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De viaje con Annie Dillard

Errata Naturae publica 'Enseñarle a hablar a una piedra', otra obra importante de la escritora norteamericana, autora de la inolvidable 'Una temporada en Tinker Creek'

La escritora norteamericana Annie Dillard./BRIAN SMITH
La escritora norteamericana Annie Dillard. / BRIAN SMITH
Miguel Ángel Ruiz
MIGUEL ÁNGEL RUIZ

«Aquel descenso por el puerto de montaña había sido una agonía. Había sido irracional, como la muerte de alguien, como un descenso hacia territorio aciago». 'Enseñarle a hablar a una piedra', el libro de ensayos breves de Annie Dillard que Errata Naturae acaba de publicar por primera vez en España, empieza como una estampida de búfalos. Y me sacude especialmente porque, mientras leo, aún noto cargadas las piernas después de un ascenso reciente a Revolcadores (2.000 metros, la cima más alta de la Región de Murcia), donde un despiste en la bajada nos obligó a una peligrosa travesía fuera de senda (perdón de nuevo, Inma, dime que ya no me odias). La excelente escritora norteamericana (Pittsburgh, Pensilvania, 1945) relata un viaje en coche por una carretera atestada de nieve en busca de un eclipse; nosotros solo queríamos cerrar las vacaciones de agosto en una modesta cumbre de las Cordilleras Béticas. Pero no puedo evitar identificarme con esa mirada tan íntima y aguda de la autora, capaz de relatar con igual profundidad una expedición a las Islas Galápagos que un viaje interior. Y comienzo a devorar página tras página.

Bastaría con presentar a Annie Dillard como la autora de 'Una temporada en Tinker Creek', ganadora del Premio Pulitzer en 1975, cuando aún no había cumplido treinta años, pero lo cierto es que el conjunto de su obra la sitúa en el podio de los grandes escritores vivos. Así lo mantiene el periodista de 'El País' Jacinto Antón en la faja del libro, así que no tengo nada más que decir.

Publicada en Estados Unidos en 1982 (el año del Mundial de Fútbol y el Naranjito), 'Teaching a stone to talk' es otra joya del 'nature writing' recuperada por Rubén Hernández para su colección Libros Salvajes. Catorce ensayos breves traducidos al castellano por Teresa Lanero Ladrón de Guevara en los que Dillard relata algunas incursiones en territorios lejanos (el Polo Norte, la selva ecuatoriana, el estrecho del Pacífico, los montes Apalaches) y también a «regiones del espíritu a las que muy pocos viajeros han llegado». Esta apreciación del editor sobre el enfoque literario de la escritora, tan delicado y original, me representa.

«Escondidos en la jungla, pero presentes, hay tapires, jaguares, muchas especies de serpientes y lagartos, ocelotes, armadillos, titíes, monos aulladores, tucanes, guacamayos y cientos de otras aves, ciervos, murciélagos, pecaríes, carpinchos, agutíes y perezosos. También en esta selva, aunque a distintas distancias, hay torres de perforación y tuberías de Texaco, y algunos de los indígenas más salvajes del mundo provistos de cerbatanas: en 1956 mataron a unos misioneros y se los comieron». Así describe el paisaje desde una precaria barcaza en el río Napo (Ecuador) esta heredera espiritual y literaria de Henry David Thoreau, poseedora de una capacidad de observación que te penetra como un cuchillo a poco que tengas una gota de sangre en el cuerpo.

Profesora de Literatura en la Universidad Wesleyana (Connecticut) durante más de veinte años, ha cultivado todos los géneros (ensayo, novela, poesía, memorias, crítica literaria) y cuenta con la Medalla de las Artes y las Humanidades, la distinción cultural más importante que concede Estados Unidos. Se la entregó en 2015 el entonces presidente Barack Obama. No voy a hacer ningún chiste fácil sobre si hubiera sido Donald Trump el encargado de dársela; solo cruzo los dedos para que siga escribiendo.

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