Mujeres murcianas al poder en los entornos rurales

Mujeres murcianas al poder en los entornos rurales

Con motivo del Día Internacional de la Mujer Rural, cuatro pequeñas empresarias de municipios de la Región relatan a 'La Verdad' los problemas a los que se enfrentan a diario

Marta Semitiel
MARTA SEMITIEL

A todas las han llamado locas. Locas por alejarse del concepto social del triunfo, por no encajar en ese imaginario colectivo en el que las jóvenes pueblerinas emigran buscando suerte en las ciudades. Locas por querer vivir en el campo. Locas por renunciar a la gran urbe, a su ritmo vertiginoso, a sus supuestas comodidades. Locas por meterse en mundos que tradicionalmente habían estado plagados de hombres. Locas por querer dedicar su vida a pequeñas empresas rurales con beneficios inciertos. «Pero si no existiéramos nosotras, que estamos en la base de la pirámide sosteniéndolo todo, no sé qué sería del sistema. Qué comerían los políticos o cómo funcionarían los pequeños pueblos, si no fuese por las mujeres que se quedan en ellos», reflexiona María Victoria Molina, abaranera «de toda la vida» y empresaria agrícola «por vocación». En su explotación de fruta de hueso, ubicada en Cieza, la lluvia huele a barro y no a asfalto, se escuchan pájaros y no coches. Las mujeres rurales rondan los seis millones en España, según datos de la Asociación de Mujeres y Familias del Ámbito Rural. Ellas son el 60% de las víctimas de violencia machista y ganan, en algunos casos, hasta 1.000 euros menos que los hombres. Pero como María Victoria, el 54% de ellas son emprendedoras. Con motivo del Día Internacional de la Mujer Rural, que se conmemora este 15 de octubre, 'La Verdad' ha hablado con cuatro de las protagonistas de este colectivo en la Región.

María Victoria Molina - Empresaria de fruta de hueso «La titularidad compartida es un derecho de las mujeres agrícolas y no lo reclaman»

Hace treinta años que María Victoria comenzó a trabajar en el campo «como algo temporal, porque necesitaba independizarme y no encontraba trabajo de delineante, que era lo que yo había estudiado», cuenta. Lo que entonces no se imaginaba era que acabaría dedicándose por elección propia a la huerta: «Con el tiempo me di cuenta de que a mí me gustaba la agricultura y que esto era a lo que yo me quería dedicar. Porque además era un mundo en el que las mujeres estaban en muy malas condiciones, y como yo siempre he sido muy reivindicativa, pues vi en el campo también una oportunidad para luchar por nuestros derechos».

Así fue, poco a poco, «en los descansos del almuerzo», como empezó a interesarse por aprender todo lo que necesitaba. «Le pedía a mis compañeros que me enseñasen cosas para poder ascender de categoría. Y cuando sabía hacerlas, los encargados siempre me pedían que lo demostrase. El campo es un mundo muy masculinizado y las mujeres que estamos en él tenemos que esforzarnos el doble que los hombres para que se nos tome en serio». Ella asegura que las mujeres rurales «son más pobres que los hombres, porque la mayoría no cotizan aunque hayan trabajado toda la vida». Más del 70% de los cultivos agrícolas en España están en manos de los hombres. Por eso ella cree que la ley 35/2011 sobre la titularidad compartida de las explotaciones agrarias «es fundamental, es un derecho de las mujeres rurales, pero no se impulsa a nivel político y ellas tampoco la reclaman, y es una pena».

María Victoria Molina fumiga la tierra en su explotación de nectarinas, ubicada en el municipio de Cieza.
María Victoria Molina fumiga la tierra en su explotación de nectarinas, ubicada en el municipio de Cieza. / Javier Carrión / AGM

El nombre de María Victoria suena como candidato para ser la responsable de la Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales en la Región. Una labor y una lucha que ella revestirá, como todo lo que hace, de color morado: «Porque yo soy feminista desde que nací, desde antes de saber que existía esa palabra», dice con orgullo y resignación en la mirada, «porque se han conseguido cosas en el campo, pero aún nos queda mucho por hacer, por ejemplo, en la lucha de las mujeres que trabajan en cooperativas de fruta, que tienen jornadas muy largas por un salario de risa, y además las tratan fatal». Ella sufre el machismo del campo en otros ámbitos: «Por ejemplo cuando me ven con el tractor o cuando cojo el camión con fruta, o cuando me tienen que obedecer los temporeros. Ahí lo noto mucho». Sin embargo, tiene claro que jamás se iría a vivir a la ciudad, «porque estoy acostumbrada al silencio de la vida, que es el ruido de la naturaleza. Y eso no lo cambiaría por nada del mundo».

