Manuel Chaves Nogales, palabra de periodista

Chaves Nogales en la sala de linotipias de 'El Heraldo'./FOTOGRAFÍAS DEL ARCHIVO DE MARÍA ISABEL CINTAS GUILLÉN [BIÓGRAFA Y RECOPILADORA DE SU OBRA DISPERSA EN PERIÓDICOS DE TODO EL MUNDO].
Chaves Nogales en la sala de linotipias de 'El Heraldo'. / FOTOGRAFÍAS DEL ARCHIVO DE MARÍA ISABEL CINTAS GUILLÉN [BIÓGRAFA Y RECOPILADORA DE SU OBRA DISPERSA EN PERIÓDICOS DE TODO EL MUNDO].

Esta semana se cumplen 75 años de la muerte del olvidado maestro de la crónica de acción y la reflexión inteligente. 'Ababol' recupera su periplo por tierras de Murcia

Alexia Salas
ALEXIA SALAS

Fue el periodista que nunca esperó a la noticia. Con una libreta y un lápiz como únicas herramientas, Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 7 de agosto de 1897-Londres, 4 de mayo de 1944) salía constantemente a su encuentro y no tardó en buscarse unas alas para extender su campo de visión, donde buscar la información irrefutable, la que palpita con veracidad y sangra voces, sueños y miserias. Aprendió a pilotar para no perderse nada. «Andar y contar es mi oficio», decía Chaves, quien aterrizó sobre las noticias incandescentes de su tiempo, como si olfateara el humo desde las alturas. Así contó la vida en la URSS tras la Revolución Rusa, presagió el oscuro propósito del Nazismo, narró los últimos empeños coloniales españoles en Ifni, y penetró en el desafío catalán hasta tocar el hueso antes de ponerle titulares. Entrevistó a Goebbels, al emperador Haile Selassie -último monarca de Etiopía-, Humberto de Saboya, al revolucionario ruso Kérenski, al arzobispo de Canterbury y a Charles Chaplin, entre muchos otros personajes de su tiempo.

Reportero de raza, se alejó todo lo que pudo de «esos articulistas clásicos que todas las mañana ponen el paño al púlpito y discursean a su albedrío», según dijo en el prospecto de su libro 'La vuelta a Europa en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja', que reúne los reportajes que hizo para 'El Heraldo' de Madrid sobre su periplo hasta Leningrado, incluyendo las partes censuradas. Allí se familiarizó con el pueblo ruso y llegó a entrevistar a Ramón Casanellas, el asesino de Eduardo Dato.

Por su ejercicio de periodista puro, lejos de la momia de Redacción, lo persiguieron franquistas y 'rojos' para fusilarlo. La Gestapo le pisó los talones. Y Chaves se movió por el mundo con la habilidad de una ardilla observadora para no dejar de informar con ese pulso vibrante de narrador insobornable. ¿Fue por eso que su nombre quedó enterrado durante más de 50 años? A la mayoría del público le cuesta ponerle cara, pero más extraño aún resulta el mutismo en las universidades de Periodismo y la escasez de ediciones sobre el que posiblemente sea el mejor periodista del siglo XX. La catedrática de Literatura Española y doctora en Filología Hispánica María Isabel Cintas empleó 30 años en reunir su producción, dispersa en periódicos de todo el mundo. «A Chaves lo mantuvieron oculto durante el Franquismo hasta 1973, cuando la Junta de Andalucía me encargó recuperar su obra», cuenta a 'La Verdad' la profesora de la Universidad de Sevilla.

Acompañó por la Región en 1932 al presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, a inaugurar el pantano de Camarillas. «Queremos agua, puertos, caminos, obras públicas», contó sobre las peticiones de «un Levante contradictorio y expresivo»

Pionero del Nuevo Periodismo cuarenta años antes de que Tom Wolfe, Gay Talese o Truman Capote le dieran marchamo fundacional, el reporterismo de Chaves trasciende al cosmos de la literatura. Solo hay que leer los nueve relatos de 'A sangre y fuego', su mosaico de la Guerra Civil española que corta el aliento.

