Escrache a Ciudadanos

El manifiesto del Pacto por la Regeneración podría ser suscrito por una mayoría de los murcianos, incluida la mención a la corrupción. Pero el partido terminó el 26-M por la noche. No hay segunda vuelta

Mesa del hotel Agalia en la que tuvo lugar el jueves pasado la primera reunión de los comités negociadores de PP y Cs. / NACHO GARCÍA / AGM
Mesa del hotel Agalia en la que tuvo lugar el jueves pasado la primera reunión de los comités negociadores de PP y Cs. / NACHO GARCÍA / AGM
Joaquín García Cruz
JOAQUÍN GARCÍA CRUZ

Tarde o temprano, Ciudadanos tendrá que refundarse. El partido de Albert Rivera, que primero fue socialdemócrata y luego liberal, deberá dejar atrás el tacticismo que caracteriza su serpenteante andadura y echar raíces sobre un sustrato ideológico que permita al menos identificarlo. No ahora. A Ciudadanos ahora le toca vivir su minuto de gloria, gobernar, ayudar a formar gobiernos o tumbarlos, apoyar al PP en una comunidad y, llegado el caso, apalancar al PSOE en otra. Ciudadanos ha demostrado que es incluso capaz de votar a una presidenta socialista y derrocarla antes de que la legislatura acabe, como hizo en Andalucía, sin que los oídos le chirríen. Es capaz de cualquier cosa, incluso de abrazar la doctrina de Groucho Marx: «Si no le gustan mis principios, tengo otros».

Esta ambigüedad exhibe también en Murcia, dejándose cortejar por PP y PSOE para guardar las formas, pero tejiendo ya una alianza con el PP que dejaría en la oposición otros cuatro años al PSOE (la lista más votada), y convertiría en papel mojado las promesas del partido naranja durante la campaña, en la que sus candidatos fiaron la regeneración de la vida pública a que el PP saliera del Gobierno. La arenga de Inés Arrimadas en la plaza de Belluga acompañará siempre a Ciudadanos si, como parece que sucederá, alcanza al final un pacto de gobernabilidad con los populares: «24 años del PP en Murcia son muchos. ¿Os imagináis 28 años gobernando los mismos en Murcia?».

Pero la gente de Albert Rivera tiene derecho a casarse con quien quiera y a desdecirse de lo proclamado en los mítines; es el derecho del que igualmente abusan todos. Las promesas electorales tienen más de ilusionismo que de compromiso, y así será mientras su incumplimiento no se vea penalizado con mecanismos como la revocación. Los electores sabrán a qué atenerse cuando Ciudadanos comparezca otra vez en las urnas, pero sus seis diputados en la Asamblea Regional le otorgan la llave para decidir quién se sienta en San Esteban, y están legitimados para imponerlo. La semana pasada apunté en esta página mi preferencia en casos así: que gobierne la lista más votada cuando nadie pueda concitar una mayoría absoluta que garantice una cierta estabilidad, y que los pactos puntuales hagan el resto hasta el término del mandato. Es lo que la ley marca para los ayuntamientos y también lo que podría establecerse para la Asamblea Regional si los partidos tuvieran la voluntad de acometer la correspondiente reforma de la normativa electoral. Me parece asimismo que esta fórmula responde mejor a la voluntad popular, pues nadie vota pensando en que su papeleta sume con las recibidas por otras candidaturas. Nadie vota pensando en coaliciones, sino en que gobierne la opción a la que otorga personalmente su confianza.

Deberíamos dejar a Ciudadanos que decida libremente a quién vende su alma

La aritmética parlamentaria, sin embargo, hace que corresponda a Ciudadanos resolver cómo deshacer el virtual empate entre PSOE (17 escaños) y PP (16 escaños y 800 votos menos). Y deberíamos permitírselo. La izquierda se ha quedado con la miel en los labios, pero el partido terminó el 26 de mayo por la noche, y no hay segunda vuelta. La constitución del Pacto por la Regeneración, y el manifiesto dirigido a Albert Rivera en el que se insta al líder naranja a que no pacte con el PP (es decir, a que lo haga con el PSOE) se parece mucho a un escrache político. El manifiesto podría ser suscrito por una gran mayoría de los murcianos, en lo que alude a la necesidad de renovar las instituciones e incluso por lo que concierne al rechazo de los casos de corrupción que han salpicado a los gobiernos del PP. La mejor constatación del presumible respaldo social al contenido del manifiesto es que el PP perdió las elecciones a manos del PSOE, aunque por poco. El argumento de que el centro y la derecha sumaron más que el centro y la izquierda sirve al PP para explicar su derrota, y resulta útil para tertulias radiofónicas y análisis de politólogos, pero es una falacia electoral, por lo dicho antes de que no se vota pensando en espacios sociológicos ni en eventuales coaliciones. El PSOE fue la lista más votada y eso sugiere que los electores preferían que gobernaran los socialistas.

Ahora bien, mientras no se cambien las leyes, ni se penalicen los incumplimientos electorales, deberíamos dejar a Ciudadanos que decida libremente, sin ruidosas manifestaciones ante su puerta, a quién vende su alma.