La Verdad

En Murcia. El filósofo y profesor Javier de Lucas, paseando por la ciudad en la que nació en 1952.
En Murcia. El filósofo y profesor Javier de Lucas, paseando por la ciudad en la que nació en 1952. / Enrique Martínez Bueso

«Vamos a perder derechos y vamos a perder dignidad»

  • Javier de Lucas, filósofo

  • «Viviremos con más miedo porque la mercancía política que más nos están vendiendo, con éxito, es precisamente la del miedo. Y como consecuencia del miedo, viviremos, por tanto, aceptando la reducción de derechos; empezando primero, por supuesto, por los que afectan a otros: inmigrantes, refugiados, minorías...»

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Tiene una voz inconfundible Javier de Lucas (Murcia, 1952), filósofo, profesor en el Instituto de Derechos Humanos de la Universidad de Valencia y autor de ensayos tan necesarios como 'Mediterráneo: el naufragio de Europa' (Tirant Humanidades). La utiliza para no permanecer callado ante las injusticias que se multiplican y el miedo que se instala, con intención de quedarse, en el interior de nuestros hogares.

-¿Qué nos espera?

-Tiempos malísimos, desde luego en Europa y, más en concreto, en España.

-¿Por qué?

-Son muchas las razones pero, por ejemplo, destacaría una importante: no ha cuajado la que yo creo que era una buena solución a los problemas a los que nos enfrentamos; me refiero al protagonismo de la energía de la sociedad civil organizada. A esa fuerza que admira Tocqueville, la de la sociedad civil dispuesta realmente a organizarse, y no solo por el interés individual de cada cual, sino para defender lo común. El activo más importante que tiene la democracia no son las instituciones, sino que es, precisamente, esa capacidad de autodefensa -que también tiene sus riesgos- de la sociedad civil, una sociedad civil que tiene una tradición de lucha por la libertad y por la defensa de los derechos humanos.

-¿Perderemos derechos y perderemos dignidad?

-Sin duda. Vamos a perder derechos y, sí, también vamos a perder dignidad porque hay algo que criticamos mucho, pero sin saber cómo contrarrestarla: la fuerza que tienen el instinto de conservación y el miedo. A lo largo de la Historia, hemos inventado elementos para intentar contrarrestar ese miedo, que es el motor del aislamiento y del enfrentamiento con el otro. Hemos inventado de todo: la cultura, el arte, el derecho, la religión, incluso ese amor que va más allá de las relaciones específicas que son necesarias para garantizar la supervivencia de la especie. Pero todo eso no ha sido suficiente. El miedo y el instinto de supervivencia son tan poderosos que creo que, cuando se nos pone a la fuerza frente a la pared, ¿quién puede asegurar que sería capaz de resistir a esa pulsión? Creo que perderemos dignidad en la medida en que continúen las situaciones de dificultad y, al mismo tiempo, aceptemos ese planteamiento reduccionista de 'o me salvo yo o se salva el otro'.

-Una población más atemorizada y, por tanto, más manipulable.

-Así es. Vamos a vivir con más miedo porque la mercancía política que más nos están vendiendo, con éxito, es precisamente la del miedo. Y como consecuencia del miedo, viviremos, por tanto, aceptando la reducción de derechos que se nos venda como necesaria; empezando primero, por supuesto, por los que afectan a otros: inmigrantes, refugiados, minorías... La gradación va a ser la siguiente: los derechos universales, a la porra; serán los primeros en perderse. Después le tocará el turno a los derechos del ciudadano. Está claro que ya hemos desmontado una parte de los sociales, aunque creo que nos va a quedar un núcleo de derechos que veo difícil que se nos recorten o eliminen fácilmente. Me refiero a la libertad de expresión, de opinión, que creo que va a resistir. Y lo hará, en parte, gracias a ese sector de la prensa que ayuda a mantener viva esa capacidad de resistencia. Pero la prensa valiosa, la comprometida, está siendo sometida a un vaciamiento interesado impresionante. Por otro lado, están las redes sociales, respecto a las que no soy ningún ingenuo; sé que hay en ellas una cantidad de basura, de odio, y de indiferencia y menosprecio del otro brutales. Pero también ofrecen oportunidades para que exista ese rescoldo tan necesario de la libertad de opinión y de expresión, condición 'sine qua non' para que nuestra sociedad no se vaya totalmente a la mierda. Lo más importante, incluso más que el derecho al voto, es la libertad de expresión y de crítica, y mientras eso pueda aguantar, y pienso que lo va a poder hacer, habrá un núcleo de derechos que no cederá.

-¿Por qué habla del naufragio de Europa?

-Mire, quienes están ahogándose en el Mediterráneo, en Europa, no solo son los refugiados y los inmigrantes. También naufragan los ideales que están en el origen de la idea de Europa y del proyecto de la Unión Europea. Es una evidencia que al terrible coste, inasumible, de vidas humanas, hay que sumar otro también gravísimo: me refiero al daño que causan a uno de los mejores legados europeos, el Estado de Derecho, las respuestas adoptadas por los Gobiernos de los países europeos mediterráneos en materia de políticas migratorias y de asilo, bajo la obsesión del control absoluto de las fronteras para evitar que pueda cruzarlas nadie que no sea un inmigrante expresamente deseado. La Unión Europea apostó por algo muy valioso: crear un espacio de derechos, de seguridad ante la Ley, de respeto a las libertades, de compromiso con la garantías de los derechos. Y esto es lo que nos hemos cargado con la política migratoria de asilo de los últimos quince años.

