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El club privado de Gutiérrez y amigos

REGIÓN MURCIA

El club privado de Gutiérrez y amigos

El presidente del Colegio de Enfermería, apartado del cargo desde enero, es un amante de los viajes y el arte, y está muy vinculado a la UCAM

07.08.11 - 00:42 -
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El 9 de junio de 2010, Diego Gutiérrez Gambín, presidente del Colegio de Enfermería, vivió el momento cumbre de su carrera. Con paso lento y gesto afable, subió al escenario del Teatro Thuillier de Caravaca de la Cruz para recoger la Medalla de Oro de la Región. Solo los que le conocen bien saben hasta qué punto disfrutó del aplauso que le brindaron políticos, empresarios y demás representantes de la sociedad murciana que abarratoban el recinto. En realidad, este enfermero de 53 años, murciano del barrio del Carmen, amante de los viajes y el arte, llevaba desde 2009 celebrando actos conmemorativos por doquier. Inauguró una escultura -de dudoso gusto- junto al Hospital Reina Sofía, organizó exposiciones e invitó a cenas en las que los miembros de la junta directiva lucieron medallones e insignias.
Pero bajo la respetabilidad de la centenaria institución se escondía una historia nada edificante que ahora empieza a conocerse, por capítulos, después de que la propia junta directiva del Colegio anunciase la semana pasada que ha apartado del cargo a Diego Gutiérrez y al tesorero, Jesús Cobarro, por supuestas irregularidades.
Gutiérrez entró en la junta del Colegio de Enfermería en 1984. Fue tesorero del entonces presidente, Antonio Capel Riera, podólogo y escritor aficionado que abandonó el cargo en 1990 entre acusaciones de enriquecimiento personal que no se probaron. Una auditoría terminó exculpándolo. En 2007, Capel fue detenido junto a su pareja, Ivette Durán, por haber supuestamente amañado matrimonios de conveniencia para legalizar la situación de inmigrantes sin papeles a cambio de suculentas comisiones. El entramado se habría organizado a través de la asociación Asolatines. El asunto todavía está en vía judicial.
Así que mientras Capel abandonaba el Colegio de Enfermería para centrarse en su consulta de podología y en las actividades de Asolatines, Diego Gutiérrez pasó, en 1990, a presidir la institución. Compaginó esta tarea con la docencia, porque pronto recibió el encargo de su amigo José Luis Mendoza de poner en marcha cursos de especialización enfermera en lo que fue el preembrión de la UCAM: el centro de estudios de la Fundación San Antonio. Se organizaron dos cursos (Psiquiatría y Pediatría), pero quienes se matricularon se encontraron con que sus títulos «nunca llegaron a homologarse», según recuerdan algunos enfermeros que vivieron aquello de cerca.
En 1997 arrancó la Universidad Católica San Antonio (UCAM), y Mendoza volvió a contar con Diego Gutiérrez. Se convirtió en el director de la Escuela de Enfermería hasta que le sustituyó en el cargo Paloma Echeverría. Después, Gutiérrez ha seguido vinculado a la UCAM como profesor y participante en numerosos cursos y seminarios.
Una institución opaca
Diego Gutiérrez heredó un Colegio opaco, poco transparente, y así ha seguido siendo durante sus veinte años de presidencia. Los estatutos no se han renovado desde los años 80, y los colegiados consultados por este periódico no recuerdan haber sido convocados en su vida a una asamblea ordinaria, algo que se supone obligatorio en un colegio profesional. «Pero no solo eso. Ni siquiera nos enterábamos de cuándo eran las elecciones. Ponían el aviso en el tablón de anuncios del Colegio y ya está. Ni nos mandaban cartas ni nada de nada», explica un enfermero con muchos años de experiencia y actualmente en cargos de gestión.
Así que la junta ha ido perpetuándose en el sillón casi como si se tratase de cargos vitalicios. Tanto es así que el actual vicepresidente, Fernando Navarro, que ejerce las funciones de presidente desde que se apartó a Diego Gutiérrez, lleva también veinte años en los despachos del Colegio, controlando la delegación en Cartagena, donde es muy conocido por haber sido hermano mayor de la Cofradía del Cristo del Socorro.
Muchos consideran que ni Navarro ni el resto de la actual junta directiva son los más adecuados para aportar transparencia a la institución, y las voces de dimisión empiezan a convertirse en grito unánime. La profesión asiste abochornada al espectáculo que los dirigentes del Colegio están ofreciendo desde que la semana pasada se decidieran por fin a informar a los colegiados de que Diego Gutiérrez y el tesorero, Jesús Cobarro, llevan apartados de sus cargos desde enero, aunque no han sido cesados.
El todavía presidente, enfermo del corazón, está pasando por un momento personal muy duro. Sobre él pesa una auditoría, y ya hay algunos hechos comprobados. Por ejemplo, que alquiló un piso de su propiedad al Colegio para almacenar ficheros en los que había datos de los colegiados. Se embolsó 1.000 euros mensuales, según su versión, o 3.500, según la explicación de la junta directiva. También se investiga si gastos del Colegio de al menos 200.000 euros están justificados.
Asimismo, se está auditando la labor del tesorero, Jesús Cobarro, quien a sus 76 años se ha refugiado en su casa de Abarán. Su hijo Jesús, responsable de prensa en el Colegio, ha sido mientras tanto apartado de sus funciones. La junta directiva ha suspendido además los contratos con una empresa de formación que se encargaba de la realización de cursos. No hay una explicación oficial sobre las razones de esta decisión, ni se ha aclarado quién estaba detrás de esa sociedad.
Estudiante de Bellas Artes
Diego Gutiérrez es un hombre afable, al menos de puertas para afuera. Porque sus críticos subrayan que, cuando se apagan los focos, su carácter se vuelve autoritario. En los últimos años se matriculó en Bellas Artes, y él mismo cuenta que también ha estudiado Antropología. Defiende su labor y acusa al tesorero, Jesús Cobarro, de haberle traicionado y de ser el responsable último de las posibles irregularidades. Cobarro, por su parte, le acusa de mentir.
Los enfermeros no dan crédito al cruce de acusaciones, desmentidos y sospechas no aclaradas entre los miembros de la junta, un órgano convertido ya en una auténtica jaula de grillos.
Los colegiados echan estos días humo en las conversaciones que mantienen en los hospitales, en los centros de salud y en las redes sociales. Acusan a la institución de haber estado anquilosada, de vivir en el pasado, de no tener iniciativas. «Parece que solo nos querían para pagar la cuota» (51 euros al trimestre), cuenta un enfermero.
La crisis actual anuncia el fin de una época que, bajo los mandatos de Antonio Capel y Diego Gutiérrez, se ha prolongado durante décadas. Un tiempo en el que un colegio con 6.002 miembros se ha parecido más a un club privado que a otra cosa.
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