LA BOTELLA

La enseñaba y contaba la extraña historia del contenido misteriosamente transubstanciado

Nacho Ruiz
NACHO RUIZ

Cuando mi padre se fue de mi casa quedaron pocos objetos suyos. En mi memoria infantil solo había dos, una cuchilla de afeitar y una botella de whisky. Había más, pero la cuchilla estaba en el armarito de lata del cuarto de baño en el que guardábamos nuestros cepillos y peines y la botella era un objeto, hortera y bizarramente atractivo, de barro cocido y en una bolsa de terciopelo con borlas doradas, que habitaba el mueble bar preceptivo de los hogares de los 70. Es un Chivas que en 1977 tenía 32 años, un licor verdaderamente excepcional.

Cuando llegué a la adolescencia, la botella encontró un fin cuando decidí bebérmela al acabar COU, pero no lo hice, no sé por qué. Creo que llegó el verano o algo así y solo apetecía DYC con Cocacola de dos litros en el garaje de KKO o en la Cala de la Zorra de Torrevieja mientras sonaban los Clash a todo trapo. El rancio terciopelo de la venerable botella no iba con los protocolos de los días en los que no nos matamos en un accidente y tampoco nos reventamos contra el fondo del mar saltando de acantilados.

Entonces decidí bebérmela al acabar la carrera, pero tampoco pasó. Carolina y yo ganamos una beca y empalmamos los cursos de La Magdalena con el Camino de Santiago. Dos años después, ya siendo serios empresarios, la botella viajaba a nuestra nueva casa y se incorporaba al mobiliario para ser bebida al doctorarme, pero entonces teníamos un asfixiante calendario de ferias y exposiciones y no encontramos el momento. Además, ya había pasado la época de beberse botellas completas, era necesario otro protocolo que decidimos sería nuestra boda, pero nos fuimos de viaje a Cuba y volvimos bebiendo ron, así que, cuando nació nuestro primer hijo Hugo, decidimos que había que celebrar el septuagésimo cuarto aniversario de la bendita botella dándole muerte. Cocinamos una cena estupenda y, al acabar, preparamos esos vasos gruesos que usaban nuestros padres para beber whisky pero, llegado el momento, no pudo ser. La botella estaba vacía.

Miramos el precinto y seguía allí, tenía el sello, estaba cerrada, no tenía ningún poro, no estaba rota. Pero dentro de la botella no había whisky, su peso era aún menor que el de una de vidrio.

El desconcierto fue total. Nos quedamos mirando la botella de Schroedinger, dándole vueltas en la mano y pensando qué hacer con ella. Fue curioso porque su falta de contenido resultó ser más interesante que habérnosla bebido. Se quedó en la cocina y, cuando organizábamos una cena en casa, la enseñaba y contaba la extraña historia del contenido misteriosamente transubstanciado. Su atractivo era grande y tomé el hábito de pasearla por la casa en la mano, como si fuese el cráneo del pobre Yorick y yo un Hamlet de cercanías filosofando y tomando decisiones.

He tenido cerca dos modelos de padre opuestos; mi padre, que fue un mal padre, y mi hermano, que ha sido el mejor. Antonio es el padre de Pablo, mi sobrino y ahijado y tiene autismo. He visto a mi hermano parar con el pecho las olas del mar si era necesario. He visto a mi hermano atacar naves en llamas más allá de Orión. Hasta lo he visto enfrentarse a la burocracia y he tenido el privilegio de recibir la enseñanza de un maestro del amor universal, de la protección de lo amado y del poder sobre todo lo que fuese necesario para que Pablo estuviese bien. El mayor maestro de la ternura.

Los padres de niños con autismo son diferentes. Hay un paso que los padres tenemos generalmente asegurado en la comunicación y que ellos deben ganar con un esfuerzo que no todo el mundo es capaz de realizar. Los padres amamos a nuestros hijos normalmente, pero ellos saltan más alto, corren más rápido y empujan más fuerte por lo que, en cierta forma, son mejores.

Esta semana murió Martín, el hijo de mi amigo José Daniel Espejo. Me provocó una impresión fuerte y dolorosa. Me enteré de la noticia en el improvisado despacho que tengo en la cocina mientras los albañiles reforman mi casa. El ambiente polvoriento y caluroso se volvió nítido y frío mientras leía en la pantalla como Héctor, otro amigo, me lo contaba. En el jaleo de trastos sobre la encimera que conllevan la reforma, como esperándome, estaba la botella de Chivas. La cogí y pensé que estaba vacía. Que la puta botella no estaba ni medio llena ni medio vacía; estaba vacía del todo. Siempre había estado vacía del todo, como la promesa incumplida que personificaba, como los miles de abrazos no dados, como todos los sueños que nunca fueron, que sigo echando de menos en un dolor que, a mis 47 años, todavía me acompaña.

La botella estaba vacía, pero estaba, para recordarme que no hay que esperar nada sino conseguirlo contra todo y contra todos.

Voy a romper el sello. Voy a buscar una botella de DYC (imagino que lo seguirán vendiendo) y voy a rellenar la rancia botella de Chivas. Voy a convocar una comida en la playa. Haremos arroz. Invitaré a amigos, ojalá mi hermano pueda venir. Ojalá Joseda pueda. Y nos beberemos la puta botella de una vez.

Y si hace falta compraré otra.