Llanos Girón - Gerente del hotel rural La Joya del Valle de Ricote «A las empresarias rurales, ni se nos ve ni se nos oye. Todo son dificultades»

Tras haber vivido en ciudades como Nueva York y Miami, esta madrileña de raíces murcianas y decoradora de profesión decidió afincarse en Villanueva. Allí abrió hace siete años La Joya del Valle de Ricote, un alojamiento rural de apenas ocho plazas, ubicado en una finca de más de veinte hectáreas y que tiene la mayor nota de toda la Región, un 9,8, en el portal de alojamientos Booking.com. «Este era mi sueño. Y cuando llegó el momento de asentarme, me vine para acá. Reconozco que ya estaba saturada de gente y de la gran ciudad, donde solo en los desplazamientos ya perdía unas dos horas al día. Me apetecía algo más tranquilo y me encantaba la naturaleza. Así que decidí abrir La Joya». Ella fue una de esas locas: «A mí me lo decían mucho. Que estaba loca por venirme aquí, por elegir este modo de vida. Porque la gente piensa todavía que vivir en el campo es estar incomunicado y aislado, como era en época de mis abuelos. Pero yo lo tenía muy claro. No quería pasarme la vida en una ciudad donde estás tan metido en la vorágine que ni te das cuenta de que el tiempo pasa».

Las protagonistas reclaman más medidas políticas que impulsen su figura en el ámbito agrario

A pesar de la libertad que le proporciona su trabajo, Llanos reconoce que ser una emprendedora rural es algo que «tiene muchas dificultades, porque los pequeños empresarios no tenemos ninguna facilidad. Y los que estamos en los pueblos menos, porque no se nos ve ni se nos oye. Las instituciones y los políticos no nos arropan. Por ponerte un ejemplo, es que ni siquiera me dejan poner un letrero de La Joya en la puerta de mi propiedad, porque la ley autonómica de carreteras comarcales dice que es publicidad y me iban a poner una multa tremenda si no lo quitaba».

Llanos Girón muestra las instalaciones de su hotel rural y la finca de La Joya del Valle de Ricote.
Llanos Girón muestra las instalaciones de su hotel rural y la finca de La Joya del Valle de Ricote. / Guillermo Carrión / AGM

Francisca Ángeles Salar - Alma y manos del cultivo y de la empresa de productos ecológicos Los Majos Bio «Ver crecer los árboles es un placer muy difícil de imaginar si no lo has vivido»

Francisca es una de esas mujeres que ha dedicado su vida al campo, pero que no comparte la titularidad de la empresa con su marido, «porque cuando fuimos a hacerlo, tampoco me iba a beneficiar de la pensión, porque no llegaría al mínimo de años cotizados». Pero ella es el alma y las manos de la empresa familiar, Los Majos Bio. Ubicada en Abanilla, en su huerto ecológico cultivan higos, brevas, paraguayos, ciruelas, albaricoques y membrillos. De la olla de Paquita salen todas las mermeladas hechas «a la antigua, como toda la vida». Aunque a ella le hubiera gustado ser «maestra de escuela», ahora asegura que «no cambiaría esto por ninguna ciudad o pueblo más grande, porque ver crecer los árboles es un placer difícil de explicar. Es algo que solo lo sabes cuando lo has vivido». Si algo apena a Paquita es que los pueblos «se queden cada vez más vacíos», por eso y al igual que María Victoria, cree que las ayudas al empleo, la mejora de los transportes y de las tecnologías de la información podrían frenar la despoblación a la que se enfrentan.

Francisca Ángeles Salar rellena de mermelada de membrillo algunos tarros en su obrador de Abanilla.
Francisca Ángeles Salar rellena de mermelada de membrillo algunos tarros en su obrador de Abanilla. / Nacho García / AGM

María Marcela Lázaro - Gerente de una explotación de viñedos «Cambié mi trabajo de comercial para dedicarme a la agricultura»

De comercial y viajante a agricultora, «un cambio muy drástico, pero que mereció mucho la pena». Así lo define María Marcela, titular de una pequeña explotación de viñedos de Jumilla. «Estaba cansada de luchar con la gente y de moverme todo el día, así que como me gustaba mucho la agricultura, hice bastantes cursos y decidí montarme por mi cuenta». Ya hace dos décadas de aquello y no se arrepiente, «porque la tranquilidad que te da el campo no la encuentras en ningún sitio». Sin embargo, asegura que «en Jumilla todo sigue igual que hace veinte años». «En las reuniones de empresarios o en las ferias solo somos cuatro mujeres y aún nos miran mal cuando vamos a comprar abono o cuando nos ven con el tractor. Algunos piensan que eres una valiente y otros que estás loca. La mentalidad no ha cambiado», dice con amargura y añade: «Pero creo que las mujeres tienen parte de responsabilidad en ello, porque no se valoran a sí mismas lo suficiente, por eso no se atreven a ser empresarias, y por eso a las demás no se nos ve».

 

Fotos

Vídeos