La Verdad

Islamismo, terrorismo e inmigración

  • Cualquier atentado contra los medios de comunicación representa un ataque contra todos y cada uno de los individuos que engendran colectivamente la opinión pública

La revista Charli Hebdo, polémica y reivindicativa, representaba –representa, y no podemos consentir el verbo sólo en conjugue en pretérito- la plenitud gozosa de la libertad de expresión en democracia, que es parte inseparable de la libertad. Los medios de comunicación, en su pluralidad, son los administradores del libre albedrío de los ciudadanos, y cualquier atentado contra ellos representa un ataque contra todos y cada uno de los individuos que engendran colectivamente la opinión pública. Por eso, el atroz y despiadado atentado contra la redacción del semanario que caricaturizó a Mahoma en 2006 tenía como verdaderos destinatarios a todas las personas que compartimos ese credo democrático, desinhibido y libérrimo. Y de ahí que la abominación que merecen los terrorista sea doble: son detestados por asesinos y porque representan las cadenas seculares que han aherrojado de la mano del fanatismo al ser humano desde los albores de la humanidad, y que hoy unos cuantos países libres han conseguido eliminar. Para siempre, por mucho que presionen los indignos portavoces de la intolerancia, los esclavos de la magia taumatúrgica, los repulsivos guardianes de cualquier inflexible ortodoxia.

El gravísimo atentado ha tenido lugar –significativamente- cuando en Europa se ha engendrado un oscuro debate sobre el islamismo. Grupos radicales, intransigentes, se han movilizado para impedir el ascenso del Islam en nuestros viejos países, y, consiguientemente, para frenar la inmigración que lo introduce en nuestras sociedades. Hay numerosos movimientos islamófobos ya bien organizados y en los últimos días Alemania ha sido la sede más activa de tales corrientes. Bajo el nombre de Pegida –acrónimo en alemán de Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente- se han organizado concurridas manifestaciones a las que han acudido xenófobos de todo pelaje, racistas conspicuos y ciudadanos desorientados que no quieren que se desnaturalice su forma de vida tradicional. Algunos partidos de extrema derecha –Alternativa para Alemania- pescan a río revuelto y otros de moralidad dudosa –como la CSU, aliada de la CDU de Merkel- se comportan con ambigua tibieza para no perder votos. Frente a estos movimientos, por fortuna, la ciudadanía se ha rebelado y las grandes corrientes de pensamiento, la socialdemocracia y la derecha liberal, se plantan sin matices y reprueban cualquier pretensión sectaria de discriminación. La propia Merkel, en su mensaje televisado de fin de año, ha tenido palabras muy duras contra quienes quieren que renazcan argumentos raciales en Alemania.

Con todo, es claro hay que defenderse de este Islam salvaje, que infortunadamente se prodiga con odiosa promiscuidad. No es tolerable que en nombre de un credo se asesine a semejantes. Ni lo es tampoco que insidiosos portavoces de ese dios atroz de los homicidas hagan proselitismo entre nosotros, con el peligro de que arrastren a los más débiles. Debemos protegernos, sin contemplaciones, contra todas las agresiones: las que se cometen a punta de kalashnikov y las que se predican en algunas mezquitas. Pero esta defensa ha de basarse en el escrupuloso imperio de la ley.

Según datos de febrero pasado, en España viven 1.732.191 musulmanes, aproximadamente el 3% de la población total, según el Estudio Demográfico de la Población Musulmana realizado por la Unión de Comunidades Islámicas de España (UCIDE) y el Observatorio Andalusí. La inmensa mayoría de estas personas son ciudadanos honrados que acatan escrupulosamente las normas de convivencia. De igual modo, la inmensa mayoría de inmigrantes musulmanes que logran acceder a nuestro país son respetuosos con nuestro ordenamiento. Es preciso, pues, distinguir el grano de la paja, poner en tensión las fuerzas de seguridad del Estado para detectar a los violentos, acentuar el esfuerzo de los servicios de información que tantos éxitos han conseguido en la lucha contra el terrorismo. Y eludir cualquier tentación de culpabilización indiscriminada: sólo quienes matan y quienes incitan a matar deben ser golpeados con todo el peso insobornable de la ley.