El rastro de San Juan de la Cruz en Caravaca

Monumento dedicado a San Juan de la Cruz ubicado en la plaza que lleva su nombre en Caravaca./turismo caravaca
Monumento dedicado a San Juan de la Cruz ubicado en la plaza que lleva su nombre en Caravaca. / turismo caravaca

El gran místico español visitó hasta en siete ocasiones la ciudad del Noroeste, la primera vez en el año 1579, donde fundó un convento y dejó una huella imborrable.

NACHO RUIZ

En 1575 se desataba una guerra sorda en el seno de la orden carmelitana. A las tensiones producidas por la reforma impulsada por la madre Teresa de Jesús se unía un hecho casi novelesco: Ana Mendoza de la Cerda, duquesa de Pastrana y princesa de Éboli, intrigante y poderosa noble, denunciaba a la monja ante la inquisición. La futura santa era tal vez la mujer del siglo en la España de un imperio frágil y conflictivo gracias a la reforma por ella comenzada y a sus célebres visiones. Los inicios de los carmelitas descalzos, como se conoció su reforma, serían complejos e intensos, llenos de dificultades y peligros en tiempos en los que la Inquisición era todopoderosa y, tal y como narró Julio Caro Baroja, funcionarialmente cruel.

Fue en Beas de Segura donde Teresa tuvo conocimiento de la denuncia de la tuerta más famosa de la historia. Allí fue invitada por Catalina Godínez para fundar un monasterio -el décimo de su lista- y conocer al padre Jerónimo Gracián, visitador de la Orden en Sevilla, a donde viajó el 18 de mayo enferma para fundar un nuevo convento. Allí podría clarificar un destino lleno de tensiones tanto en la Orden como con la Inquisición. Finalmente el litigio acabaría en manos de Felipe II y, mucho después, la princesa de Éboli moriría encerrada por el Rey Prudente en su castillo de Pastrana.

Teresa de Jesús era un ejemplo en muchos planos para las mujeres de aquel tiempo y ello propició el nacimiento del convento de Caravaca. Allí algunas doncellas de familias principales con Catalina de Otálora y Rodrigo de Moya al frente se habían encerrado en una casa y juraban no salir hasta que la Madre Teresa fundase en Caravaca, lo que ocurrió el 1 de enero de 1576 sin la presencia de la santa, que quiso asistir pero se encontraba agotada y luchaba en los aludidos frentes desde Sevilla. Fueron Juan de Ávila y Antonio Gaitán los que concretaron las condiciones de la fundación, redactadas de puño y letra de la Madre y llevadas personalmente por Ana de San Alberto, una de sus favoritas, que vino desde Malagón y que fue la primera priora en la ciudad de la Cruz. Hoy esta carta se conserva en el Archivo Municipal de Caravaca.

En 1579, fray Juan de Yepes Álvarez, luego de San Matías y finalmente de la Cruz superaba con cierta dificultad su lejanía de Castilla y se establecía en Baeza donde fue rector tres años. Ese año llegaba a Caravaca desde Beas de Segura en un viaje de 150 kilómetros por aquellos caminos de Dios. Era un fraile pequeño, tanto que la Madre Teresa, con un humor muy propio que siempre rozaba la irreverencia desde el afecto, lo llamaba «mi medio fraile». Era, al igual que la santa, andariego. A sus 37 años el hombrecito que en un cuerpo pequeño albergaba un universo estaba en plenitud de fuerzas en todos los sentidos y había recorrido un infinito calvario que, como en un bucle, llevaba el sufrimiento a los previos de cada logro. Nacido en 1542 en Fontiveros en el seno de una familia humilde, perdió demasiado pronto a su padre y a su hermano. Estudió en Salamanca gracias a ser «pobre de solemnidad» y destacó desde muy pronto. Entró en la orden del Carmelo justo en el momento en que la Madre Teresa comenzaba sus fundaciones. La de Ávila fue quien lo convenció para que no se hiciese cartujo y fue, junto a Antonio Heredia, el primer reformador de la orden, el primer carmelita descalzo. La historia es larga e intensa, pero nos deja uno de esos momentos epocales del pensamiento y la mística en el encuentro entre dos de las grandes plumas de las letras castellanas. Cubiertos por siglos de historia, política y fe, sus imágenes se presentan hoy un tanto rígidas, atadas a convenciones que permanecen y acumulan solemnidad sobre dos personas que fueron, esencialmente, dos espacios de libertad en «tiempos recios» en un siglo descarnado y atroz, en el vértice de una crisis larga y sangrienta que quebraría a una sociedad exhausta como fue la española del Siglo de Oro. Pero volvamos al relato y al lugar: Caravaca.

