Diario de escritura (XVI)

'Triangle.'/Ramón González
'Triangle.' / Ramón González
Miguel Ángel Hernández
MIGUEL ÁNGEL HERNÁNDEZ

Lunes 5 de agosto

Pasas la mañana preparando la conferencia de la próxima semana en Colombia. Recortas, pegas, adecúas al contexto, te cuesta trabajo escribir nada nuevo. Sientes que ya has dicho todo lo que tenías que decir sobre el arte de historia. Te cuesta trabajo escapar de la sensación de la impostura.

Ahora mismo quisieras hacer cualquier otra cosa menos preparar esta conferencia. Piensas en tu novela, en los textos que ya estaban encaminados y que ahora tienes que demorar. Te ha vuelto a suceder: dijiste que sí creyendo que no iba a llegar el día, y el día, como no podía ser de otro modo, ha acabado llegando.

Por la tarde, barbería. Murcia está desierta en agosto y las calles queman.

Pasas por la librería y compras 'La razón estética', de Chantal Maillard. Lo necesitas para la conferencia y no lo encuentras por ningún lado. Sabes que debe de estar en alguna estantería, pero no logras dar con el libro. Cuando -si todo sale bien- te mudes a otra casa, te toparás con varios libros repetidos y triplicados. Tal vez entonces aproveches para ordenar la biblioteca. Has contado cerca de cinco mil libros. Prefieres no pensarlo.

Ves varios capítulos seguidos de 'The Boys', la serie de Amazon Prime. La disfrutas como un crío. Superhéroes maleducados y corruptos en plena sociedad de la imagen, obsesionados por el marketing, el dinero y la apariencia. Es lo mejor que has visto en el verano.

Martes 6 de agosto

Visitáis dos pisos esta mañana. Uno de ellos, el que habíais visto en fotos, os encanta. Nada más entrar, te ves viviendo allí dentro. Grande, bonito, vistas despejadas, cerca de la universidad y del Club Renacimiento. Al salir, miras a Raquel. No hay duda. Este es el nuestro, decís casi al unísono.

Quedas con Julia y Pepito -los propietarios de Antígona, la librería de Zaragoza en la que has presentado tus novelas-. Han venido a pasar unos días a Murcia con sus hijos y os han invitado a ti y a Leo a comer. Pasáis un rato magnífico. Son gente maravillosa, sabia y campechana. Lo han leído todo y es un placer tremendo conversar con ellos.

No puedes quedarte al gin-tonic y sales para el tanatorio. Ha fallecido Andrés, un amigo de la huerta, compañero de almuerzos en el Yeguas, alguien que era pura vitalidad, sonrisa continua y generosidad sin límites. En tu novela aparece con otro nombre. Es triste. Pero te consuelas pensando en que ha exprimido la vida al máximo. También uno se lleva eso, a pesar de todo, el haber disfrutado de las cosas que podían disfrutarse. No dejar nada para más adelante. Porque ese «más adelante» no siempre vendrá.

Es extraño el día. Emociones contrapuestas. Vidas que acaban y vidas que se transforman. Por la noche no puedes dormir. Todo se te mezcla en la cabeza. Tristeza y emoción. Duelo e ilusión.

Miércoles 7 de agosto

Por la mañana, hacéis la oferta por el piso. Es ése el que queréis. Pase lo que pase. Después, te encierras en el despacho a hacer cuentas. Te das de baja en los anuncios de Idealista -no quieres ver nada más- y comienzas a mirar hipotecas y a cuadrar números. La nueva obsesión. Sabes que hasta que no esté cerrada la operación no vas a tener otra cosa en la cabeza. Temes por tu novela y por todo lo que ibas a escribir. No eres hábil ahora para pensar.