Periodista 'de pata', como distinguía Baroja de los 'de mesa', poseía el raro don de la mirada que traspasa la piel de lo visible, por eso sus reportajes están trabados con descripciones afiladas y una elegancia en extinción. Lo demostró durante su viaje a las tierras de Murcia, del 27 al 30 de marzo de 1932, del que dejó crónicas que hoy, con la perspectiva del tiempo, arrancan una sonrisa entre líneas y, en el siguiente párrafo, te clavan el alfiler de la reflexión agria y atinada.

Polvo, sol y pasión en Murcia

La libreta de Chaves se llenó de polvareda y letras de carboncillo a lo largo del recorrido que por Levante y Baleares hizo para cubrir el viaje, para inaugurar el pantano de Camarillas, del presidente de la II República, Niceto Alcalá Zamora, de quien destacaba en sus crónicas del diario 'Ahora' «su pintoresco ceceo de buen hombre de pueblo». Al presidente cordobés le atormentaba la idea de que al paso de la caravana de autos por los pueblos, se produjera una desgracia. «¡No vayamo a coger a un chiquillo!». Cuenta Chaves que viajaba don Niceto «siempre con el alma en vilo».

De los honores que tributaban al jefe del Estado en cada pueblo murciano, el cronista se detiene en gestos y escenas que delatan realidades mudas. «No nos explicamos del todo el fervor que en la gran población de los campos puede producir el paso de este buen señor con gafas de leguleyo y cara afable, de moro o de gitano», reflexiona Chaves, quien no olvida «viendo estos campos de Murcia erizados de familias trabajadoras que se afanan por hacer productivas sus tierras, a unos centenares de familias murcianas con las que tropecé en los departamentos del Sur de Francia (...) adonde los pobres murcianos, echados de su tierra por la miseria, iban a ganarse el sustento trabajando penosamente las viñas de los rentistas franceses. (...) La vida en Francia es hoy difícil para el trabajador extranjero. Confían en que la República de España les permitirá a lo menos aquel bienestar que les permitía la República de Francia».

Entre vítores, banderas agitadas y arcos de flores naturales en cada entrada de cada pueblo de Murcia, al periodista no se le escapó cómo «empiezan a acercarse a los ministros unas comisiones de hombres sudorosos y polvorientos dando vueltas al sombrero entre sus manos, que vienen a pasar la factura del pueblo a la República. 'Trabajo, queremos trabajo -dicen-. La huerta es una pequeña parte de la provincia. El resto es secano que no da para comer. Queremos agua, puertos, caminos, obras públicas».

En su inmersión huertana, Chaves da testimonio de la cría de gusanos de seda, del Entierro de la Sardina y la Batalla de las Flores, se sorprende cuando le cuentan que «en Cieza se lleva el luto siete años», y da cuenta por teléfono a su Redacción en Madrid: «La primera autoridad avanzó y le tendió la mano a su excelencia. El que vino detrás le imitó, y el otro, y el otro. Durante media hora el jefe del Estado, sonriente y resignado, tuvo que abandonar su brazo para que se lo sacudieran a placer los centenares de burócratas y de representantes de las fuerzas vivas de la recepción. Debió quedar derrengado».

Aquella primavera murciana se mostró al cronista desbordada de «tracas espantosas y juegos florales dulzarrones, cartón pintado y flores naturales, mitología y caciques -que son ahora caciques radical-socialistas-, caras angelicales de Salzillo y anchas caderas, polvo, sol y pasión, este Levante que echa flores y serpentinas a la Guardia Civil al mismo tiempo que discute por sistema a las autoridades.

Chaves mira a los ojos a ese «Levante duro, luchador, violento, donde la polémica no es solo de clase contra clase y de doctrina contra doctrina, sino de pueblo contra pueblo, de barrio contra barrio y de hombre contra hombre». Percibe el cronista, a pesar del ruido de las orquestas de bienvenida, que «todo Levante está hondamente dividido. Amigos del régimen y adversarios suyos. Todos a muerte. Acción nacional y jabalíes». Sobre la visita a la Constructura Naval escribe: «Exteriormente todo el capitalismo español está al servicio del régimen, pero por debajo hay una corriente soterrada de desafecto y hostilidad, de miedo». No se quedó Chaves en la tarea de cronista festivo o de los que suscriben las notas oficiales sin cambiar una coma.

