El inventor que yace en la Catedral

Esquema de la máquina de vapor de Ayanz y Beaumont, anterior a la de Watts./
Esquema de la máquina de vapor de Ayanz y Beaumont, anterior a la de Watts.

Jerónimo de Ayanz y Beaumont. Aunque navarro de nacimiento, este murciano de adopción fue uno de los mayores descubridores de su tiempo, adelantándose en siglo y medio a la máquina de vapor de Watt. El submarino y el aire acondicionado también están entre sus aportaciones

NACHO RUIZ

El pasado abril apareció por mi oficina un chico muy joven. Vino a decirme que le gustaban mis artículos y que tenía un tema para mí. Su nombre es Javier Cano, estudiante de la Universidad de Murcia, y el tema resultaba ser uno de los más interesantes con los que me he encontrado en mucho tiempo.

Jerónimo de Ayanz y Beaumont, nacido en 1553 en el señorío de Guenduláin, cerca de Pamplona y fallecido en Madrid en 1613, pero murciano de adopción y elección. Está enterrado en la catedralicia capilla de los Dávalos, su familia política. Para que entendamos de quién hablo me remitiré al catedrático de la Universidad de Valladolid, Nicolás Tapia Pagán. Ayanz fue «inventor, ingeniero, científico, administrador de minas, comendador, regidor, gobernador, militar, pintor, cantante y compositor de música». Leonardo da Vinci no podía alardear de tantas ocupaciones. Mi joven visitante me había traído un gran tema, así que le pregunté el motivo, a lo que me respondió que era de justicia que Murcia reconociese a uno de sus más ilustres hijos adoptivos. Cuando miramos a los más jóvenes tendemos a minusvalorarlos pensando que no alcanzan nuestro amor por el conocimiento, pero si eso fuese así seguiríamos en las cavernas. Me resultó emocionante que alguien tan joven defendiera con esa generosidad un tema histórico, de manera que empecé a leer. He de decir que ninguno de mis artículos ha sido tan fácil como este, ya que me trajo hasta los libros. Paradójicamente la UMU le había rendido un homenaje en forma de folleto por el centenario de la institución que pasó desapercibido para mí de la misma manera que tantos esfuerzos académicos quedan aislados de la sociedad. Como la casi totalidad de murcianos, me perdí aquello, así que intantaré contar una historia que, si bien no es nueva, resulta irresistiblemente atractiva.

En su tiempo llegó a ser una leyenda por su fortaleza física inusual: sobrevivió a serias heridas en Flandes y era capaz de romper un plato con solo un dedo

En 1606 ,Ayanz registró la patente de la máquina de vapor. Es decir, 155 años antes de que Watt la pusiera en marcha. En 1602 sumergió un buzo en el Pisuerga ante Felipe III e ideó el primer submarino unos tres siglos antes que el de Peral. Es fácil pensar que hablamos de un personaje literario, pero lo cierto es que Jerónimo Ayanz y Beaumont es muy real. Sintetizando su biografía, era el segundo de cuatro hermanos de una noble familia de la que, por su posición, no heredaría el señorío, así que se formó entre la élite cortesana de Felipe II. A los 14 años era paje real y adquirió amplísimos conocimientos que van de la física a la ingeniería. Como corresponde a su posición, también fue soldado y luchó en La Goleta, Lombardía, Flandes, Portugal e Isla Terceira. En 1595 se incorporó a la encomienda de Abanilla siendo su tío Francisco Ayanz inquisidor de Murcia. Casó con Blanca Dávalos Pagán y a la muerte de esta con su hermana menor, Luisa. No parece ser Jerónimo un hombre que perdiese el tiempo. En 1587 se le nombró regidor perpetuo y en 1599 se tralsadó a Madrid para organizar cuestiones relacionadas con la minería, en la que fue un destacado gestor. En 1613 moría en Madrid y su cuerpo era traído a Murcia para encontrar sepultura en la Catedral. Tenemos en el Archivo General de Simancas hasta 48 patentes suyas con otros tantos inventos. El que moría podría ser considerado uno de los grandes genios de su tiempo, genios que pasan con frecuencia a la literatura, en este caso en la pluma de Lope de Vega.

