Carrasco ya no es Lady Gas

Ana Carrasco, el pasado mes de diciembre, en Cehegín. / Martínez Bueso
Ana Carrasco, el pasado mes de diciembre, en Cehegín. / Martínez Bueso

La ceheginera se ha ganado el respeto tras 18 años en una moto, desde que su padre le regalara una Polini roja

CÉSAR GARCÍA GRANERO

De aquella vieja Polini a las lágrimas de ayer han pasado casi veinte años. Ya no es Lady Gas, como la llamaban antes. Ahora le dicen Ana, a secas, sin el aliño de un apelativo. Ana Carrasco (Cehegín, 1997) no lo necesita. Y menos desde ayer. Su nombre es ya historia del deporte tras 18 años a lomos de una moto y después de ser la primera mujer en catar el almíbar de un Mundial. Ana vive en Cehegín con sus padres, en una casa que es un santuario del motociclismo con guantes, trofeos y cascos en todos los recovecos. Tiene incluso un armario entero para guardar los monos, donde tendrá que hacer hueco para el de esta temporada, mezclado quizá con el rebujo de ropa deportiva, y es que juega también al fútbol sala y al pádel en sus ratos libres, los pocos que tiene. Por ahí están también sus libros, los de Derecho, porque estudia en la UCAM por si algún día «aún muy lejos», dice ella, necesitara alejarse del mundo donde echó el ancla desde que su padre le regalara una Polini siendo niña. Aquel regalo no fue un regalo, fue un nuevo día, el alba de una pasión que hoy, a sus 21 años, sigue de puntillas.

Y es que a cabezona no le gana nadie. «Trabajo y esfuerzo, es en lo que creo. Para mí lo es todo», ha dicho Ana, que ha hecho historia tras lograr lo más difícil para una mujer en un mundo de hombres: que los demás te empiecen a ver como un rival, no como una mujer. Ana Carrasco Gabarrón lo ha conseguido. Fue la primera española en puntuar en Moto3 y la primera mujer en ganar una carrera, ya en SuperSport 300, también la primera en liderar el Mundial y desde ayer la primera en ganarlo.

Una rosa entre hombres que paladea el confeti del éxito 18 años después de subirse a su primera moto, aquella Polini, que era roja y su padre le regaló con un afán más lúdico que vocacional. Ella pensó distinto. Para Ana no era un recreo, sino una pasión. Nunca se bajó de la moto, salvo cuando se rompió el codo, hace seis años, «pero el mismo día que me quitaron la escayola me subí de nuevo», dice.

Al fin lo ha conseguido. Ella no quiere sufrir, lo que quiere es ganar. Por eso no le importó caer a SuperSport300 cuando se quedó sin apoyos en Moto3. Rechazó, además, ofertas de Moto2 porque no quería quedarse en el Mundial grande si era para ir a trompicones.

En SuperSport 300 encontró equipo, el DS Junior Team, y moto, una Kawasaki. Siempre se sube a ella con la pierna derecha. También empieza siempre por el guante derecho. Son sus dos manías, la otra, la de escuchar música no es una manía, sino un recurso de aislamiento. Se pone los cascos y se olvida del mundo. Lo hace antes de cada carrera para concentrarse y no le va mal, porque pocas veces se va al suelo.

Ana debe mucho a su familia, que ayer estaba junto a ella y ha tenido un papel esencial en su carrera, especialmente su padre Alfonso. Él fue quien le regaló su primera moto, quien la llevaba a entrenar a Alicante en sus inicios y quien más se asustó aquel día, hace muchos años, cuando llevó a Ana a un Campeonato de España a Albacete y ella, que casi no llegaba a la moto, le pidió que hablara con los comisarios para que le dejaran dar unas vueltas. Aquellas motos eran tan lentas que los minutos pasaron y Alfonso empezó a impacientarse. Al final, un rato después, cuando su padre ya se mordía las uñas, apareció Ana en la recta, con su moto y la diadema de su sonrisa. Esa sonrisa luce ya en el Olimpo. Ya es eterna.

 

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