Viajar por carreteras secundarias

Chema Alcázar, de 'camping' junto a su furgoneta reformada./Vicente Vicéns / AGM
Chema Alcázar, de 'camping' junto a su furgoneta reformada. / Vicente Vicéns / AGM

Chema Alcázar, asesor gastronómico y 'gourmet', con #PeterVan, su Volskwagen del 77, decidió darse a la vida 'slow', disfrutar de los sabores y las estrellas: «No voy a más de 80»

Alexia Salas
ALEXIA SALAS

No necesita a Siri ni para ahorrar tiempo ni para acortar camino. No es su tipo de mujer. Chema Al Mar eligió en un día no lejano abrir los párpados, oler a pan y contar las estrellas. «La muerte de dos amigos muy queridos me dio un toque de atención y ahora lo que valoro es el tiempo», cuenta nunca ya lejos de su #PeterVan, la furgoneta Volskwagen Kombi de 1977 que le ha cambiado la vida como una revelación inesperada. «Fue mi autoregalo de 50 cumpleaños. No pasa de 80 y me deja ver cosas que no veía cuando viajaba a más de 100», cuenta el director gastronómico de la cadena italiana Autogrill, líder mundial en restauración de aeropuertos, estaciones, puertos y autopistas.

Cada día libre, Chema se frota las manos al volante de la furgo en busca de carreteras secundarias: «Es donde están las mejores ventas. Allí paro, compro pan y embutidos. Tardo dos horas en llegar a Mazarrón, pero descubres la naturaleza, el paisaje, unas ruinas. Somos paso, no destino», sabe el 'gourmet', que adereza su elección de la 'slow life' con el deleite del paladar.

Quién
Chema Alcázar Martínez.
Qué
Asesor gastronómico y 'gourmet'.
Dónde
La Ribera y Bullas.
Gustos
La buena mesa y el viaje lento.
ADN
Vividor y aventurero.
Pensamiento
«Hemos perdido mucha vida por la velocidad».

Lo tiene más claro que el lago Tahoe: «No hay nada peor que una dieta. Prefiero que me induzcan a un coma durante 20 días», ha advertido ya a su médico. Tendrían que encadenarlo entre rejas electrificadas, vigilado por policías fronterizos, para evitar su historia de amor con el arroz de pulpo, las barbacoas y los guisos a fuego lento, erigidas en piedras preciosas de su filosofía de la desaceleración. «Hago guisos de siete horas a 90 grados. Cuando está listo, te derrites de placer», difunde el hedonismo contra la angustiosa urgencia de lo fugaz, esa inexplicable prisa que, como describe Arturo Tendero, «pasa más etérea que el viento, que te deja al menos el rumor de haber pasado su tacto fantasmal sobre la nuca».

«La muerte de dos amigos me dio un toque de atención; ahora valoro el tiempo»

A Chema aún le ronda en la nariz el aroma de la casa de su abuela, «frente a la cárcel de Murcia, donde en la cocina desde bien temprano estaba el chup chup». O aquellos viajes en coche de la infancia «con manteles de cuadros, en los que se ponía los filetes empanados con pimientos, la tortilla de patatas, la ensalada murciana y los embutidos que habían preparado mi abuela y mi padre». «Todo eso acabó con las autopistas. Hemos perdido mucho con la velocidad», se rebela de la vida que nos relegó a ver el campo por televisión.

Chema no solo lo pensó, sino que tuneó su #PeterVan -guiño al niño que lleva dentro sin intención alguna de crecer- y la cargó con sus sartenes para echarse al camino cada fin de semana y fiestas de guardar. «Mis planes son comer bien, disfrutar mucho desde el momento de la compra hasta la larga sobremesa, dormir en una playa, ver amanecer, darme un baño y creer en ese instante que eres el primer hombre», se reafirma el aventurero, quien no deja de preguntarse «qué he hecho hasta ahora». «Ya me tomo mis vinos y mis gin-tónics mirando al cielo. Te da tiempo a pensar, a replantearte cosas, a escuchar la radio y localizar las estrellas, que me gustan desde pequeño cuando salía a navegar y a pescar con mi padre desde La Ribera. El Mar Menor lo habré cruzado miles de veces», comparte Chema, que ha dejado de sentirse como las hormigas en su infinito ir y venir. A tiempo ha estado de dormirse escuchando respirar al mar en Puntas de Calnegre en noches de luna llena o de buscar satélites en Sierra de María.

Del puñado de vivencias se queda con la calma. Ya corrió por el mundo como el que achica agua, buceó con barracudas y encontró en los abismos barcos de guerras pasadas.

Su sueño tiene ahora el polvo de caminos comarcales y, si acaso se le escapa el pensamiento más allá, empieza a soñar Chema, después de una lasaña crujiente con queso, en «tener mi propio complejo turístico rural, con mi granja y mi huerto. Sería mi Valhala».