Aventurero y fumador

Andar y contar sin apenas tiempo de coger aliento. Ese fue el destino elegido por aquel «joven moreno, de pequeña estatura, de ceño obstinado, con el chaleco bien abotonado, el nudo de la corbata torcido y la frente sombreada por una greña rebelde», como lo dibuja Manuel Vicent en 'Los últimos mohicanos'. Ya se había baqueteado como redactor en 'El Liberal' de Sevilla donde trabajaba su padre, Manuel Chaves Rey. Dirigió después 'La Voz' de Córdoba y llegó a Madrid, ya en 1923, con un par de libros publicados, mujer e hijos, dispuesto a ver su nombre en la mancheta de una de las cabeceras que competían en el Madrid de las tertulias de literatos célebres, prosistas famélicos, políticos veletas y demás fauna que anidaba en los cafés. Empezó a frecuentar la tertulia de «la Granja El Henar, donde reinaba Valle Inclán, a quien le disgustaba verse interrumpido por el joven de provincias: 'Oiga, pollo, se va usted a pisar la lengua'», cuenta Vicent.

Reproducción del reportaje '¿Qué pasa en Cataluña? Después de haberse comido el sapo', fechado el 27 de febrero de 1936 en Barcelona. | Retrato de Chaves Nogales, fumador empedernido. | Portada de la revista 'Ahora'.

No tardó en trabajar en 'El Heraldo' como redactor jefe. «Chaves se realiza en la calle, no en la Redacción, lo que era poco habitual en la época», cuenta la catedrática María Isabel Cintas. El reportaje de Chaves sobre la aviadora Ruth Elder marcó un hito en la época y le abrió los ojos a una nueva perspectiva: «La aviación ha empequeñecido el mundo. Terminará por transformar radicalmente el sentido que de él teníamos», escribe en 'La vuelta a Europa en avión'. Quiso ser el primer periodista en sobrevolar Europa para contarlo, y para la misión en su periódico le dieron 500 pesetas y lo anunciaron a bombo y platillo en la portada. Tras un accidente estuvo un mes desaparecido, hasta que en la Redacción recibieron un telegrama lleno de ironía en el que anunciaba que se encontraba a salvo en una aldea del Cáucaso. En el periódico titularon que el reportero se hallaba «perdido entre espíritus malignos donde se posó, según las leyendas, el Arca de Noé». Ya se ha convertido en un personaje.

Olor a tinta y papel prensa

El periodista y empresario Luis Montiel -fundador en 1928 de la revista 'Estampa' y en 1967 del deportivo 'As'- creó en 1930 el diario 'Ahora' y contrató a Chaves como director. Su calidad técnica y las mejores plumas de la época -Unamuno, Baroja, Maeztu, Valle Inclán, Gómez de la Serna...- lo convirtieron en una de las cabeceras más vendidas, declaradamente monárquico al principio y respetuoso con el régimen republicano después. Con su competencia 'ABC' -al que imitó en sus portadas fotográficas-, el 'Heraldo' de Madrid y 'La Vanguardia', formaba el reducido grupo de los que superaban los 100.000 ejemplares en una época de lectores ávidos de noticias impresas para seguir la montaña rusa política.

El rotativo contó con el apoyo del político conservador murciano Juan de la Cierva y Peñafiel, padre del inventor del autogiro, pero Chaves le infundió su ideología democrática y centrista, declaradamente republicana. «Se define como un pequeño burgués liberal, pero no a la manera de Albert Rivera, sino como el liberalismo de finales del siglo XIX, que defendía la secularización de la política, el librepensamiento, el libre mercado pero con redistribución de la riqueza, y las banderas de la paz, la libertad y la democracia», precisa la profesora Isabel Cintas, quien recibió el premio de la Fundación Lara por su biografía de Chaves 'El oficio de contar'.

Reportajes de largo aliento

Andar, preguntar y contar. Es fácil imaginarlo siempre en marcha, o escribiendo sus visiones con su tupé volcado sobre la máquina de escribir Underwood, envuelto en una fumarola de Lucky Strike sin filtro. «Chaves tenía un aire aventurero, un natural comprometido y romántico, bohemio y familiar a la vez», lo perfila Manuel Vicent.

Un enjambre de color

Así ve el artista murciano Álvaro Peña a Chaves Nogales en esta obra exclusiva para 'La Verdad', con «toda la potencia del color que tenía su escritura, las líneas ondulantes de su armonía, pero también el fragor de los conflictos que le generó su valentía». Esa línea firme de su perfil destaca en tinta negra sobre el estrépito de la acuarela y el acrílico que cubre el papel de gramaje grueso de Fabriano. «Es una obra con mucha impronta, que es mi línea actual, y también permite traer a Chaves a la actualidad, ya que está plenamente vigente». Licenciado en Ciencias Políticas, el pintor busca siempre en sus perfiles más allá del semblante exterior.

Con el mismo afán por buscar explicaciones caminó varios días con los mineros asturianos en plena protesta obrera, que buscó en París las razones por las que el país que era faro de la democracia en Europa sucumbió al fascismo y firmó el armisticio con Alemania de 1940. En 'La agonía de Francia' (Montevideo, 1941), ve el país como un barco varado «y en la bajamar de la democracia las aspas de la inteligencia francesa batían el aire vanamente». Para la profesora Cintas, «Francia aún no se ha atrevido a mirar este libro a la cara. El día que lo mire se encontrará con parte de su esencia».

La médula de Chaves era de tinta y papel prensa, donde publicaba sus trabajos, que luego se editaban en obras completas. Así pasó con 'El maestro Juan Martínez que estaba allí' (Estampa, Madrid, 1934), que en 1982 publicó 'ABC' de Sevilla en 127 entregas, una irónica biografía de un bailaor en la Revolución Rusa. «Es pedagógica, divertida, profunda y llena de humanidad», califica Cintas.

Como en 'Juan Belmonte, matador de toros; su vida y sus hazañas' (Estampa, Madrid, 1935), el personaje vuelve a ser su centro de interés, como la fuerza centrípeta de los acontecimientos. Y Chaves leía el mapa de su alma. Nunca fue aficionado a los toros, pero escribió una obra de culto para aficionados y antitaurinos, para muchos una de las mejores biografías del siglo XX.

La cuestión catalana

Qué diría Chaves si leyera las crónicas actuales del asunto catalán. Seguramente sufriría una crisis de extemporaneidad, agravada por una hemorragia de involución, al comprobar que no solo la herida sigue abierta sino que sus análisis de los años treinta fueron más certeros que los recién publicados, casi un siglo después. Para el periodista, el separatismo no es un movimiento, sino «una rara substancia que se utiliza en los laboratorios políticos de Madrid como reactivo del patriotismo, y en los de Cataluña como aglutinante de las clases conservadoras».

'¿Qué pasa en Cataluña?' es el título que encabezó la serie de reportajes que publicó en el diario 'Ahora' en 1936, reunidos después en un libro. El secretario general de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, eligió este tomo de Chaves Nogales como regalo para el presidente catalán Quim Torra en una reunión que mantuvieron hace un año. Tal vez quería el líder de la izquierda española que Torra leyese párrafos como este: «La vida de este gran pueblo, tan lleno de sentido y tan firmemente aferrado a unas realidades indestructibles, no se alterará gran cosa por los vaivenes políticos (...) a pesar del entusiasmo cada cual está atento a su quehacer cotidiano (...) las banderas se agitan sin que nadie, por el goce de verlas flamear, pierda una hora de trabajo». Chaves se reafirma en varias veces en que «la realidad, esta maciza realidad catalana, y el buen sentido tradicional del pueblo de Cataluña, harán lo demás. No pasará nada en Cataluña».

El profesor de Literatura Juan Manuel Sánchez ve en Chaves el antídoto contra los populismos: «Chaves planteó realidades desconocidas y hay que estar atentos, porque como dijo Ortega, toda realidad ignorada prepara su venganza».

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