Una noche de viejos tangos

César García Granero
CÉSAR GARCÍA GRANERO

Se llamaba Óscar Obarrio, vivía en San Miguel, un núcleo cercano a Buenos Aires, y bebía los vientos por el tango. Murió la semana pasada. Una noche apareció con su equipo de música de otro tiempo y una caja atosigada de antiguos casetes, grabaciones antañonas con tangos tan viejos que sonaban con una lluvia de fondo, como los discos de antes, pero era un chispeo que no estorbaba: les daba prestigio. Obarrio se sentó a la mesa, abrió un vino, llenó las copas y le dio al play. Me contó cómo había ido acopiando cada grabación, de quién era y de qué año, y lo hizo con tal deleite que me dio a entender que para aquel hombre, ya viudo y jubilado de una librería, no había mayor placer que un vino, un tango y alguien con quien compartirlo. En fin, el solaz sin trampa de las cosas sencillas.

Era una noche de julio fría, que allí el calendario va al revés, y entre vino y vino, tango y tango, sorbo y sorbo, se nos fue la noche. Y afuera ya podía caer la nieve leve sobre el universo, y sobre todos los vivos y los muertos, como escribió Joyce, que nada podía borrar la sensación de estar pasando un rato más que bueno. Como llevaba bien clavado en el alma el anzuelo del tango, donde esté, bien podrá estar cantando aquello de «un pernod sírvame pronto amigo, porque quiero sus ojos mirar, en el fondo de la copa llena, donde busca mi pena su luz por no llorar'.

He vuelto por Buenos Aires, mi mujer es de allí, pero no lo vi más, así que le debía este pequeño homenaje, que nunca será bastante, mientras los argentinos sufren el pellizco de otro invierno difícil, uno más, «qué querés, ya estamos acostumbrados», dicen con la piel dura, faquirizados como están por una economía que nunca les dio la mano. Toca resistir, como el Amazonas, que arde no muy lejos de allí. Y a uno se le encoge el alma en este agosto que se nos va, ya ven, murria de otoño antes de tiempo. Bueno, murria y cabreo de ver que la selva arde y al presidente Bolsonaro le da por decir sandeces. El cabreo no es por él, sino, porque él, como Trump, como tantos, no han caído del cielo: somos nosotros, la gente, quienes les hemos votado.