Alejandro aún sigue cayendo

Iván Alcázar, flexionando las piernas de Alejandro para paliar los dolores que desde 2007 sufre fruto de un accidente en una maniobra militar. /
Iván Alcázar, flexionando las piernas de Alejandro para paliar los dolores que desde 2007 sufre fruto de un accidente en una maniobra militar.

Al cumplirse ocho años del accidente que dejó en estado vegetativo a un 'paraca', su familia reclama justicia al Supremo que revisará el caso en breve

JORGE GARCÍA BADÍAMurcia

Le dieron cinco minutos de vida cuando ingresó en el Hospital Virgen de la Arrixaca, pero Alejandro Clemente Cantó decidió que ese día no le tocaba echar el último aliento. Ocho años después sigue postrado en una cama, luchando contra su estado vegetativo. En los dos últimos años ha logrado mejorar su control cefálico. Ya sigue con la vista a su familia, incluso sonríe, hace pucheros y gesticula pidiendo comida. Aunque no puede pronunciar palabras, sus padres, Antonio y Mari Carmen, y sus cinco hermanos tienen claro que no ha tirado la toalla porque sigue esperando que se haga justicia. Antonio resume estos años como «los peores de mi vida; ningún padre está preparado para asimilar esto. Alejandro es como un bebé de tres meses que pesa 80 kilos; hay que ayudarle hasta cuando se le mete una pestaña en el ojo».

Hoy se cumple el octavo aniversario del día en el que Alejandro saltó al abismo. Fue un 14 de febrero de 2007 -San Valentín- cuando ocho miembros del Escuadrón de Zapadores Paracaidistas del Ejército del Aire (Ezapac) con base en Alcantarilla, bajo las órdenes del sargento J.M.C., se lanzaron desde un avión que volaba a 1.400 metros de altura.

«Saltaron con un viento de 22 nudos, pese a que no era recomendable hacerlo si se superaban los 14 nudos», recuerda el padre con los ojos inyectados en sangre y lágrimas. Ese viento de 40 kilómetros por hora provocó que siete de los paracaidistas sufriesen lesiones. «El avión temblaba, el sargento tuvo en su mano anular la maniobra, pero a lo mejor quería ganar méritos».

Un informe técnico pericial recoge que hubo una diferencia de 616 metros «entre la deriva que se utilizó y la que debió utilizarse», y que supuestamente llevó a Alejandro a estrellarse contra las rocas. Perdió parte del cráneo y su cerebro se detuvo: tetraplejia espástica con estado vegetativo, situación crónica e irreversible. Desde entonces, una vez a la semana recibe en casa la visita de un médico, todos los días acude una enfermera porque la sonda gástrica que le alimenta «también puede ser una fuente de infecciones», y un fisioterapeuta se encarga en tres sesiones semanales, de evitar su espasticidad y de que se le anquilosen las articulaciones y la musculatura. La cama de Alejandro es su prisión.

«Cuando empecé tenía pocas expectativas, pero ha sido una gratificación tremenda ver que gracias al trabajo cervical ya mueve el cuello y los ojos», relata esperanzado el fisioterapeuta Iván Alcázar. Lo hace mientras manipula con mimo y dedicación a Alejandro. «A veces, cuando estoy trabajando con él, se me queda mirando fijamente como si me quisiera decir algo. Eso me impresiona».

Los pequeñísimos logros de la rehabilitación levantan el ánimo de toda la familia. «Sonríe, llora... sacamos las fuerzas de Alejandro. Estudiando la expresión de su cara se puede hablar con él», asegura con vehemencia Antonio, mientras observa a su hijo desde la puerta de su habitación. Esta estancia está pegada al salón de la casa con tintes rústicos que este matrimonio tiene en la pedanía de Algezares, y en la que tuvieron que invertir miles de euros para adaptarla a la situación de su hijo. «Nuevos baños, agrandar las puertas, comprar una furgoneta, una silla para sacarle al jardín...».

Piedras por el camino

Pero el dinero es lo que menos duele a esta familia. Mónica, la hermana mayor, lamenta que «después de que le pasase esto a mi hermano desaparecieron sus amigos y compañeros del Ejército. Preferimos no pensar para no hundirnos». Su padre resume esta situación con una ironía que duele escuchar: «Las visitas que recibe mi hijo son como la 'San Miguel 0.0'».

No ha sido la única piedra que se han encontrado por el camino, ya que el pasado noviembre la aseguradora les retiró la asistencia porque quiere ofrecerles un plan alternativo a la actual hospitalización domiciliaria, mucho más barato para la compañía porque los facultativos dejarían de ir a la pedanía, pero la familia tendría que desplazar a Alejandro. Mientras una comisión mixta decide el futuro del paciente, el matrimonio y los hermanos hacen frente a más de 2.500 euros mensuales en gastos médicos.

Su padre no quiere ni oír hablar de internar a su hijo: «En un centro, jamás, allí no recibiría cariño». No habla en vano. Mientras charla en el salón con un equipo de 'La Verdad', resuenan los mimos que recibe Alejandro de su cuñado, al tiempo que le muestra a su sobrino, de 10 meses, bautizado con el mismo nombre que su tío. La habitación está decorada con dibujos, como los insolentes personajes de 'South Park' que le dedicó su hermana Ruth en su 30 cumpleaños. Como en los últimos ocho, Alejandro no pudo soplar las velas. En estos años el mejor regalo que ha recibido la familia ha sido el auto de la Sala de lo Militar del Tribunal Supremo, que ha ordenado repetir el juicio en el que nadie pagó por la polémica maniobra militar.

El citado auto reprocha que el tribunal anterior atribuyese a la «mala suerte» el accidente que dejó a Alejandro en estado vegetativo y que transformase en peritos a los testigos del juicio en el que resultó absuelto el sargento. Antonio resume que «solo queremos que la justicia no nos trate como idiotas; si el sargento es responsable de la decisión de aquel salto, pues que asuma la responsabilidad de su cargo».

En casa, todos aguardan esperanzados el juicio que se celebrará en Madrid, previsiblemente en primavera. Un día que el padre espera con especial interés: «Cuando mi hijo luchaba por su vida en el hospital, el sargento me pidió perdón llorando, pero en el juicio dijo que él no era culpable». Ahora esa aseveración está en manos del Supremo.

El accidente ha condicionado la vida de toda la familia. «Yo tenía 19 años cuando todo esto pasó. Fue un golpe muy duro, estaba muy unida a mi hermano Alejandro», cuenta Sandra. «Me tuve que dejar el trabajo y los estudios para irme a Barcelona a acompañar a mi padre. Mientras mis padres adaptaban mi casa de Murcia, tuve que vivir varios meses en una residencia militar donde me enseñaron a darle masajes a mi hermano para quitarle la espasticidad, a cambiarle la sonda...».

Hasta 2012 no pudo retomar sus estudios. «Nunca recuperaré esos años de mi adolescencia». Ahora cursa Psicología en la Universidad de Murcia. Sandra tiene claro que «para que en casa podamos aceptar esta situación, necesitamos que se haga justicia y saber qué ocurrió aquel día. Alejandro merece dignidad».

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos