Una ama de casa y un tipo acabado

Portada del último libro de Jerónimo Tristante. /
Portada del último libro de Jerónimo Tristante.

En un lugar idílico y apacible también se pueden cometer los más horribles crímenes

JOSÉ BELMONTE

Los buenos escritores, los que dominan el género que atacan, no necesitan demasiados resortes ni improvisados trucos para armar una buena novela. Y Jerónimo Tristante ya goza de una incuestionable veteranía y, sobre todo, de ese instinto de depredador para la narración que usan los más grandes. Pertenece, pues, a esa nómina de escritores de raza que, valiéndose de su autodidactismo y también de su vasto bagaje de lecturas, nos ofrecen un producto muy depurado que llega a la mesa del lector con una excepcional frescura.

'Nunca es tarde' es el mejor ejemplo. No es una novela especialmente compleja. Se lee con inusitada rapidez, con gusto, casi al galope. Y, sin embargo, aunque parezca ligera de equipaje, la indumentaria que ha escogido su autor es la precisa para que surta el efecto deseado. En eso se nota que conoce bien lo mejor de la novela policiaca anglosajona: perfecto dominio del diálogo, expresión precisa, descripciones breves e impactantes, acción trepidante, un asunto que resulte de interés, que llegue al corazón del lector, cierres perfectos de cada uno de estos capítulos, un final en el que no quede ni un solo cabo suelto... Y una serie de elementos, de los que iremos dando cuenta, que forman parte de esa coctelera que Tristante maneja a su antojo y que es tan difícil de imitar porque siempre tiene la precaución de guardarse un as en la manga.

Madame Bovary del siglo XXI

El ambiente en el que se desarrolla esta nueva novela contribuye al éxito del relato: un lugar apacible, idílico, en medio del Pirineo aragonés, donde la naturaleza y la nieve invitan a cantar versos a la luna, puede convertirse, de la noche a la mañana, en una auténtica ratonera, el origen de los más horribles crímenes. En la aludida coctelera, Tristante añade, como ya hizo en anteriores novelas suyas, un personaje femenino de gran consistencia. Una sencilla -o no tanto- ama de casa, Isabel Amat, cuarentona, cornuda y sin futuro, que acaba de ver volar del nido a sus hijos y sólo le queda soportar las infelicidades de un marido estúpido. Su afición a la lectura de novelas de misterio y policiacas -una Madame Bovary del siglo XXI que quiere vivir en persona aquello que ve reflejado en los libros- le lleva a emprender una larga y complicada investigación para desvelar el misterio de unos asesinatos que parecen repetir lo ya sucedido hace décadas. Como es natural, todo Holmes necesita a su correspondiente Watson, de ahí que Tristante, con buen pulso y oportunidad, saque a escena a un nuevo personaje -un ex escritor noruego, que atesora el atractivo de sus años mozos, que vive aislado en una cabaña del pueblo y que fue colaborador de la policía a la hora de localizar desaparecidos, a través de un sistema verdaderamente revolucionario-, Enar Olson. En resumidas cuentas, un ama de casa y un tipo acabado dispuestos a resurgir de sus propias cenizas.

Un tal Tristante

La acción, a partir de entonces, es trepidante. El autor no concede ni un solo respiro al lector. De una página a otra suceden muchas cosas. Nada permanece en su sitio y la luz del día va desvelando secretos que parecían encriptados para siempre. Hay lugar, sin embargo -como sucede en casi todas las novelas de nuestro autor-, para la reflexión, para poner al día a los lectores y conceder así mayor verosimilitud al relato. Sucede, por ejemplo, cuando se lleva a cabo un análisis de los llamados asesinos en serie, que suelen ser los favoritos de los expertos en criminología. Enar, tirando de su experiencia como investigador y colaborador de la policía, pone al día a Isabel y le explica que los hay que provienen de entornos sociales durísimos, «que han vivido situaciones de injusticia social: hijos de padres drogadictos, niños huérfanos que han ido de orfanato en orfanato...».

Tristante, quien parece divertirse con los 'cameos' literarios (ya vimos en '1969' cómo aparece su propia madre embarazada de él paseando por el Malecón murciano), en 'Nunca es tarde' se da el gustazo de aludirse a sí mismo cuando el propio Enar, después de manifestar que las casualidades no existen, le confiesa a Isabel que ha sido lector de novelas de un español, «un tal Tristante», cuyo detective -se refiere, naturalmente, a Víctor Ros- era «un tipo muy holmesiano».

La velocidad de vértigo a la que se desarrolla la novela, con esos diálogos resolutivos, enérgicos y vigorosos, y la acción trepidante que pone sobre el tapete sacando a la luz una historia que suena a verdad en la pluma de este escritor, no impide, sin embargo, que aparezca el Tristante más crítico, el que leemos con fruición semanalmente en las páginas de 'La Verdad'. Hay, por lo tanto, estopa, y de la buena, contra ciertos políticos corruptos. En esta ocasión se trata de un tal Fabregat, el alcalde de la localidad, que se inició en UCD, siguió militando en CDS y finalizó por ser independiente hasta ganar las elecciones para eternizarse en el poder. Otro político que ha ido degenerando, que diría el torero Juan Belmonte.

Excelente y bien contada historia para la que Tristante ha empleado los resortes típicos de su ya amplio repertorio, como lo hiciera en su serie dedicada a Víctor Ros y en otros relatos no menos memorables, como '1969' o 'El valle de las sombras'. Toca sufrir, porque el asunto del que aquí se habla no es un plato muy agradable para la gente que está en sus cabales. Pero el sufrimiento tiene su recompensa. Y Tristante sabe ser generoso.

 

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