Diario de escritura (XXIII)

Diario de escritura (XXIII)
Miguel Ángel Hernández
MIGUEL ÁNGEL HERNÁNDEZ

Lunes 23 de septiembre

Tutorías por la mañana. A última hora, firma y llaves. Todo ha salido bien. La luz como protagonista. En la casa y en algunas personas. Celebráis en Via Torino y después visitáis el piso. Os veis ahí, viviendo. En menos de dos semanas será vuestro hogar.

Martes 24 de septiembre

Mañana de clases. La Historia del Arte como disciplina burguesa que es necesario desmontar. Por la tarde, en Ex-libris, presentas a Lara Moreno. Desde que leíste 'Por si se va la luz' te interesa su escritura. Y desde que la conociste te sedujo como persona. Inteligente y precisa en todo lo que dice, como en sus libros. Y tremendamente divertida. Infinita, también. Partiendo de su 'Piel de lobo', habláis sobre secretos familiares, violencia íntima, intentos de huida y reencuentros donde uno menos se lo esperaba. Después, con Leo, Araceli y Ginés tomáis unas cervezas mientras esperáis a María Hesse, que presenta sus libros ilustrados. Estáis todos cansados y no se alarga la noche. Dosificas y te vas temprano a casa. Aún no te has recuperado del viernes-sábado pasado.

Miércoles 25 de septiembre

Te enteras de la noticia antes de entrar a clase: 'El dolor de los demás', Libro Murciano del Año. Contienes la emoción, pero sientes que por dentro todo se desborda. No te da tiempo a asumirlo. Tienes que hablar de Vasari y los inicios de la Historia del Arte.

Después, una notita en el despacho también te alegra. Aunque sea una alegría paradójica, tintada de melancolía. El encuentro fortuito se produce esa misma mañana. Y todo es extraño. Demasiadas cosas en una misma mañana. Las emociones aún no se han resituado. Siguen en el mismo lugar, buscando un espacio para aquietarse.

Por la tarde, escribes el diario, compras un frigorífico, contestas felicitaciones y continúas haciendo cajas de libros. La casa comienza a parecer un campo de batalla.

Jueves 26 de septiembre

Sales para Barcelona a la fiesta de los 50 años de Anagrama. Al llegar, la cola del taxi es kilométrica. Te encuentras allí con Carlos Fonseca, que también va a la fiesta, y charláis mientras esperáis el autobús.

En un tuit lees los nombres de algunos escritores que están invitados y comienzas a ponerte nervioso. Richard Ford, Yasmina Reza, Kureishi, Baricco, Irvine Welsh, Jean Echenoz, Carrère, Delphine de Vigan...

Llegas temprano, caminando desde el hotel con Marcos, mientras comentas la mudanza y el cambio de casa. Aparentemente estás tranquilo, pero los nervios crecen. Nada más entrar al restaurante, comienzas a saludar. Hay tanta gente que no hay tiempo apenas de entablar conversaciones sin que alguien interrumpa con un abrazo o un beso. Abrazas prácticamente sin solución de continuidad a Lali, a Marta y Chema, a Luisgé y Axier, a Silvia, Llucia... a todos. Por supuesto, antes de salir a la terraza, rindes pleitesía a Herralde. Hace siete años, una llamada suya te cambió la vida. Aún lo recuerdas: «llamamos de la editorial Anagrama, Jorge Herralde quiere hablar con usted». Le había gustado 'Intento de escapada' y quería publicarla. Estabas en medio de un examen de septiembre, dijiste a los alumnos «os podéis copiar» y te quedaste unos minutos en el pasillo con el corazón acelerado y la sensación de estar en medio de un sueño. Desde entonces hasta hoy han pasado muchas cosas, pero sigues creyendo que sueñas y tu corazón continúa latiendo con fuerza desmedida cuando piensa un momento en lo que supone publicar en Anagrama.

