Diario de escritura (XII)

'Cabeza 6'. /Sergio Porlán
'Cabeza 6'. / Sergio Porlán
Miguel Ángel Hernández
MIGUEL ÁNGEL HERNÁNDEZ

Lunes 8 de julio

Dentista y barbero por la mañana. Están cerca y últimamente sueles combinar la visita. En uno callas, en el otro no paras de hablar.

Por la tarde, el traumatólogo te quita los puntos de la rodilla. En unas semanas estarás como nuevo. Pasas por la universidad, corriges los exámenes de julio y haces tiempo para la presentación de la novela de Francisco Díaz Klaassen. Lo conociste en Ithaca y rápidamente congeniasteis. Aún recuerdas las tardes convertidas en noches, las conversaciones sobre literatura y vicios inconfesables y las cantidades industriales de cervezas ingeridas. Y también los regresos etílicos a casa, subiendo la colina entre la nieve desde el Downtown. 'En la colina', la novela que ha publicado Candaya, te conduce a ese tiempo que aún guardas como un sueño. Para el protagonista del libro, sin embargo, esa ciudad universitaria norteamericana es una pesadilla. Y la novela se despliega como una carta de desamor y reproche, una caída al fango, un viaje al fin de la noche. Es Céline, lo abyecto, la materialidad tangible de lo obsceno, pero también es Thomas Bernhard, el resentimiento, el odio indolente y crepuscular. Y también un extrañamiento y una desincronización con el presente -la universidad, ese pequeño pueblo perdido, Estados Unidos- y con el pasado -el origen, la familia, Chile-. Un ya no saber a donde ir cuando todo se viene abajo.

Te gusta cómo escribe Francisco, como si nada, como si fuera fácil. Y eso, lo sabes, es lo más difícil de hacer. Puedes escuchar la letanía de las palabras dichas al oído, el largo poema lleno de imágenes que se quedan para siempre, como la mirada profunda y oscura de un ciervo en mitad de la noche. Porque también es David Lynch.

Llegas a la presentación con una muleta y habláis de todo esto que acabas de escribir. Después, tomáis unas cervezas en el café del Arco. Está toda la tribu Candaya. Disfrutas de la compañía, pero la rodilla no deja tranquilo. Aun así, Francisco no puede irse de Murcia sin tomar unas copas. Y continuáis un poco más la noche en el Revólver. No hay nadie en las calles y os divertís evocando los días en que Leo visitó Ithaca. Aquella pequeña ciudad sigue siendo un paraíso en tu memoria. Cada vez que lo piensas, viene a tu mente la frase de Jack en el final de la tercera temporada de 'Perdidos': «We have to go back, Kate! We have to go back!».

Martes 9 de julio

No tienes resaca, pero la rodilla se resiente de la sesión de la noche anterior.

En la universidad, tutorías con doctorandos. Instrucciones y libros para leer en verano. Después, la última tertulia de la temporada en la Ser.

Tus hermanos van a verte a casa y, después, visitáis a la Julia. Notas cómo se le humedecen los ojos.

A finales de la tarde, te encuentras con el Rector por la calle y habláis unos minutos sobre el diario. Conoce tu vida al dedillo. Esto es serio, piensas después. Y por un momento llega el vértigo. Pero rápidamente se te pasa. Vives en un escaparate, sí. Pero la escritura te protege. Las palabras son tu escudo, tu muralla, tu refugio más preciado. La iconostasis que te resguarda de lo real.

Mércoles 10 de julio

Comienzas a planificar la escritura de la nueva novela. Has decidido probar. Ciencia ficción. Un futuro distópico. Una historia que lleva años rondando tu cabeza. Rescatas el cuaderno de notas que escribiste en tu primera visita a Cornell en 2011. La historia ha cambiado desde ese momento, pero te sirven algunas de las ideas que escribiste entonces. Vuelves a entrar poco a poco en ese mundo y te encuentras a gusto.

Has salido demasiado rápido de la novela que pensabas escribir. Tal vez eso sea una señal: no había llegado su tiempo.

