Y el milagro se hizo carne

El poeta José Cantabella, en un dibujo realizado por su mujer, la pintora Carmen Cantabella. /
El poeta José Cantabella, en un dibujo realizado por su mujer, la pintora Carmen Cantabella.

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Un viaje a Etiopía, país de origen de su hija Noa, le marcó para siempre. Una mujer, la pintora Carmen Cantabella, de la que se enamoró «como nunca» cuando ya no esperaba que le ocurriese algo así, le cambió la vida en un momento en el que, junto a la felicidad en todo su esplendor, volvieron las sombras de las enfermedad. Corría 2017 y, tras habérsele concedido la incapacidad total, «después de muchos años trabajando de celador de quirófanos en el Hospital La Vega», tenía muy claro a lo que iba a dedicarse: «A cuidarme, a amar, y a escribir poesía con más tiempo y más calma». Bendito sea el último poemario que nos regaló: 'Cuaderno de Ibiza y otros poemas' (MurciaLibro, 2018).

Tenía 28 años cuando le diagnosticaron un linfoma de Hodgkin; fue el principio del fin, al que se encaminó disfrutando minuto a minuto de una vida intensa, a la que supo enfrentarse con un valor y una pasión, que incluían el correr riesgos, el no darse nunca por vencidos, que llegaba a resultar contagioso. Vivió sabiendo que sobre su cabeza pendía una espada de Damocles muy concreta, una salud empeñada en no dejarle en paz, que no le privó tampoco de sufrir dos infartos: en 2006 y en 2016. «¡Soy una joya!», contaba entre risas: «Cuando voy a los médicos, tiemblan, pero la verdad es que he tenido mucha suerte porque me he ido librando».

Los últimos años de su vida ha sido especialmente feliz. «Yo me enamoré de verdad con 51 años, conocí el amor con mayúsculas cuando apareció Carmen en mi vida y la transformó». Atrás quedaban dos relaciones, con las madres de sus tres hijos, con las que mantenía una relación cordial.

«Sigo pensando, cada día, que [conocer a la pintora Carmen Cantabella] ha sido un regalo de los dioses. Me ha revitalizado en todos los sentidos»

Lo recuerdo hablándome de ella, mientras escuchábamos sus pasos alejarse: «Conocer a Carmen fue un milagro. Sentir esa pasión desmedida, ese brote de energía y entusiasmo que te asalta, esa sensación exultante de que se te va la cabeza. Sentí emociones que hasta ese momento desconocía. Ahora estamos viviendo una rutina amorosa pasional preciosa, y me siento muy feliz. Sigo pensando, cada día, que ha sido un regalo de los dioses. Carmen me ha revitalizado en todos los sentidos y, por ejemplo, la enfermedad la estoy pasando maravillosamente porque ella es una gran compañera, además de otras muchas cosas».

Ese 'fulgor de la desolación'

Tenía claro que jamás pertenecería a ningún partido político, se tenía por «una persona bastante moderada», y había llegado a la conclusión de que los «políticos son una de las mayores decepciones de este tiempo, uno de su grandes males, lo han enmierdado todo». La cara le cambiaba cuando narraba ese viaje a Etiopía del que les hablé al principio: «Cuando mi segunda mujer y yo adoptamos allí a nuestra hija Noa, en un momento en el que ya prácticamente estábamos separándonos, pero decididos a no dar marcha atrás, el viaje a Etiopía, al sur del país, cerca de la frontera con Kenia, me conmocionó. Vine de allí cambiado. No tienen absolutamente nada, nada es nada. La pobreza y la desesperación son indescriptibles. Me agité completamente por dentro, las miserias que allí contemplas, en un país tan rico y en el que hay grandes fortunas, son insoportables. Vi a muchísimos niños al borde de la muerte, vi a madres y padres tirando a sus hijos a las carreteras para que los vehículos los matasen, vi a la gente tirándose desesperada al vacío desde cualquier altura que encontraban... Sentí una impotencia y una rabia y un dolor como nunca. Noté eso que [el poeta] José Ángel Valente llamaba el 'fulgor de la desolación' cuando cogí la mano de una chica».

Era admirable su gran capacidad de control sobre mí mismo, que le venía bien a la hora de contrarrestar su tendencia a «poner pasión en todo lo que hago». Intentó, y lo logró, vivirlo todo en la vida con naturalidad, sin dramatismos, incluida su propia cercanía a la muerte. Además del amor, decía, «nada da tanto calor como las palabras». Un día escribió: «Cuando tengas frío, / llevaré / miles de libros de poemas / al pie de tu cama».

Reconocía que «durante mucho tiempo me quisieron convencer de que el enemigo era siempre y únicamente el enemigo». Pero con el tiempo, descubrió que «el verdadero enemigo está y estará siempre dentro de uno mismo o en el interior del que trataba de convencerme de que el enemigo estaba solamente en el enemigo».

Entre sus palabras preferidas, 'gacela' ocupaba un puesto de honor. La incluyó en este texto de amor: «Me he pasado toda la tarde buscando una palabra para ti. La palabra hallada es gacela, y ahora que la he encontrado la voy a envolver en papel de regalo para enviártela rápidamente a tu casa antes de que llegue la noche».

Ayer vi llorar como niños los corazones rotos de sus muchos amigos y seres queridos.

A José Gabriel Cantabella

Un ángel, mirándome de lado

me acompaña, mientras los cirujanos trabajan en mí sobre el quirófano.

Silencioso viene y varegalando gotitas de sosiego.

Un ángel protector e imprescindible, próxima su ala a mi hombro derecho.

Juana J. Marín Saura

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