En el proceso de la reforma propuesta por Santa Teresa de la Orden del Carmelo, su figura fue agigantándose en una España necesitada de referentes morales y ansiosa de iconos espirituales. La Caravaca del siglo XVI era una ciudad con un patrimonio simbólico inmenso materializado en la Vera Cruz y con un deseo de grandeza solariega que caracteriza a la España que enlució sus blasones durante la Reconquista. La santa iba abriendo conventos con muy pocos recursos a los que en alguna ocasión se refirió como «palomares»; tal era su limitación de medios. Su fama como mística se extendía de distintas formas y sus famosos éxtasis eran un tema central en las conversaciones en aquella España en la que no existían medios de comunicación, pero en las que una historia tardaba un par de días en llegar de Cádiz a Barcelona, con su correspondiente magnificación y deformación, algo muy español por lo demás. Entre 1559 y 1561, Teresa tuvo una serie de visiones que generaron el interés de los buenos y los menos buenos, como ese personaje casi folletinesco que es la Princesa de Éboli. La caprichosa dama quiso ser monja sin valer y aquello acabó en colisión con una mujer que no debía ser fácil de doblegar. Vencida la princesa le quedó el recurso de los cobardes: la Inquisición, incluso publicó libelo en forma de deformada biografía.

Tanto Teresa como Juan conocieron el confinamiento. Él pasó 9 meses encarcelado en Toledo y escapó de una forma que hoy podríamos calificar de cinematográfica; ella luchó durante toda su vida en un mundo de hombres que veían con recelo las inmensas capacidades de una mujer luminosa en un siglo oscuro. En este contexto de tensión a ambos se les perfila América como vía de solución-escape pero ninguno cruzará el Atlántico. Completamente entregados a su misión, recorren los caminos para fundar, levantar y defender conventos. San Juan llega a viajar, según algunos autores, hasta 7 veces a Caravaca, pero nos interesa su viaje de 1581. En él las monjas le piden que funde un convento de frailes allí por encontrarse desasistidas de religiosos de la propia orden en una ciudad en la que tanto Franciscanos como Jesuitas tenían un peso muy fuerte, de hecho con estos últimos tuvieron algún litigio las descalzas por temas de solares. Así ocurrió y en 1587 se estableció el convento de Nuestra Señora del Carmen de Carmelitas Descalzos de Caravaca de la Cruz. Como todo en Caravaca tiende a ser excepcional, es, junto a Segovia, la única ciudad que cuenta con una fundación teresiana y sanjuanista a la vez. Se discuten los otros viajes, se busca en archivos y se literaturiza el impacto que Las Fuentes del Marqués pudieron tener en el santo, algo tan deseable como difícil de demostrar, pero lo cierto es que vino por orden de la Madre Teresa a asistir a las hermanas en el primer capítulo, que fundó el convento de frailes y que, tal y como tenía por costumbre, se debió arremangar para que la obra acabase tal y como la conocemos hoy, pese a los avatares de una historia trágica que a veces parece la ficción más dolorosa.

San Juan es un activo central para Caravaca desde muchos puntos de vista y requiere una revisión y una reivindicación constante. No hablamos de un paso accidental, sino de una presencia del santo en Caravaca y de Caravaca en el santo.

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