España protagonizó a finales de 2016 un numerito vergonzoso que expone muy bien la posición de nuestros dirigentes respecto a estos problemas. Me refiero a la historia de Muna Navarra y de su madre, la adolescente africana embarazada que fue rescatada por la fragata española 'Navarra', interpuesta frente a las costas de Libia. Dio a luz en el barco y tuvo lugar todo un despliegue de fotografías y de felicitaciones a nosotros mismos por lo buenos que somos. El ministro portavoz Íñigo Méndez de Vigo estaba exultante, '¡bienvenida a España, niña!'. ¿Y sabe usted qué pasó con esa niña y con su madre? ¡Las trasladaron [en helicóptero] a Italia, las largaron, se las quitaron de encima! Y el ignorante del ministro felicitándose y dando bienvenidas a España. Les importa todo un pimiento, salvo hacerse propaganda en cuanto tienen la más mínima ocasión.

Miedos

El otro día, Emmanuel Todd decía que los europeos parecemos prostáticos que no tenemos otra cosa que hacer que sentarnos en el sofá, delante de la televisión, para tragar alternativamente miedo y ocio. Miedo por todas partes, porque además toda la industria del ocio lo está fomentando cada vez más. Nos están diciendo todo el día que tenemos al enemigo no solo a las puertas, sino incluso ya dentro de casa. Y que estamos sobreviviendo de milagro, que se sucederán los atentados terroristas... La sociedad del miedo crece. Y lo hace en un momento especial para los europeos porque estamos en la peor coyuntura histórica de las últimas décadas.

-¿A qué se refiere?

-Hay una fuerte competencia entre la federación rusa y los Estados Unidos por anonadar el papel de Europa; protagonismo político ya tenemos poco... Van a ir a por nosotros, con China detrás a la expectativa. El panorama es como para decir que los europeos tenemos pocas posibilidades, pero insisto en que, mientras haya libertad de expresión y un mínimo de libertad de prensa, y un mínimo de mecanismos de control institucional, estará garantizado un orden de resistencia. No digo que haya que conformarse con un discurso de supervivencia, ni tampoco digo, porque no lo pienso, que se saldrán tan fácilmente con la suya y nos convertiremos en animales domesticados. Pero ya el clásico tenía razón cuando decía que el miedo crea sumisión a todo tipo de autoridad, a la que nos agarramos desesperadamente porque queremos sobrevivir.

-¿Qué no debemos olvidar?

-Hablando de la gran tragedia de los inmigrantes y de los refugiados, a los que pronto se sumarán cantidades enormes de los llamados refugiados climáticos, no deberíamos olvidarnos de que «todos, en uno u otro momento, podemos necesitar que nos ofrezcan refugio. Puede que así nos sintamos más concernidos por el 'deber de hospitalidad', ya que la conciencia de que esos peligros nos pueden alcanzar pone el acento en lo que es la realidad: los amenazados somos todos, pese a que de forma inmediata solo lo sean los otros.

Los problemas se agravarán mucho si perdemos la perspectiva global. Cuanto más nos reduzcamos a nuestra realidad inmediata, más imposible será la solidaridad. Hoy se produce, incluso, una tendencia a la ridiculización de la bondad que, en mi opinión, tiene que ver con ese prejuicio intelectual según el cual uno no es una persona respetable si no tiene una cierta dosis de cinismo y, por lo tanto, de rechazo de la noción de bondad, porque la bondad pertenece a la etapa infantil. Esto es un grave error, porque conlleva ignorar la gran fuerza que tiene el lazo común, el lazo con los otros, el impulso de cooperación, la necesidad de trabajar conjuntamente con el otro porque estamos todos subidos en una barca muy frágil. En este tema, la neurociencia está haciendo algunas aportaciones interesantes, en el sentido de que el altruismo no es una actitud gratuita propia de imbéciles, ingenuos o santos, sino que forma parte de nuestro equipo de supervivencia. Se impone la cooperación con el otro y tenemos que encontrar elementos comunes.

Mire, ante el desastre se dan las dos reacciones: la de 'vete a la mierda con tu historia y déjame en paz', y la noción de que la dignidad solo se recupera si uno es capaz de cooperar con el otro. A mí no me gustaría morirme dejando una Europa convertida en una jungla de estados nacionales, en el sentido tribal y reduccionista de lo nacional, y lo demás no importa. Hablo de un riesgo muy verosímil.

Tengo confianza en esa parte de la cultura que nos ha enseñado, a lo largo de toda nuestra historia, que 'nos salvamos con los otros'. Naturalmente que se producirán reacciones masivas en contra de los millones de personas que nos pedirán ayuda, pero también que será mucha la gente que no quiera salvar su vida a costa de las de los otros.

