Tatuajes en la «puerta al infinito»

Tatuajes en la «puerta al infinito»
Ilustración : J. Merlos
Manuel Madrid
MANUEL MADRIDMurcia

El cuerpo como medio de expresión. Este era un leitmotiv en la vida del modelo y artista canadiense Zombie Boy, cuya aparición en el clip 'Born This Way' (2011) de Lady Gaga le confirió un aura de estrella fugaz. El miércoles trascendió la noticia de su suicidio, a los 32 años, en su apartamento de Montreal (Canadá). Era «un icono de la escena artística y del mundo de la moda», según su agente. Entre sus particularidades una llamaba la atención por todas las demás: estaba tatuado de la cabeza a los pies. Su aspecto cadavérico era, en realidad, lo que marcaba la diferencia. No se sabe bien qué era: o un vivo en el mundo de los muertos, o un muerto en el mundo de los vivos. ¿Qué puede mover a tanta gente a camuflarse por entero bajo la tinta? Cada vez es más frecuente toparse con estos lienzos andantes. Ana Belén Rojo Ojados, licenciada en Historia del Arte y doctora en Sociología por la Universidad de Navarra, abordaba en su tesis doctoral de 2014 el «horror vacui corporal» y hablaba de esas modificaciones radicales dignas de la admiración y del estupor. Hombres y mujeres, cada vez más jóvenes, que imitan a los futbolistas y 'celebrities' y entregan toda su sustancia («patria de sangre, única tierra que conozco y me conoce, única patria en la que creo, única puerta al infinito», decía Octavio Paz sobre el cuerpo) para hablarnos, para contarnos algo, aunque no alcancemos a comprenderlo con precisión de un primer vistazo.

Llevar el cuerpo al límite. Por ahí van los tiros. Estamos ante una manifestación cualquiera de la cultura contemporánea, podría pensarse, como ocurre con el piercing -práctica empleada para perforar el cuerpo-. Pero ya había tipos completamente diferentes al resto en la prehistoria. Sin ir más lejos, Ötzi, el denominado 'hombre de hielo', que vivió hace 5.300 años en los Alpes, tenía 61 tatuajes de líneas paralelas y cruces que debieron imprimirse frotando polvo de carbón mediante incisiones. Los investigadores no han podido concluir si estas señales tenían fines terapéuticos, simbólicos o religiosos. Las dos momias Gebelein -a 40 kilómetros al sur de Tebas (Egipto)- en posesión del Museo Británico también tenían tatuajes decorativos. El varón, de hecho, tenía en el brazo un toro salvaje y una especie de oveja. Fueron datados entre el 3351 y el 3017 a.C. y esas figuras se consideran los tatuajes no geométricos más antiguos. De modo que no estamos ante una moda reciente. Hasta en esto de marcarse estamos emparentados con lo primitivo del ser.

Una calavera con tibias cruzadas en el hombro fue el primer 'tattoo' que se hizo pintar Zombie Boy a los 16 años en su por entonces debilucha figura -había superado un tumor cerebral-. En el momento de pasar a la eternidad tenía 176 animales -insectos básicamente- y 139 huesos dibujados en su dermis con una aguja. Lo mórbido y lo macabro formaban el cuadro de su personalidad, en un ejercicio de exhibicionismo. Algo normal ya, pues cada vez está más extendida la predisposición a visibilizar la indocilidad hacia los cánones clásicos.

El bello cadáver en el que se había convertido, como una invención caricaturesca de Tim Burton, contenía en el centro de su pecho el símbolo del material radiactivo, el cerebro sobresalía en el exterior de su cráneo, alrededor de los ojos aparecían grandes sombras oscuras, una brutal dentadura se había apoderado de su boca. Era el rey del esperpento, o del ornamento. Un tipo que en su transformación no tuvo freno y, además, rentabilizó su estrafalaria envoltura hasta más no poder. «La vida me ha enseñado que no debo mostrar el mar que tengo dentro de mí a quien no sabe nada», decía. Atentos a ese «deseo de locura» que nos invade, a esa fiebre por el grafiti sobre la piel humana. «Él vino en un barco, de nombre extranjero. Lo encontré en el puerto un anochecer, cuando el blanco faro sobre los veleros su beso de plata dejaba caer. Era hermoso y rubio como la cerveza, el pecho tatuado con un corazón, en su voz amarga, había la tristeza doliente y cansada del acordeón», cantaba la Piquer.

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