Localidades del Campo de Cartagena sufren una oleada de robos en viviendas y comercios

Isabel reproduce cómo le amenazó con el cuchillo un ladrón en su casa de Lobosillo. / ALFONSO DURÁN / AGM
Isabel reproduce cómo le amenazó con el cuchillo un ladrón en su casa de Lobosillo. / ALFONSO DURÁN / AGM

Vecinos de Balsicas y Roldán aseguran que se sienten inseguros y advierten de que están al límite de su paciencia: «Esto va a estallar. Ellos o nosotros»

Raúl Hernández
RAÚL HERNÁNDEZ

Se despertó súbitamente cuando sintió una mano apretándole el cuello. Abrió los ojos y un tipo alto y espigado, de ojos negros, piel oscura y nariz aguileña le miraba desafiante. Detrás de él, otro hombre le sujetaba el brazo. Empuñaba un cuchillo jamonero y su hoja presionaba su dedo índice. «Dame el oro», le dijo. «Corta todos los dedos que quieras porque aquí no hay nada de eso», les respondió. Un puñetazo le cayó en la cara. Después otro, y otro. A sus 72 años, Juan Martínez los encajó como pudo tumbado en la cama. Pero no se achantó. Respondió al ataque soltando varios golpes con el puño apretado de rabia que impactaron en el rostro del extraño que le agarraba el pescuezo. «Le di todas las que pude, pero no me soltó». El asalto a su casa de la pedanía murciana de Lobosillo ocurrió a las tres y cuarto de la madrugada del viernes 19 de abril y lo recuerda como un «combate». Uno de ellos iba con el rostro descubierto y el otro tapado con un pasamontañas. «El que me quería cortar el dedo no habló, solo amenazaba con el cuchillo». Este atraco provocó una gran conmoción entre los cerca de 2.000 habitantes de la población enclavada en el Campo de Cartagena por la violencia desmedida que emplearon los tres intrusos contra el matrimonio de jubilados. «Entraron por el tejado de la casa hasta la cocina. Allí cogieron los cuchillos. Dos pequeños y uno grande; con ese me rajaron el dedo», cuenta. La víctima recuerda que cuando sintió los cortes agarró la hoja con la mano que tenía libre para quitárselo. «Me desgarré la palma pero lo desarmé».

El ataque duró apenas unos minutos y la huida de los desconocidos se precipitó cuando el tercer agresor, que se encontraba en otra habitación con la esposa de Juan, avisó a sus compañeros de que había matado a la mujer, quien detalla que no ha logrado olvidar esa noche. «Me desperté al escuchar el ruido de una silla y me incorporé. En la oscuridad vi el piloto rojo de la llave de la luz y una mano que la pulsaba. Era un joven, alto, moreno de piel y de unos 20 años. Se abalanzó sobre mí y me puso la punta de un cuchillo en el cuello y un edredón enrollado presionándome la cara. Me pedía joyas y dinero mientras me golpeaba en el pecho y los brazos. Le dije que no teníamos nada de eso», cuenta Isabel Solano, jubilada de 71 años. La mujer estuvo varios minutos casi sin respirar, luchando contra el ladrón con el cuerpo convulsionado, hasta que de repente se quedó inmóvil. «Me hice la muerta. Pensé que así se iría. Me arrancó una cadena del cuello, un par de sortijas y les dijo algo a sus compinches en un idioma extranjero. Se fueron», explica. Tras el ataque, el matrimonio salió de sus habitaciones llamándose mutuamente. «Nos encontramos en el pasillo y nos abrazamos llorando», rememora Juan. Los servicios de emergencias los trasladaron a La Arrixaca, donde Isabel quedó ingresada varias horas en la UCI. «Estuve a punto de que me diera un infarto». Por su parte, el hombre tenía la cara y el cuello amoratados de la paliza y recibió ocho puntos de sutura por los cortes en el dedo.

Desde el asalto, el matrimonio tiene que tomar medicación para dormir, y ya no se sienten seguros en su casa. «Todas las noches tengo que tapar con una cinta el testigo rojo de la llave de la luz, porque cuando estoy a oscuras lo veo y me viene a la cabeza la imagen de la mano del atracador encendiéndola», cuenta Isabel.

Los vecinos se organizan

'Seguridad Balsicas'. Así se llama el grupo de WhatsApp que han creado los vecinos y comerciantes de esa pedanía pachequera, a 15 kilómetros de Lobosillo, tras la oleada de robos que, aseguran, están sufriendo. En el grupo hay 256 miembros, el máximo que la red social permite, «si no estaría metido todo el pueblo», advierte José, dueño de la confitería Anai's. Se trata de la última acción que han llevado a cabo los residentes para tratar de atajar los robos. Antes organizaron varias patrullas vecinales, pero la Guardia Civil se lo desanconsejó porque era peligroso.