Por la tarde, visitáis varios pisos y ninguno acaba de cuadraros. Siempre hay algo que falla. En el fondo, os gustaría poder mover vuestro piso a la ciudad. Tal y como está.

Jueves 11 de julio

Acabas de leer 'En el jardín del ogro', la novela de Leila Slimani. Te deja sin respiración. Agria, incómoda, áspera. Como en el libro de Díaz Klaassen, muestra una caída. En este caso, al infierno de la adicción sexual. Tienes la sensación de estar viendo una película de Gaspar Noé. Y te recuerda también a la Jelinek de 'La pianista'. Un vacío que no puede ser llenado. Un abismo sin fondo.

Sueltas por fin las muletas.

Por la noche, maratón de 'Stranger Things'. Esta temporada no va hacia ningún lugar. El homenaje a los ochenta se convierte en puro pastiche. Se te hace eterna.

Viernes 12 de julio

Escribes toda la mañana. Más de treinta páginas de notas, ideas y fragmentos. No sabes si todo esto servirá para algo, pero estás contento. Sobre todo, por intentar hacer algo que no sabes hacer. Lo has pensado mucho: sería más fácil continuar escribiendo las historias que sabes que contar. Pero necesitas tomar otro camino, uno que aún no has transitado. En el fondo uno escribe para aprender a escribir. Las novelas que has escrito te han enseñado a escribir un tipo de novela que, más o menos, has aprendido a manejar. Pero ahora quieres aprender a escribir otra cosa. Escribir la novela que no sabes escribir.

En tu búsqueda de tonos y modelos, lees casi del tirón la última novela de Ismael Martínez Biurrun. 'Sigilo', una historia a medio camino entre el terror psicológico y lo fantástico. Traumas familiares, sectas suicidas, fantasmas que regresan... y la sensación constante de desasosiego e inquietud. Has leído todos sus libros. Algunas de sus escenas las sigues teniendo en la memoria. Frases que pintan imágenes indelebles. Es una destreza que envidias.

Sábado 13 de julio

Hoy, en Los Alcázares, la Playa de los Libros. Durante el almuerzo, tienes la oportunidad de charlar con Luis Leante. Te gusta cómo habla. Con sencillez, elegancia y sabiduría. Le comentas que su premio Alfaguara supuso un antes y un después para los escritores de la Región. A partir de él, muchos comenzaron a atreverse. A enviar manuscritos a editoriales nacionales y a presentarse a premios importantes. Tú también. Se trataba de olvidar los complejos y cambiar de actitud.

A las ocho, intervienes en el patio del Balneario de la Encarnación. Te entrevista Pilar, que ha leído incluso tus cuentos tempranos. Repasa toda tu 'obra' -aún te resulta extraño ese término aplicado a las cosas que escribes- y te encuentras cómodo con sus preguntas, sobre todo porque evitan lo obsceno y no indaga en el morbo. Es el último evento del verano y lo agradeces.

Al finalizar el acto, cenáis en el Ramón. Oliver y María José lo han leído todo. Te gusta charlar con ellos de libros y películas. Mientras habláis, disfrutas de la comida. Está todo delicioso, pero la tarta de güisqui te deja sin palabras. Es uno de tus postres preferidos. Te recuerda a tu madre. Tienes ya gustos de señor mayor. Tal vez es lo que comienzas a ser.

Domingo 7 de julio

Todo el día escribiendo encerrado en el despacho. Se te acaba la tinta y cargas la pluma a toda prisa para que no se escapen las ideas. Te gusta ver tus manos manchadas de verde y el cuaderno emborronado. Tienes la sensación de estar pintando. Trazos automáticos, a toda velocidad, historias y escenas que intentas atrapar mediante pinceladas imprecisas. Así es como va naciendo esta historia extraña que has comenzado a imaginar. A través de flashes y destellos. Una constelación de escenas desordenadas. Personajes, futuros, eventos inexplicables. Las cosas con las que disfrutas en las series y en las películas. Las cosas que ahora, poco a poco, como la lenta lluvia de ceniza después de un incendio, comienzan a posarse sobre las páginas de tu cuaderno.