Carlos Moreno: «Siempre creí que merecía la pena luchar, aunque lidiara con el fracaso o la soledad»

Carlos Moreno: «Siempre creí que merecía la pena luchar, aunque lidiara con el fracaso o la soledad»

Manuel Madrid
MANUEL MADRID

La historia del tenor de Abarán Carlos Moreno no varía respecto a la de tantos artistas españoles que emprendieron caminos desconocidos para cumplir un sueño. En su caso, vivir de la música. Tampoco pensó nunca que acabaría estableciéndose en la ciudad de Kaiserslautern (Estado de Renania-Palatinado, Alemania), «la ciudad del fútbol, amigo mío», y allí es donde reside en la actualidad. «Vine aquí por motivos laborales. Cuando se produjo la fusión entre la antigua República Democrática y la Republica Federal de Alemania, muchos teatros de la zona del Este fueron renovados e incluso hicieron algunos nuevos. Uno de ellos fue en la ciudad de Érfurt [capital de Turingia], y a mí me contrataron como tenor solista para la inauguración del nuevo teatro, y allí estuve un año y medio trabajando como tenor fijo. Y desde ahí me movía al resto del mundo». En 2005, en una audición en el teatro de Kaiserslautern, el Rheinland-Pfalz, le contrataron durante seis meses para hacer la función de 'Turandot' [de Franco Alfano y Giacomo Puccini], «y allí conocí a la que ahora es mi esposa -siempre ligada al teatro, en papeles de refuerzo en ballets-, y me casé, tenemos una hija de once años, y aquí me quedé a vivir. Nunca pensé que mi vida iba a estar ligada a Alemania. Una cosa es lo que tú dispones y otra distinta es lo que el futuro te depara». Carlos Moreno, premio 'Los Mejores 2019' por su trayectoria profesional representando óperas en teatros de todo el mundo, cuenta a 'La Verdad' que conocer a aquella chica que aparecía colgada de una nube a ocho metros es de lo mejor que le ha pasado.

Desde la temporada 2006/2007 vive y trabaja en Alemania, y, como dice el refrán castellano, «uno es de donde pace, y no de donde nace». «La satisfacción de vivir en Alemania me la da mi familia, pero si yo tuviera una varita mágica para decidir dónde vivir, no me cabe duda de que viviría en España y, si es posible, en el Mediterráneo, en mi Región». Alaba el modo en que la sociedad alemana se organiza. «Es una sociedad superculta y ordenada, donde todo funciona perfectamente. Es muy metódica, y eso se agradece muchísimo. Un poco se parece a la sociedad norteamericana. Pero, por ejemplo, la parte humana, el contacto, las personas de carne y hueso... es una sociedad más distante. Como murciano y como español, echo de menos esa forma de tratarnos. Me llevo lo mejor que puedo cuando estoy en Alemania o en España, y lo que no me gusta lo acepto y no lucho contra ello».

«El padre de Plácido Domingo actuaba en Abarán cantando zarzuela y a él en los años 40 lo cuidaban en una panadería. Se lo conté y entonó el 'Canto a Murcia'»

En la niñez, Carlos Moreno fue consciente de que tenía inclinaciones artísticas. «Me atraía el mundo del teatro, nunca como cantante, sino como actor. Me hubiera gustado ser actor de comedias, con eso soñaba. Pero siempre había cantado, con un volumen considerable, y me sabía las cosas de memoria, y eso llamaba la atención. A los 15 años fue cuando descubrí que me gustaba la música cantada. Primero por la zarzuela, en Abarán hay una tradición enorme por este género, de muchísimos años, más de 90 años. En un pueblo de 12.000 habitantes llegó a haber hasta tres compañías de zarzuela, y todas tenían cantantes solistas de Abarán, y todos con voz. De modo que empecé a descubrir que tenía voz, y me animaron a seguir, y empecé a cantar en un coro. Para ser corista. Y a los 19 años debuté como solista, y a los 20 o 21 decidí que quería ser un profesional, estudiar en el Conservatorio de Murcia y estudiar canto de manera profesional». De hecho, todas las mañanas, «como una deformación profesional», se ve en la obligación de ponerse a estudiar. «Tenemos la suerte de poder escuchar en Youtube un montón de óperas, es increíble. Me pongo, por ejemplo, a analizar una partitura, porque lo mismo encuentras quince versiones diferentes. Y es una manera de mantener fresca la música en tu mente, y es una manera de analizar la orquesta y la dirección de orquesta, o cómo afronta cada tenor cierto pasaje o el final de cierto acto. Es una pasión, la verdad, aunque no me corroe».