Sospechas

-Se refuerza el cierre de fronteras y se levantan nuevos muros, ¿servirá de algo?

-Está claro que ese empeño en cerrar herméticamente y a voluntad las fronteras, para conseguir un control absoluto y unilateral del tránsito por ellas, es un desiderátum tan inalcanzable como la pretensión opuesta, la de abolirlas por completo. Hoy, fíjese, [Donald] Trump está haciendo lo mismo que Europa, solo que de una forma más bestia y más descarada. Pero está diciendo lo mismo que nuestros dirigentes europeos: '¿Queréis tener unas fronteras fuertes, y dentro más o menos un Estado de bienestar y de seguridad, o las abrimos un poco pero, entonces, ya sabéis que vuestro índice de bienestar va a bajar y vuestra seguridad a peligrar?'. Porque otro tema importante es el de la seguridad, planteando para garantizar un control férreo que no deje pasar a todos aquellos sospechosos, por ejemplo, de terrorismo yihadista. Pudiéndose extender esa sospecha a países enteros.

-¿Comparte usted con Esther Pomares la opinión de que ya puede hablarse de la 'institucionalización del odio' hacia los inmigrantes irregulares en la UE?

-La cuestión de los delitos de odio es muy delicada. Creo que se está produciendo, más que una 'institucionalización del odio', una rebaja de las precauciones contra las manifestaciones de xenofobia y discriminación. Caminamos por la vía de rebajar las garantías frente a la discriminación, que incluso llega a aceptarla como algo exigido por la diferencia cultural, por la diferencia nacional o por el hecho de que vienen a trabajar aquí. Más que el odio, lo que se fomenta es el desprecio, esa 'sociedad del desprecio' de la que habla Axel Honneth. Estamos construyendo, vía desigualdad, una sociedad crecientemente dual -el grupo de ricos es cada vez más reducido y más rico, y el de la gente pobre es cada vez más amplio y más pobre, porque incluso los que trabajan también lo son-, a la que se añade el elemento del menosprecio. Se ha superado la indiferencia, ahora se desprecia... Y otra cosa, queremos exigirles que asimilen nuestras costumbres, y eso es absolutamente contrario al estado liberal de derecho. A lo que tienen que atenerse es a nuestra Constitución y a nuestro Código Penal. Mientras no cometan un delito de acuerdo con el Código Penal, y no atenten contra los bienes jurídicamente protegidos por nuestra Constitución, pueden actuar libremente y deben ser respetados. ¿Cómo que tienen que respetar nuestras costumbres y asimilarse? ¡Depende de qué costumbres! Vamos a ver: ¿Yo me voy de Murcia a Valencia y tengo que dedicarme a tirar petardos y hacer paellas si quiero vivir allí? Pues miren, no les voy a pegar a los que tiran petardos, pero nadie me puede obligar a mí a que yo lo haga o lo aplauda.

Insistimos en presentar a inmigrantes y refugiados como ajenos a nuestra condición. Las políticas migratorias y de asilo tienen ese hilo conductor: construir a esos sujetos como ajenos totalmente a nosotros. Creo que ese es uno de nuestros errores más groseros, 'extranjerizar' a los inmigrantes, crear unas respuestas jurídicas y políticas que insisten en subrayar las diferencias, para justificar desde ellas su incompatibilidad y, con ello, la necesidad de un trato discriminatorio y un estatus de dominación o de 'subor-discriminación'.

En cualquier caso, lo primero que convendría es no perder la perspectiva correcta: esta grave crisis de refugiados y de las migraciones forzadas -por causas económicas, medioambientales...- tiene directamente que ver con unas relaciones desiguales en las que determinados países tienen que cumplir una función de -por decirlo sin matices- canteras de mano de obra barata y sustituible. Pero parece no importarnos. Pasamos de una respuesta humanitaria y de aplicación del Derecho, a una respuesta policial, como si se tratase de un problema de orden público; y ahora hemos optado ya por una respuesta de defensa que, por supuesto, utiliza elementos militares.

-Usted es de izquierdas, ¿cómo anda su confianza en ellas?

-Creo que las izquierdas, entendidas como las que apuestan por la igualdad, lo que conlleva un firme compromiso en la lucha contra la desigualdad a escala nacional e internacional, tendrían que recuperar claramente ese compromiso firme de acción contra las desigualdades.

-¿Lo harán?

-Creo que no se va a hacer. Ocurre algo lamentable, como estamos viendo: se imponen los intereses del propio partido sobre los intereses comunes. Mire, por ejemplo, lo que ocurre con Podemos. Es inmensamente frustrante, para mucha gente que tenía esperanzas de que con Podemos íbamos a contemplar otra forma de hacer política, ver lo que están haciendo. Estas peleas de gallitos machitos, ni siquiera de gallos, sobre todo por parte de [Pablo] Iglesias, en las que lo importante es cómo me coloco yo, ¡es tremendo! Son responsables de haber frustrado la esperanza de mucha gente que le ha echado tiempo, esfuerzo y entusiasmo a un proyecto político nuevo que, lamentable y finalmente, se ha evidenciado más viejo que los más viejos proyectos.