La libertad en la era de las redes sociales

Nos hemos vuelto imbéciles pagando por ello, hemos codiciado los grilletes que nos encadenan en forma de teléfonos móviles

Nacho Ruiz
NACHO RUIZ

El 13 de enero de 2000 Carolina y yo teníamos un ordenador y un teléfono. Solo teníamos un móvil y suscripciones a varios periódicos en papel. Desayunábamos, comentábamos las noticias e íbamos a trabajar. Le quitábamos el cable al teléfono y se lo metíamos a la computadora que, con un chirrido de altibajos, nos conectaba a nuestra precaria web, una de las primeras de galerías españolas alojada en un portal que ni existe ya. Cuando alguien nos pedía una obra o presentábamos una oferta teníamos un archivo de diapositivas en gran formato que valían una pasta y que se mandaban vía mensajero. Para cosas más ligeras o menos importantes enviábamos fotos positivadas en las decenas de tiendas de revelado que había en el centro. La compañía de transportes se llevaba el sobre y al día siguiente estaba en Madrid o dos después en París. Una semana más tarde, tal vez diez días, llegaba una respuesta que invitaba a otra carta, mediando varias llamadas de teléfonos. La vida era lo que ocurría en los espacios muertos que dejaba un trabajo a escala humana.

Hoy todo es diferente. Nada es a escala humana o el concepto de humanidad ha cambiado.

Mientras escribo esto envío una nota de prensa para un artículo que debe salir hoy. El móvil acumula llamadas que no puedo responder y el correo hace media hora pita son cesar. Todo ha de ser ya. Hacemos lo posible por llegar, de manera que cuando volvemos a casa seguimos enviando correos y devolviendo llamadas. Por si hubiese quedado un resquicio de libertad el whatsapp tira del hilo invisible que va del trabajo a nuestro sistema nervioso invadiendo los márgenes que debieran ser para los amigos. El trabajo ya no deja espacios muertos. En medio de la noche me desvelo y agarro una tablet para curiosear en Facebook y descubrir que alguien me ha enviado un dossier por el privado de mi perfil personal. No hay respeto por los límites de la persona, nosotros mismos los hemos derribado.

¿Ha merecido la pena?

Nunca hubiera pensado que echaría de menos el chirriar del modem ni el retraso del repartidor de periódicos ni la distancia del trabajo a casa o al revés. Hace años escribí aquí que yo era mi propio becario. En este tiempo me he convertido en mi esclavo. La velocidad de mis comunicaciones se ha llevado parte de la hipotética profundidad de mi pensamiento, es algo que noto al escribir. Paradójicamente, el trabajo hace 19 años era igual que ahora, las cosas salían pero ahora la inmediatez no nos reporta el beneficio correspondiente. Hoy cualquier persona pasa casi todo el tiempo en una tensión comunicativa alienante pero no es remunerada en las horas que ha pasado conectado, es el sueño del neoliberalismo más extremo: que hayamos regalado gustosos nuestro tiempo volviendo en una extraña manera a las condiciones laborales de semiesclavitud de la Europa del siglo XVIII. Esto quiere decir que nos hemos vuelto imbéciles pagando por ello, que nosotros mismos hemos derrochado nuestro tiempo, que hemos codiciado los grilletes que nos encadenan en forma de teléfonos móviles. Lo que creemos libertad no es más que una condena autoimpuesta que ha aumentado el nivel de autoexigencia hasta el absurdo. ¿De verdad tenemos que ser siempre estupendos en redes, de verdad tenemos que conseguir tantos likes? Hemos creado el gran hermano en casa, en alguna forma hemos edificado una situación en la que estamos siendo constantemente escrutados por Instagram, Twitter, Tinder o Facebook.

Esa exhibición que nos hace ser siempre divinos nos lleva a lanzar grandes proclamas, a salvar la humanidad con un comentario furioso o con una observación hiriente. Al malevo lo castigamos con un aterrador bloqueo, como si eso fuese relevante. Hemos dejado de ser libres y a la vez hemos dejado de luchar por las libertades, ya que con comentarios en redes calmamos la conciencia en vez de salir a protestar o de hacer algo realmente efectivo. El angelito de los dibujos animados que habita en nuestra conciencia ha engordado por inactividad frente al ordenador mientras el demonio está a otras cosas porque ya estamos en una especie de infierno sin darnos cuenta.

Este mensaje catastrofista debe empezar a explicarse utilizándome a mí como ejemplo. Resumo todo lo dicho sobre las redes, he desarrollado todos los vicios y miro el pasado con cierta añoranza y un poco de remordimiento. No consigo recordar de qué hablaba antes ni con quien, tengo la sensación de que la vida antes de las redes sociales era mi infancia. Lamento cada página de un libro que he dejado de leer pero sobre todo cada rato que he podido dedicarle a un amigo y lamento el haberme generado la necesidad de exponerme en público y debatir con desconocidos que no me importan sobre cosas que no siempre me importan.

Me consuelan los nuevos amigos digitales, la gente que ahora es parte de mi mundo, de un mundo nuevo que corresponde a alguien que acaba de aterrizar en él porque somos la primera generación después de la mayor revolución que se haya producido tras la francesa: la digital.

Es normal que la pifiemos al principio. Es nuestro consuelo.

 

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