Un incendio ilumina mi habitación

Las redes y esa vida paralela de ficción que llevamos, en la que buscamos como niños la aprobación del 'me gusta', es una puerta a la misantropía

NACHO RUIZ

La vida es un misterio que en algún momento se convirtió en prodigio. Luego fue una epopeya, más tarde un drama para pasar a ser sueño barroco. Finalmente fue un cuento hasta hoy, que parece un chiste. Pondré un ejemplo. Esto es Donald Trump que le pide al Museo Guggenheim que le preste un Van Gogh para colgarlo en una salita particular de la Casa Blanca. Entonces la directora del Museo, Nancy Spector, le dice que no, pero que se lleve un váter de oro que tienen, obra de Maurizio Cattelan. No es un chiste, salvo que asimilemos que nuestro tránsito terreno será considerado como eso, una broma macabra, porque tenemos el sentido del humor de los poco inteligentes: hosco, sazonado de exabruptos y violencia.

En algún momento confundimos la vida con la información y esta sustituyó a la realidad, entonces empezamos a sentir casi físicamente lo que ocurría lejos. Siempre había pasado pero esa consciencia de la amplitud del mundo tenía algo de ficción. En el habla popular han permanecido sitios que nunca conocimos: Sebastopol, Pernambuco. Hoy sufrimos por una niña que muere en Guatemala. El televisor nos dice cómo es una vida que se confunde con la ficción entre rótulos de colores y nos inserta un microchip inexistente, de esos que ya se van haciendo demasiado recurrentes en Black Mirror. Ese microchip va descargando dosis de miedo en nuestro organismo porque el miedo es el arma definitiva. El miedo es lo que nos hace controlables.

En un vídeo de 'La Bola de Cristal' cantaba Santiago Auserón a la tele. Decía: «Tal vez debiéramos permanecer/ algo más fríos /frente a la televisión / porque temo que al otro lado / nos puedan ver. El programa de hoy es para gente como tú y como yo / No deben saber quién soy /Alguien grabó mis sueños / En la televisión». Era una profecía, como tantas cosas en ese programa-maestro que tuvo mi generación. Sí: saben quién soy y no grabaron mis sueños; se los conté yo en las redes sociales. Lo cierto es que «el programa de hoy es para gente como tú y como yo».

El miedo es el mensaje, el miedo es la correa que gustosos nos colocamos. Todo es una promesa de inminente Apocalipsis pero no acaba de llegar, así que nos acostumbramos a caminar descalzos por el filo de una cuchilla de afeitar. Entonces el miedo se hace familiar. El domingo vinieron a casa Andrés y Carmen y acabamos en la cocina bebiendo vino y comiendo bombones. Entre nosotros, entre cada uno, se sentaba nuestro miedo. Bebía lo que nosotros, se llevaba su parte, pero los cuatro convivíamos con él, bromeábamos. Es difícil eliminar el miedo pero se le puede domesticar a base de risas. Tal vez no esté tan mal que la vida sea un chiste.

Habitamos una entelequia en la que nos vendieron la idea de que debíamos ser globales, pero no dijeron que lo universal surge de lo local, que lo global no es más que la homogeneización de algo que, necesariamente, nace en un sitio. El término 'global' es la estafa universal. Las redes y esa vida paralela de ficción que llevamos, en la que buscamos como niños la aprobación del 'me gusta', es una puerta a la misantropía. Una misantropía que crece a base de odios evitables. Alguien, en un restaurante, me enseña una imagen en FB de un viejo conocido que hace años no veía. En la foto luce gordo, calvo y feo, como reivindicando que, tal vez, la cara sí sea el espejo del alma. Me provoca una emoción áspera y remota esa imagen, una emoción negativa totalmente evitable. Físicamente está muy lejos, pero la pantalla me lo trae aquí. Nos relacionamos con la vida y el entorno más en las redes que en el suelo de un planeta que dirige un tipo montado en una bomba atómica mientras agita histérico su sombrero tejano.

Cada mes y medio inauguramos una exposición en T20. Viene el/la artista y monta. Son días dulces y estresantes. En todos los casos se produce una pregunta: ¿por qué Carolina y yo seguimos en Murcia? Y siempre respondemos que porque queremos y porque podemos. Debe ser difícil habitar un entorno hostil, mantener una relación conflictiva con los que te rodean. Queremos a la ciudad y la ciudad nos quiere. Tenemos enemigos, claro, no seríamos nadie de lo contrario, pero hemos fracasado en ese aspecto, ya que son unos enemigos de tercera división. Vivimos en un barrio en el que, si te dejas el dinero, el panadero te fía el pan; donde la vecina te llama si te dejas las llaves puestas, en el que el del quiosco te avisa si sale una cosa tuya en una revista. También vivimos en las redes sociales, pero nuestros pasos van sobre el terreno. El apego a nuestro suelo es total, tanto que iría descalzo por la plaza al volver del trabajo si no fuera por… por nada, hoy volveré descalzo a casa a apagar la pantalla. Ya está bien por hoy.

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