Con esos nervios que, afortunadamente, nunca se van, sigues saludando y conversando con amigos. Charlas con Carrión sobre el arte de embalar bibliotecas y librerías, con Daniel Gamper sobre lo mucho que bebes en tus diarios, con Pisón sobre las cosas que pasan en Murcia... Poco a poco te vas esquinando y te sitúas junto a la barra. Allí están los hermanos Trueba, Juan Pablo Villalobos y después llega Patricia Escalona. Y allí también comienzan a esquinarse los escritores franceses. Tú no dejas de mirar a Emmanuel Carrère. David habla con él y te lo presenta: es el Carrère murciano, dice. Sí, Carril, contestas. Pero no entiende la gracia. Intentas hablar con él, pero tu francés solo da para «merci bien». Confías en que tus gestos sean suficientes para demostrar tu admiración por su literatura. Patricia documenta el momento, sin dar demasiado crédito a tu nerviosismo.

Después, confundes a una señora francesa con Delphine de Vigan. Ella te ve tan entusiasmado que te dice que no es Delphine, pero que te la busca. Es tu editora quien al final te la acaba presentando. Y conversas unos minutos con ella. Afortunadamente, te haces entender en inglés. Delphine es encantadora y caes rendido a sus pies. Ya empiezas a flotar. Con esa elevación, bajas a la discoteca del restaurante y sacas a bailar a Silvia mientras miras de reojo cómo Carrère hace lo propio con Lali, la mujer de Herralde. Todos bailan y celebran. Libreros, editores, agentes y escritores. También alcaldesas. Es la sorpresa de la noche, el baile desatado de Ada Colau, quien también te conquista rápidamente.

Cuando cierran el restaurante, algunos supervivientes continuáis en el Slow. Allí bebes con Juan Pablo y bailas con Ada y con todos los demás sin cesar de decir cada dos por tres ¡qué noche más maravillosa! Sin dejar, también, de sentir el privilegio y la emoción.

Bajan la persiana del Slow y tú sigues allí, el último. Román te acompaña unas calles y te indica el camino al hotel. Pero entre tu despiste y el estado de ebriedad, te pierdes y tienes que tomar un taxi que te lleva a cien metros de donde estabas. Duermes feliz, con la sensación de encadenar un sueño con otro.

Viernes 27 de septiembre

Resaca monumental. Emocional y física. Compras unos libros en La Central y te vas a medio día al aeropuerto. Allí te encuentras con Marina y charláis hasta que sale su avión. Encantadora. Continúas en la nube. También cuando hojeas el libro de los cincuenta años de Anagrama y compruebas que allí están tus novelas.

Cuando llegas al aeropuerto de Alicante, adviertes que todo el mundo va demasiado rápido. Tú ritmo es más pausado. Caminas a cámara lenta. Por el cansancio, pero también porque en cada paso se consolida la memoria de la noche. Lo sientes como algo tangible. Los recuerdos inscribiéndose en el cuerpo, en la piel, en la experiencia.

En casa, caes rendido a la cama. Duermes del tirón hasta el día siguiente.

Sábado 28 de septiembre

Te despiertas temprano para continuar guardando los libros en cajas. Cuantos más guardas, más aparecen en las estanterías.

Visitas la casa. Ya está pintada. Huele a nueva. En una semana estáis ahí. En el barrio, un camarero te para por la calle y te dice que sigue el diario, que está enganchado. Le prometes que saldrá la próxima semana.

Domingo 29 de septiembre

Es tu santo y tu madre no está para felicitarte. Era la primera en llamar. Siempre, a las doce de la noche. Estuvieras donde estuvieras. Para ella era más importante que el cumpleaños. Miguel, qué nombre más hermoso, decía. Y te enorgullece llevarlo porque a ella le gustaba tanto.

Continúas metiendo cosas en cajas. Y también tirando papeles. No sabes qué hacer con las fotocopias de la tesis -miles de artículos y fichas de lectura-. Está claro que ya nunca vas a volver a esos documentos. Pero hay algo allí, todo el trabajo invertido, que te obliga a conservarlos. Son el signo de años de esfuerzo y obsesión. Así que decides llevarlos contigo en este nuevo viaje.

Vives días extraños. De remover el pasado y replantear el futuro. Apenas ya vas teniendo sitio para poder escribir. Estos últimos párrafos los escribes rodeado de cajas. Casi en estado de excepción. Comienzas a estar deslocalizado. Solo la escritura, el texto, te hace tocar tierra. Este diario, tu hogar.