El grupo en la red social les sirve para intercambian comentarios e información acerca de gente y coches sospechosos. Sin embargo, el nivel de delincuencia ha llegado a tal punto en la población que cualquier desconocido despierta recelos. Si la desconfianza tuviera densidad, en Balsicas se cortaría con un cuchillo. «Aquí hay robos todos los días. La gente está muy caliente y sobresaltada, y un día va a ocurrir una desgracia. Son ellos o nosotros», expone José.

Admite que los ánimos están muy caldeados, y por eso tratan de tomar medidas conjuntas «para que nadie haga ninguna locura por su cuenta». Pero no se lo están poniendo nada fácil. El pasado miércoles se reunieron por la noche para preparar la concentración que realizaron frente a la Delegación del Gobierno, junto con otros vecinos de Roldán y Torre Pacheco, para pedir más efectivos en las calles. Mientras estaban debatiendo en el centro social, en la calle hubo cuatro atracos en comercios. Uno de ellos se produjo en la tienda de materiales de construcción Big Mat, ubicada junto a la salida de la autovía. Sobre las 23 horas, dos personas trataron de arrancar una de las verjas de la nave con un cable tirado por un coche. No lo consiguieron porque las medidas de protección que hay en el almacén hacen que se asemeje a un búnker. «Me he gastado más de 20.000 euros en dispositivos de seguridad. Mi negocio parece un banco suizo más que una nave de material de construcción. Pero da igual lo que ponga, los ataques no cesan», indica Vicente, el dueño, quien ostenta el aciago diploma de ser el empresario de la zona al que más veces le han visitado los ladrones «Más de 30 veces desde que abrí y, tres en lo que llevamos de año».

En la población aplican cualquier argucia para ponérselo difícil a los ladrones. En la calle donde vive Manu, propietario del bar Spanglish, los residentes han untado de grasa las farolas para evitar que escalen a los balcones. «Así entraron en mi casa la madrugada del Sábado Santo», manifiesta el afectado, que rememora que cuando acudió a denunciar el robo, se encontró a tres vecinos del pueblo que estaban allí por la misma razón que él. «El cuartel de la Guardia Civil de Torre Pacheco se ha convertido en un centro de encuentro de vecinos de Balsicas», se queja.

La sensación de inseguridad de los vecinos de las localidades del Campo de Cartagena no se corresponde con los datos oficiales. Desde la Delegación del Gobierno apuntan que la cifra de asaltos entre enero y abril es menor respecto al mismo periodo de 2018. Sin embargo, el responsable de ese departamento, Francisco Jiménez, anunció el miércoles la incorporación de los cuatro nuevos agentes de la Benemérita a partir de junio.

En pie de guerra

Si se atiende a las sensaciones de los habitantes de poblaciones de la comarca, se puede decir que el corazón del Campo de Cartagena es en este momento la zona cero de los asaltos en viviendas y comercios de la Región. En El Jimenado, por ejemplo, Karina, una vecina de nacionalidad inglesa residente en la urbanización Nuevo Jimenado, relata que hace dos fines de semana saquearon una ferretería, una sucursal bancaria y destrozaron las lunas de cuatro coches. «Fue el mismo día y en pleno centro de la localidad. Lo que más impresiona es la impunidad con la que actúan». La población pachequera de Roldán es otra de las zonas que están sufriendo este envite y es complicado encontrar a un vecino que no haya sido víctima. Allí dicen que el pueblo está en pie de guerra.

«Todos los vecinos han sufrido algún robo. Aquí, en el bar, llevamos dos en dos semanas», cuenta la camarera del Casa Caro, un local ubicado en la avenida Balsicas. La joven indica que en esa céntrica vía el domingo pasado entraron en un local de kebab, en una cervecería y en la tienda de ropa Pasarela. La dependienta de este negocio rememora cómo los ladrones tardaron menos de 15 segundos -el tiempo de retardo que tiene la alarma- en reventar el bombín de la cerradura de la persiana, entrar y llevarse la caja registradora. «La vaciaron en la calle y la dejaron en el suelo», subraya Lorena, la empleada.

Los vecinos recuerdan que lo que está ocurriendo en Roldán les recuerda a la oleada «bestial» de robos que se produjo en 2015. «O mandan más guardias o esto irá a más», dice Santi, dueña del bar El Chiringuito que ha sufrido otros dos entre abril y mayo. «No solo entran en comercios y casas. El vandalismo está desbocado. A mí me han robado 3.000 euros en herramientas que me sustrajeron de la furgoneta. Hace dos semanas se llevaron material del centro de educación infantil, y en la madrugada del 26 de abril hicieron lo propio en el pabellón. Destrozaron todo y se llevaron la cámara de vídeo con la que el club del equipo femenino de fútbol sala Jimbee Roldán graba sus partido», dice Juan Martínez. Lamenta que está situación haya provocado un clima de constante desconfianza entre todos los vecinos.

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