Majestuoso Javier Ariano

Javier Ariano, en el centro, en un momento del musical 'West Side Story'. / som produce
Javier Ariano, en el centro, en un momento del musical 'West Side Story'. / som produce

El murciano triunfa en el Calderón de Madrid con el musical 'West Side Story'

ANTONIO RIVERA MADRID

La estrenada ayer es una versión muy especial del musical 'West Side Story'. El montaje -que ocupará de martes a domingos el Teatro Calderón de Madrid- se propone unos desafíos muy concretos desde el momento mismo de su promoción como la primera versión 'original' e 'íntegra' del musical de Broadway, estrenado en 1957, en España. Eso trae consigo una problemática elemental: en la tierra de Cervantes es más conocido entre el público general el largometraje de Robert Wise, de 1961, que el propio montaje teatral. Por lo tanto, a la necesidad de reinterpretar -sin desvirtuar- este mastodonte de la cultura popular se suma otra barrera a superar: cómo plasmar las sensaciones de la película sobre un escenario tridimensional pero claramente limitado frente al poder manipulador del celuloide.

En la película 'Napoleón' (1927), de Abel Gance, el montaje se fragmenta para plasmar diferentes acciones, que ocurrían simultáneamente, en tres cuadros contiguos. Ante un reto similar se plantaba esta 'West Side Story', protagonizada con majestuosidad por el murciano Javier Ariano y Talía del Val, y dirigida por el argentino Federico Barrios: ¿cómo mostrar de una vez lo que Robert Wise grabó a fuego en las memorias de la gente plano por plano? El espléndido manejo del espacio escénico, no solo como recurso útil sino como herramienta expresiva, permite que el espectáculo se distribuya en compartimentos narrativos que, sobre todo en los números multitudinarios como 'Tonight' con los quintetos, permiten cierto libertinaje al espectador pero exigen la atención cuando es necesario.

Hacia el abismo

La ficción rebosa además elementos de la tragedia clásica y remite al imaginario lorquiano, que evita cualquier evasión en el público: durante toda la función, nos acechan deseos de venganza, furias contenidas, destinos inescapables y objetos que presagian el inamovible final. Los destellos rojos del arma que transforma una rivalidad infantil en desastre irremediable se funden con el titileo carmesí de las velas a las que reza María, pidiendo 'Virgencita, que me muera'. Al tiempo, las sábanas blancas que consuman su amor con Tony son deudoras de los maillots límpidos de las almas que, en un ballet fantasmagórico, empujan su historia hacia el abismo.

Comentaban después del pase, desde la productora SOM Produce -artífices también de 'Billy Elliot' y 'El Mago Pop'-, que Silvia Álvarez «es más Anita que la propia Anita». El vitalismo que la barcelonesa imbuyó en el personaje salpicaba las paredes del Calderón, pese a ser zarandeado una y otra vez por los prejuicios crueles y rancios de ambos clanes. La intérprete de la migrante puertorriqueña se metamorfosea en uno de los arcos narrativos más bonitos de esta historia vertiginosa, que asciende al Olimpo del amor para despeñarse de manera inmediata y fatídica en apenas 40 horas. La Anita del Calderón es capaz de dignificar, sin miedo, su visión del 'American way of life'; expresar sin ataduras sus deseos y pasiones; deshacerse de su encorsetamiento para comprender y aceptar el amor cristalino de Tony y María y emanciparse -con no poco desencanto- del pozo de odio en el que, tanto Jets como Sharks, han convertido el Upper West Side.

El impacto demoledor del personaje en esta nueva versión de 'West Side Story' no es un fenómeno aislado. Una de las principales motivaciones de la productora era recuperar el cariz feminista que poseía el montaje original y que se diluyó, en parte, con la cinta de Wise. Mientras que en el celuloide son los sectores masculino y femenino de los Sharks los que discuten las ventajas e inconvenientes de la vida en Nueva York en el inolvidable número 'America', el Calderón vuelve la vista a la versión primitiva del musical para convertir la escena en un debate entre mujeres.

Heredando el espíritu del espectáculo pretérito, aquí son 'ellas' las que toman las decisiones verdaderamente importantes -para bien o para mal-, mientras que 'ellos' cumplen la única función de magnificar los acontecimientos a través de la violencia inconsciente y animal. Una violencia que resulta tanto de la propia naturaleza conflictiva de la otredad como de la situación marginal que viven unas figuras retratadas, en el fondo, como los niños que son. Unos niños que juegan a ser adultos.