Pedro Sánchez vuelve a la casilla de salida

Pedro Sánchez saluda a Felipe VI. /Juan Carlos Hidalgo (Efe)
Pedro Sánchez saluda a Felipe VI. / Juan Carlos Hidalgo (Efe)

El presidente en funciones encara el segundo intento de investidura en un escenario distinto, con un PSOE indignado, Podemos en crisis, el PP presionado para que colabore y Ciudadanos a la deriva

Ramón Gorriarán
RAMÓN GORRIARÁNMadrid

Con las cartas de la primera partida todavía calientes en el tapete del fracaso, Pedro Sánchez busca una segunda oportunidad para ser investido presidente del Gobierno antes del 23 de septiembre. Pero el escenario es otro. En el PSOE cunde el cabreo y animan a su líder a que lo intente pero sin concesiones, y si no es posible, elecciones el 10 de noviembre. Pablo Iglesias tiene que gestionar la enésima crisis de Unidas Podemos porque un sector creciente de la alianza no ha entendido ni compartido su estrategia negociadora. Pablo Casado va a tener que hacer frente a la demanda de colaboración que impulsan influyentes dirigentes en el PP. Mientras que Albert Rivera tiene más que suficiente con capear la tormenta que se ha cernido sobre Ciudadanos por la demonización de los socialistas.

Sánchez ya ha dicho que no tira la toalla y lo va a volver a intentar. Una disposición que evidencia que aquello que decían sus colaboradores de que había investidura en julio o nada porque no iba a haber una segunda vuelta en septiembre era un farol. El candidato socialista ha decidido volver a empezar, pero con otra disposición. Entre los socialistas las sensaciones están cruzadas, el enfado es general pero los motivos distintos. La mayoría descarga las culpas en Podemos y ponen la equis sobre Iglesias, pero también hay dirigentes que miran hacia dentro y creen que la negociación fue errática y la oferta excesiva. Iván Redondo, el consultor político y sombra de Sánchez, es el destinatario de las pullas internas de aquellos que lo ven como un mercenario ajeno al partido. La verdad es que no milita en el PSOE y trabajó para el PP.

Sánchez, aseguran en su equipo, no va a repetir el vodevil del jueves, reunión, ofertas, respuestas y ruptura a la vista de todo el mundo. La propuesta a Podemos será un pacto, programático, de legislatura o de lo que sea. Pero la invitación a coaligarse no se va a repetir. Eso dicen en la Moncloa y en Ferraz, pero también decían hace un par de meses que el gobierno sería monocolor con independientes, y la oferta subió hasta la coalición con vicepresidenta y tres ministros. Lo ratificó ayer la presidenta del PSOE, Cristina Narbona: «Unidas Podemos rechazó la oferta generosa y consistente del Gobierno y ahora toca explorar otras posibilidades».

Hay una corriente mayoritaria entre los socialistas que considera que si los morados no aceptan el pacto no se debe subir la puja y hay que ir a elecciones. Un órdago al que ponen reparos en la Moncloa porque no hay certeza de que unos los comicios desatasquen la situación. Los sondeos confirman ese análisis.

Aunque Sánchez considere que Iglesias no es de fiar y Podemos no tiene la madurez política para ser el socio preferente, todavía es, recuerdan en su partido, la mejor baza para la investidura. Confiar en la colaboración del PP o Ciudadanos es, a juicio de numerosos dirigentes del PSOE, clamar en el desierto. Pero el enfado en este momento con los morados y su líder es homérico, y la apuesta por el 10 de noviembre gana adeptos.

Inamovible

Iglesias calla tras la votación del jueves, pero, según sus colaboradores, no se arrepiente. Está convencido de que la coalición es la única fórmula de colaboración que permita salvaguardar los intereses de Unidas Podemos. Ayer rompió su silencio por escrito y en su perfil de Twitter felicitó a la federación de su partido en Navarra «por el acuerdo de Gobierno de coalición. Cuando se negocia con tiempo y respetando al aliado, compartir responsabilidades es posible». Es decir, no se apea. Ha hecho oídos sordos a la demanda de su aliada Izquierda Unida para llegar a un pacto programático con Sánchez y permitir que gobierne en solitario. Una opinión que también tiene adeptos en las bases del partido, como se vio con el 30% de los inscritos que en la consulta interna no compartió la fórmula del cogobierno. Iglesias sigue firme, pero la presión interna para no repetir el portazo de hace tres años a Sánchez va a crecer.

La opción Casado, léase la abstención del PP en la investidura, solo está en los papeles de algunos socialistas optimistas porque la realidad no discurre por esos cauces por más que un barón del peso del presidente de la Xunta de Galicia abriera la puerta. Alberto Núñez Feijóo apuntó el jueves que el PP debería «ofrecer la posibilidad de que el PSOE no gobierne con los independentistas». 24 horas después fue más allá: «Si el PSOE hace alguna propuesta sincera y de verdad, el Partido Popular la estudiará».

Pero Casado no está por la labor y de inmediato abortó esa pirueta. El líder del PP intentará cerrar el debate este martes ante la Junta Directiva Nacional del partido. Es probable, sin embargo, que a lo largo de agosto vuelvan a surgir voces en ese sentido. Sobre todo porque José María Aznar ha hecho un par de guiños colaborativos para que PP y PSOE «recuperen la centralidad».

Si los socialistas tienen poca fe en el PP, con Ciudadanos no tienen ninguna. Albert Rivera está convencido de que su denuncia de que «la banda de Sánchez» pretende «el botín de España» es compartida por sus votantes aunque chirriara en las paredes del Congreso. El líder naranja también dará un puñetazo en la mesa este lunes ante el Consejo General del partido para cegar cualquier rendija a la colaboración. Una estrategia que le ha supuesto un reguero de dimisiones de dirigentes, pero que no va a modificar convencido como está de que es la vía para hacerse con el liderazgo de la oposición.

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