemos las cosas. El problema es que en ese momento va a ser difícil. Aunque creo que hay un cambio de percepción. Las películas, las series,... todo son distopías, lluvias tóxicas, extinciones,... Me preocupa mucho, pero todavía no ha llegado a angustiarme como debería. No soy un ejemplo de ecologista. No sé si para la sección cuelo.

-¿Cuál es su refugio?

-La biblioteca y un bar. Hay gente que necesita andar para aclararse las ideas, yo necesito tumbarme. Andando no pienso, estoy concentrado en andar [ríe], me canso. Has traído un gandul a la sección [bromea].

«El castillo de nuestros juegos»

Explica Miguel Ángel Hernández Navarro que la Torre Almodóvar es su rincón favorito porque «son mis orígenes. Esto es lo más mítico de mi infancia y mi adolescencia. Era el castillo de nuestros juegos; cuando eres pequeño todo te parece gigante. Mi amigo y yo veníamos a comernos las mandarinas de la condesa y nos tirábamos horas subidos a las ramas de los árboles mirándonos la cara. Está en mis sueños, ¡hasta en mis pesadillas! Yo tengo un sueño recurrente: nos invaden los ovnis y los extraterrestres. Y salen de aquí. Lo bueno y lo malo, en los sueños, sigue pasando en la huerta. Donde uno se ha criado, a la contra o a favor, siempre está en la cabeza», reflexiona.