Esa parte analítica de su personalidad no la disimula. En estos últimos 25 años no ha dejado de comprar libros de canto y material antiguo de foniatras con la esperanza de poder aplicarlo algún día a la gente joven interesada en la música cantada. «Es una pérdida que todo ese conocimiento adquirido se quede en uno. Hay que compartirlo». Carlos Moreno ha vuelto estos días a Abarán, donde recientemente fue pregonero de las últimas fiestas patronales de su pueblo. Y cada vez que vuelve a Murcia piensa que es un afortunado. «Porque siempre que he buscado ayuda la he encontrado en personas que sabían. Hay dos tipos de maestros: los que saben y los que saben enseñar, y estos últimos son los llamados pedagogos. Mis dos primeros profesores aquí en Murcia, en el Conservatorio Superior de Murcia, fueron María Dolores Gil Vera -«la máxima gloria de la lírica murciana», escribió Octavio de Juan en 1977 de Lolita Gil- y Ginés Torrano, su mentor. «Años después pude comprobar la cantidad de sabiduría que tenían esas dos personas. Los cimientos que pusieron hace tanto tiempo son los mismos que me mantienen todavía. A nivel técnico tengo que agradecerle todo a ellos. También soy afortunado por haberme encontrado amigos por el camino que me han ayudado en momentos difíciles de la carrera, sobre todo en los inicios, cuando vas menguado de dinero y te ceden su casa. De esos hay varios, y al final, quizás, lo que más me ha influido es la fe en Dios y en pedirle a Dios que me ponga delante oportunidades». Así, curiosamente, en el año 1992 el primer concurso al que se presenta en su vida fue el de Alfredo Kraus, y ganó el premio a la mejor interpretación de Verdi. «Una de las dos cosas que me cayeron fue que Kraus me diera clases gratis durante tres días en la Casa Colón de Gran Canaria. Eso fue para mí una lotería. Ese mismo año salió una beca para ir a Estados Unidos, que se convirtió en once años de residencia norteamericana, y conocí allí al gran Plácido Domingo, que me contrató para la Ópera de Washington, para la Ópera de Chicago y para la Ópera de San Francisco. He tenido la suerte de recibir lecciones magistrales de los grandes cantantes de ópera, que yo conocía por los discos, gente que eran mis ídolos en el Metropolitan y en los grandes teatros».

El apoyo para que todo eso funcionase, admite Carlos Moreno, lo consiguió en su casa. «El día que con 23 años le dije a mi madre: 'Mamá, yo no quiero seguir aquí en Abarán y quiero probar fuera'. Y me dijo, ve y prueba, y si te va mal aquí tienes tu casa. Eso, contar con el apoyo de mi madre, fue un gran alivio». Y así marchó a Madrid, sin padrino y con un futuro económico incierto. «Se me ocurrió una idea un día viendo 'Informe Semanal', a raíz de un reportaje sobre Banesto. El 13 de junio de 1989 me presenté en la sede central del banco, en Castellana 7, y fui a pedirle trabajo al señor Mario Conde, que hace 30 años en España era un personaje muy importante. Obviamente no me recibió, pero sí un señor que me llevó a otro señor y así. Yo les dije que quería estudiar, que tenía tablas para cantar, y que tenía formación, y quería que me echasen una mano. Y así me ofrecieron un trabajo de vigilante jurado, y acabé en Cuatro Caminos, vigilando el parking del Mercado de Maravillas. No era lo que yo quería, pero me daba un sueldo mínimo para poder pagar el apartamento y los estudios».

La oportunidad de crecer le hizo tener que conseguir las habichuelas donde fuera. Pruebas de fuego que consiguió superar gracias a la fe en sí mismo. «Siempre creí que merecía la pena luchar. He tenido que lidiar con el fracaso, que es parte de la vida. Y ahora que soy padre se lo explico a mi hija, que es normal que el ser humano tenga inseguridades. Cuando mi hija quiere sacar un 10 y saca un 4 yo le digo: 'Bueno, esto no es un problema, sino un toque de atención'. ¡Lo peor sería que no pudiese ir a la escuela! Y los niños lo entienden y lo aceptan si se les explica esto».