Por la tarde, traumatólogo. Dejas la moto frente al piso que queréis comprar y vas andando a la consulta, solo para ver qué se siente viviendo allí. En la sala de espera, lees '8.38', la novela de Luis Rodríguez. Te interesan sobre todo las reflexiones sobre la escritura. La forma y el estilo se elevan sobre el contenido, con el que te cuesta algo conectar. Sin embargo, lo guardas para otro momento. Necesita de una atención que ahora mismo no tienes. Sigues haciendo números con el móvil hasta que llama el médico. La rodilla va perfecta, te dice. Pero necesita unas semanas de rehabilitación. Poca cosa.

Regresas adonde habías dejado la moto y te quedas unos minutos plantado mirando hacia el último piso, como quien contempla un paisaje o un atardecer. Un futuro, en realidad. No puedes estar más ilusionado.

Por la noche acabas de ver 'The Boys'. Sueñas con hipotecas a tipo fijo.

Jueves 8 de agosto

Con la conferencia terminada, intentas avanzar algo más en el texto sobre Patrick Hamilton. Ya comienza a atragantársete.

En el banco os hacen la simulación de la hipoteca y parece que no habrá problema. Eso sí, los números dan vértigo. Pero sigue ganando la ilusión.

Por la tarde llegan las segundas pruebas de 'Demasiado tarde para volver' y las corriges por última vez. En septiembre ya estará en librerías.

Ves dos episodios de 'El cuento de la criada'. Demasiados primeros planos. Acaban por no significar nada.

Viernes 9 de agosto

Preparas la maleta mientras sigues haciendo cuentas y mirando foros de internet. Eres un obsesivo. Cuando se te mete un tema en la cabeza tienes que explorarlo hasta el final.

Sábado 10 de agosto

Sales hacia Cali con escala en Medellín. Diez horas de vuelo, tres de espera y otra más para llegar al destino. Más de medio día de viaje. Tiempo suficiente para pensar. El viaje te rompe ahora mismo todo. Pero, por otro lado, es cierto que necesitas tomar distancia.

En el avión ves 'Endgame' y 'Shazam', películas ligeras que acabas disfrutando. También disfrutas con 'Kaiser', el documental que relata el caso de Carlos Kaiser, un futbolista profesional que estuvo en los mejores equipos de Brasil y que nunca llegó a jugar un partido.

Lees entre película y película 'El olvido que seremos', el libro de Héctor Abad Faciolince sobre la vida de su padre, asesinado en Colombia en 1987. Es un libro precioso. Triste y doloroso, pero lleno de sabiduría.

Llegas a Cali menos cansado de lo que imaginabas. En el aeropuerto te espera Seber. Es él quien te ha invitado al congreso de Filosofía, Arte y Diseño. Hace más de quince años que no lo veías. De camino al hotel atraviesa la ciudad y os ponéis al día.

Conoces Cali, entre otras cosas, por la tercera temporada de 'Narcos'. Las cosas han cambiado mucho, dice Seber. Y seguro que es así. Pero ves que conduce con cuidado de no perderse, que no frena en los semáforos en rojo y ha interiorizado una sensación de peligro que para ti es nueva.

El hotel en el que te vas a alojar es una casa grande que en otros tiempos perteneció a las clases poderosas. Seguridad privada. Un jardín cerrado que parece una selva.

Caes a la cama rendido. No te importan los cantos de pájaros y sonidos de animales que no logras reconocer.

Domingo 11 de agosto

Te recuperas del 'jetlag' en el hotel. Lees y escribes en el balcón. Almuerzas con los organizadores y pruebas el jugo de lulo. Después de la siesta, mientras escribes el diario mirando al jardín, te sorprende el ruido de un colibrí. Nunca habías visto ninguno. Te quedas hipnotizado mirando su aleteo y no puedes evitar pensar en los versos de Carver: «Vamos a suponer que digo verano/ escribo la palabra 'colibrí'/ la meto en un sobre/ y la llevo colina abajo/ hasta el buzón. Cuando abras/ la carta te acordarás/ de aquellos días y lo mucho/ muchísimo que te quiero».