Versos, amistad, whisky y canciones

Versos, amistad, whisky y canciones

El autor ciezano estrena prosa con una novela que gira en torno a las andanzas nocturnas de Sabina y su literario club de amigos de Rota

Jam Albarracín
JAM ALBARRACÍN

Le habíamos seguido la pista a través de sus artículos musicales para la revista digital Efe Eme, así como de un par de poemarios firmados con el pseudónimo de Ícaro Carrillo, pero ha sido ahora cuando Francisco Sierra Ballesteros (Cieza, 1984) ha publicado su primera novela, 'Joaquín Sabina y el Club de Rota'. Pese a lo que sugiere el título, no se trata de 'otro libro sobre Sabina', sino que ofrece una perspectiva literaria y poliédrica del «mejor cantautor hispanoparlante del mundo», según su autor, y de sus célebres compañeros (Ángel González, Luis García Montero, Benítez Reyes, Benjamín Prado...). Unas aventuras con bases literarias, musicales, éticas y etílicas.

«Esa era la idea, utilizar a Sabina como eje central a partir del cual poder hablar sobre Ángel González, Luis García Montero, Rafael Alberti, Benjamín Prado, Felipe Benítez Reyes, Almudena Grandes, Caballero Bonald... El mejor libro sobre Sabina es el de Juan Puchades ['19 días y 500 noches. Sabina fin de siglo', editorial Efe Eme]».

-Durante los últimos años, ¿puede decirse que Sabina ha sido más poeta que cantor?

-Es indudable que desde su 'marichalazo', como a él le gusta llamar al ictus que sufrió en 2001, comenzó a frecuentar con mucha más asiduidad a sus amistades vinculadas al mundo de la poesía. De esta manera su actividad como poeta ha ganado mucho peso en las últimas dos décadas. No obstante, no creo que se puedan separar tan fácilmente sus dos facetas. Hay mucha poesía en sus canciones y hay rock en sus versos.

-¿De dónde le viene su amor por la poesía?

-Yo estudié en un instituto público de Cieza que se llama Diego Tortosa. Allí me dio clase de Lengua y Literatura un profesor que priorizaba la pasión por la poesía sobre el análisis sintáctico y todas esas cosas aburridas. Recuerdo que todos los días nos recitaba algo de Ángel González, Luis García Montero, Benedetti... Él nos hizo lectores. Desde aquí mi agradecimiento a José Carrasco y a todos los trabajadores de la enseñanza pública que se dejan la piel para cultivar un mundo mejor, en estos días en los que estamos tan cerca de que a los profesores que leen poesía en clase les acusen de adoctrinar al alumnado.

-'Versos, amistad, whisky y canciones' podría ser un buen subtítulo para 'Sabina y el Club de Rota'.

-¡Claro que sí! Es difícil no admirar a unos tipos que, pudiendo optar por la moqueta y la seriedad de los actos académicos, opten por estrechar sus lazos de amistad en torno a la risa, el whisky y el verso a pie de calle. ¡Benditos sean!

-Usted estudió en Granada, el tercer escenario de la novela, junto a Rota y Madrid. ¿Es desde allí dónde empieza a indagar? Intuyo una ardua labor de investigación.

-Estudié en Granada hace mucho, antes de casi todo. Allí sólo descubrí el camino que no quería seguir. El periodo de investigación llegó bastante después. Animado por Alicia, mi pareja, leí, escuché y vi todas las fuentes de información relacionadas con la amistad que une a los poetas que nos ocupan. Fruto de ese año largo de investigación es 'Joaquín Sabina y el Club de Rota'.

«Estamos cerca de que a los profesores que leen poesía les acusen de adoctrinar al alumnado»

«No creo que se puedan separar tan fácilmente las dos facetas de Joaquín Sabina: hay mucha poesía en sus canciones y hay rock en sus versos»

-¿Ha hablado, de cara al libro, con alguno de los poetas?

-Los miembros del Club de Rota son gente bastante ocupada. García Montero, por ejemplo, es profesor en la Universidad de Granada, poeta, novelista, columnista, director del instituto Cervantes... No obstante, el libro cuenta con testimonios exclusivos de personas muy cercanas a los hechos que se narran como Felipe Benítez Reyes, Álvaro Salvador, Horacio Rébora, Teresa Rosenvinge, Justo Navarro, Chus Visor y Javier Menéndez Flores. Mi agradecimiento a todos ellos.

El compromiso y la victoria

«Nuestros veranos son como los de casi todo el mundo. Calurosos, poco madrugadores, un poco más sedientos. Hay quienes dan por hecho que nos pasamos dos meses de orgías romanas y no creo que haya que quitarles la ilusión. Ya sabe usted: también la verdad se inventa», reza un texto de Benítez Reyes desde la contraportada de 'Joaquín Sabina y el Club de Rota'.

-¿Es más importante el compromiso que la victoria, como afirmaba Luis García Montero?

-Depende de con qué se esté comprometido. Hoy en día yo comparto trinchera con cualquiera cuyo compromiso con la justicia social sea inquebrantable. Esta postura nos cuesta derrotas, despidos, amistades, tiempo, dinero... pero como decía Marcos Ana: «en los límites del miedo siempre estuvo la dignidad».

-¿Le parece Luis García Montero el mejor poeta vivo español, como afirma en el libro?

-Hay un cierto consenso con respecto a esta afirmación y a mí no me parece para nada injusta. Pero, como lector de poesía, la única clasificación que manejo es la que divide a los poetas en los que creo y a los poetas en los que no.

-¿En cuáles cree?

-En Ana Pérez Cañamares, Ben Clark, Escandar Algeet, María Nieto, Antonio Gamoneda, Oscar Aguado, Raquel Lanseros, Katy Parra, Karmelo C. Iribarren, Teresa Mateo, José Daniel Espejo, Álvaro Bellido, Pedro Teruel, Daniel Buendía, Jorge Andreu, Cristina Morano, David González, Rubén Tejerina, María Sánchez y una tal Alicia Párraga que todavía hoy se mantiene inédita. También creo, por supuesto, en los protagonistas del libro.

-¿Cuándo comenzó su admiración por Joaquín Sabina?

-'19 días y 500 noches' supuso un punto de inflexión en mi vida. Hasta ese momento la música para mí era una compañía que no pasaba del segundo plano; ese disco me descubrió el poder de la palabra dentro de la canción.

-¿Considera que música y poesía son vínculos que fortalecen la amistad?

-Sin duda, al menos la amistad que a mí me interesa. El compromiso político, el sentido del humor y la ingesta de cerveza también me parecen interesantes a la hora de establecer las bases de la relación humana.

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