En su carrera, por tanto, todo ha nacido del tesón. «Y muchas veces he tenido que lidiar con una compañera ingrata que se llama soledad. Esto ya lo cantaba Sabina, y no andaba desencaminado. Muchas veces te encuentras solo». Sus ídolos eran Enrico Caruso (1873-1921), Miguel Fleta (1897-1938), Giacomo Lauri-Volpi (1892-1979)... cantantes antiguos que no conoció, y luego gente de carne y hueso que ha podido tratar. «En este mundo ha habido dos personas a las que me he sentido realmente atraído. El tenor Plácido Domingo es una de ellas. Yo lo conocí en una cena para un espónsor norteamericano cuando yo estudiaba en Filadelfia, y él venía al final a saludar a una señora políticamente importante. Nosotros, como estudiantes, teníamos la obligación de ayudar a nuestra escuela a cantar en cenas. Y allí me oyó cantar, y me preguntó si alguna vez me había planteado cantar en su concurso, y yo le dije que estaba estudiando todavía. Cuando terminé la carrera allí, me presenté y gané el tercer premio. Eso es como rozar la gloria, porque la competitividad era enorme de cantantes de los cinco continentes. Desde luego, si algo me atrajo de él fue su humanidad, su manera de hablar. Cuando coincidía conmigo, por ejemplo, en los pasillos de la Ópera de Burdeos y estábamos solos nos contábamos anécdotas, es un señor muy cercano, y yo lo admiraba como artista, porque es increíble, y como persona es todavía más increíble. Domingo ha sido uno de los cantantes que más a gusto me ha hecho sentirme con su compañía. No solo en el plano artístico, porque me ha dirigido y hemos cantado juntos». Un día, cuenta Carlos Moreno, estuvieron hablando de zarzuela. «Yo sabía que su padre había estado cantando en Abarán, y sabía que había un matrimonio en Abarán, ya fallecidos, que le cuidaba cuando su padre venía con él. Y yo se lo conté. Era a mediados de los años 40, venían con la compañía de don Federico Moreno Torroba, y usted se quedaba en una panadería, le conté. La historia ha pasado de generación en generación en Abarán. Cuando yo le conté aquello, Plácido Domingo se puso a cantarme el 'Canto a Murcia', en el pasillo, para mí solo. Él fue la primera persona de la que me quedé prendado de su voz y de su maestría, pero también de su gran personalidad».

La segunda persona que le influyó es el tenor ya jubilado Pedro Lavirgen: «Estuve dos meses encerrado con él en su casa de Madrid estudiando la que iba a ser una de mis óperas de batalla, que estuve como quince años esperando para cantarla, que fue 'Otello', de Verdi. En esos dos meses, ese señor me hizo sentirme agradecido a Dios, al universo o a lo que fuese por haberle conocido y trabajado con él. Porque tenía algo que a mí me ha afectado muchísimo, que es la humildad. La humildad de llegar a un párrafo complicado y no saber avanzar, y tener que volver a las notas del maestro para lograrlo. Ese señor volvió a las partituras de sus maestros, y sacó aquello con una calidad humana increíble».

El tenor de Abarán siente miedo todavía de los papeles wagnerianos. «Me gustaría algún día poder debutar con 'La Valquiria', la ópera de Richard Wagner, cantar el primer acto, del que estoy maravillado desde mi época de estudiante y he escuchado miles de veces de expertos en ese rol. Todavía Wagner se me hace muy difícil». Y, sin embargo, se siente cómodo en esos papeles que le ha costado tantos años llegar a ellos, como 'Otello', 'Sansón y Dalila', la ópera 'Payasos', 'Turandot', 'Aida' o 'Cavalleria rusticana' de Pietro Mascagni. «Es como escalar un ocho mil cuando empiezas a estudiarlas, y luego le coges el gustillo. Pueden caer tormentas o nevadas, pero lo afrontas con entereza, y eso solo te lo dan los años. Los cantos de sirena son negativos para esta profesión».

Tiene 54 años recién cumplidos, lleva cantando como profesional desde 1990 y acoge este premio de 'Los Mejores' de 'La Verdad' con gran entusiasmo. «Siempre sientes orgullo cuando se acuerdan de ti y se reconoce el trabajo que has realizado hasta ahora. Yo siento un agradecimiento enorme hacia aquellos que han puesto mi nombre sobre la mesa, ¿a quién no le gusta un homenaje en vida? He vivido mucho tiempo fuera de España, y por todo el mundo he paseado el nombre de la Región de Murcia, siendo este mundo de la lírica a veces algo tan reducido». 'El gato montés', de Manuel Penella, la gran ópera española, se estrenó en Alemania el año pasado en el Pfalztheater Kaiserslautern, recuerda Carlos Moreno, bajo la dirección del español Rodrigo Tomillo. «El tenor que la estrenó fui yo y llegaron críticos españoles, y uno me dijo que era un tenor que ya se nota que es un... no me dijo un señor mayor, pero eso no se le hubira ocurrido decirlo ni de Carreras o Pavarotti ni de ningún otro. El veterano tenor, dijo. La crítica no era mala. Pero, sin embargo, la revista alemana más especializada en el mundo de la ópera me ponía muy bien... Mi reacción fue llegar a la casa y pensar que en la noche del estreno me había puesto muy nervioso y que había que salir menos nervioso la segunda vez. Tuvimos cada día un 'no hay billetes' en taquilla, y eso, con una ópera española en Alemania, da sentido a tu vida. Aceptas las críticas, las buenas y las malas, y eso tienes que aceptarlo en el paquete de ser un artista».

¿Y los próximos años qué? Tiene su agenda organizada en función de unos cursos de pedagogía y de refinamiento, «y me gustaría dedicarme a la asesoría, y seguir actuando allá donde me llamen y me quieran». Volver a Murcia, para él, siempre será placentero.