Los mitos no nacen por casualidad. En su tiempo llegó a ser una leyenda por su fortaleza física inusual: sobrevivió a serias heridas en Flandes y era capaz de romper un plato con solo un dedo. Pero la cima de su prestigio llegó al abortar los planes de un francés para atentar contra Felipe II. Sin ser este el objetivo de mis letras, entre sus méritos militares hay que apuntar su participación en la defensa de La Coruña frente a los ingleses o la ordenación de las torres de costa en el Reino de Murcia. Fue gracias a él que Cartagena se consolidó como base invernal de las goletas del rey.

Sin embargo, el siglo XVI español está lleno de héroes militares, pero no tanto de poetas y científicos. Ayanz, reconocido dibujante, era amante de la música y las letras y tan dotado para las ciencias que solo su importancia dentro de la Corte y la Inquisición le evitó más de un problema. Todo ello lo supo ver Lope de Vega cuando, en su comedia 'Lo que pasa en una tarde' hace decir a Marcelo, uno de los protagonistas: «Esta es la fuerza, señor de la prudencia. La fuerza corporal al cuerpo alcanza, como la que se vio por excelencia en el Gerónimo de Ayanza». Y otro personaje dice: «Alcides nuevo llama al fuerte Gerónimo la fama». Esta obra se escribió cuatro años después de su muerte y una alusión nos da la medida del impacto que en la sociedad española debió representar la muerte de esta mezcla de Hércules, Leonardo y El Gran Capitán. «Luchar con él es vana confianza, que hará de tu guadaña lechuguillas. Espera, arrancará por desengaños las fuertes rejas de tu cárcel fría. Más ¡Ay! Cayó. Venciste. Son engaños. Pues muerte, no fue mucha valentía, si has tardado en vencerle sesenta años quitándole las fuerzas cada día».

El ya citado profesor García Tapia es autor de '1553-1613 Jerónimo de Ayanz y Beaumont, un inventor navarro'. Lo cierto es que, si bien nació cerca de Pamplona, podemos asimilarlo a Murcia no solo por sus matrimonios o su enterramiento. Ya hemos aludido a sus trabajos como ingeniero, pero es inevitable unir con una línea su figura a la muy lejana en el tiempo de Isaac Peral con el submarino como pretexto.

Lo cierto es que leyendo el libro aludido desciubrí que conocía sus bocetos. Todo submarinista los ha visto en manuales de buceo, son una imagen universal de un rústico barco de madera sumergible. De hecho, las antiguas ordenanzas de «buzos, buzamos y somormujos» desde el siglo XVII se remiten a sus avances en escafandras y aparejos que en su día tenían una función esencial para la Corona: recuperar los tesoros y los cañones de los barcos hundidos en el Caribe. Debemos interpretar sus investigaciones como de muy especial interés estratégico para Felipe II y su hijo. Pero encontramos en este punto que estos inventos, como tantos otros, no tuvieron el necesario apoyo, la constancia que hubiera hecho falta para convertir a España en vanguardia científica. Antes nos remitíamos a sus inventos, desde balanzas de precisión a prototipos de aire acondicionado, pero sobre todo la máquina de vapor. Si se hubiera entendido lo que aquello representaba, hubiera cambiado la historia de la industria y del país.

Pero lo cierto es que, al ser enterrado en la capilla de los Dávalos, el país sintió que desaparecía un portento físico que dió grandes tardes alanceando toros. Es ese extraño sino de la España que nos dejaron los Austrias, y Jerónimo de Ayanz y Beaumont fue uno de sus más extraños y exquisitos hijos.

Esta reflexión motiva un artículo que debe ir dedicado a Javier. Que pensemos lo que somos, lo que fuimos y lo que debemos ser, priorizando en el cerebro lo que España siempre ha concentrado en otras vísceras que, salvo rara excepción, no han solido ser el corazón. Sin investigación apenas somos nada.