PROPIOS Y EXTRAÑOS

Las vidas que caben en una

Joao Borges en la piscina de su casa de La Ribera, una copia de la que tenía en su bar de Santo Ángel. / A. S.
Joao Borges en la piscina de su casa de La Ribera, una copia de la que tenía en su bar de Santo Ángel. / A. S.

Joao Borges fue panadero en Angola, cocinero en Francia, comando en Mozambique y relaciones públicas en Murcia. «Siempre hice lo que me dio la gana», estira su bigote

Alexia Salas
ALEXIA SALAS

La piscina donde se desliza cada mañana Joao Borges, como Adán en el estanque primigenio, en su casa de La Ribera, es una copia exacta de la que congregaba a la farándula murciana y nacional en la pedanía de Santo Ángel en los años ochenta. Aristócratas recién bajadas del rocín, políticos de diverso calibre Parabellum, cantantes archifamosos y artistas de la noche, tan oscura como la impaciencia, se mojaban los labios con el cóctel Joan Collins, a base de tequila, limón, angostura y unas gotas de Cointreau que había inventado el maestro de ceremonias portugués para esa burbuja de glamour en el corazón de la huerta murciana que fue el bar conocido como La Casa de Luis Federico. «De día era nuestra casa, y de noche, un bar con piscina, una carta con 18 cócteles y espectáculo de variedades en directo», evoca Joao, quien lucía el mismo bigote brioso e idéntica sonrisa mundana, pero con estilosas camisas de seda y pantalones de 'la arruga es bella'.

Mientras una actriz interpretaba coplas en uno de los tres pianos del local, Joao espoleaba el hechizo de la madrugada animando una charla o dejando caer unas gotas de vodka en una copa con sombrillita. «Allí cantó Serrat una noche después de dar un concierto en el Romea, y se fraguaron decisiones políticas», recuerda el hostelero de sus años a lo Xavier Cugat entre azahares de naranjos y limoneros. A su música de fados acudían cada noche «los actores de las compañías al salir del teatro, los médicos del hospital y los jueces de Murcia», recibía Joao con los brazos abiertos hasta que decidió retirarse cerca del Mar Menor. «Cuando vi el sol y las palmeras por primera vez, dije: ¡Esto es África!», sintió el portugués, como Flaubert cuando divisó Túnez.

Quién
Joao Borges de Carvalho.
Qué
Mil vidas.
Dónde
Santiago de la Ribera.
Gustos
El sol, África, el vino y los fados.
ADN
No es nada europeo.
Pensamiento
«Las salidas del sol son para mí como una nueva vida».

Joao duda de una rama africana en su árbol genealógico, ya que «me encanta y me tira. ¡Pero si cuando voy piensan que soy moro!», cuenta con su habla musical. En Cartago paseó con túnica y turbante como Asdrúbal 'el Bello', y en Angola amasó pan y se aburrió de selva. «Me fui a trabajar con 16 años a la panificadora de mi hermano porque quería ver elefantes, y al año estaba harto de elefantes, leones y monos», nunca resulta el paraíso como se sueña. «Aquello era un aburrimiento», bostezaba Joao, cuya vivencia más emocionante en Angola fue bañarse en un río de cocodrilos. «Había un vigilante que gritaba cuando se acercaba uno», ríe a salvo en su piscina con ninfas griegas que ni ven ni oyen ni cuentan. Le dio tiempo a estudiar en Lisboa y a aprender cocina en Burdeos antes de que el dedo salazarista le reclamara a filas para el servicio militar.

«Quería ver elefantes y al año estaba harto de ver elefantes, leones y monos »

El niño torbellino de un pueblecito de montaña nevada, casi como el hogar de Heidi, quiso curtirse en la selva y se alistó a los comandos portugueses en Mozambique, donde vivió cuatro años con las botas puestas y el fusil al hombro, entre querrillas de tribus y leones. Mientras brotaba la Revolución de los Claveles, Joao convivía con boas a la hora de la siesta. «Nunca me pasó nada con un animal, pero sí me hirió una munición en la pierna una noche que tuvimos una emboscada», muestra el viejo disparo. No olvida Joao el bufido de ocho rinocerontes negros en fila de ataque que les miraron a los ojos durante todo un día, afrentados por la invasión de su territorio. «Allí aprendes a conocer a las personas. No tienes amigos de copas. Allí eres una piña. Comíamos en círculo pero mirando para fuera», dormía Joao con un ojo abierto las noches de selva. La hermandad le unió tanto a sus compañeros de jungla y artillería que «nos reunimos cada año el 28 de mayo en Portugal desde hace 45 años».

Nunca se marchó del todo de África: «No soy nada europeo. Volvería al Cabo de las Tormentas, donde se cruzan el Atlántico y el Índico: en un lado el mar es azul oscuro y revoltoso, al otro verde esmeralda y tranquilo, como magia. Su inmesidad me dejó perplejo», quedó embrujado como 'El holandés errante'. En el Mar Menor domestica en apariencia su vena africana, cocinando el bacalao a Brás, como el que servía en su restaurante Oporto, de Murcia, en los ochenta. «A las 6 de la mañana escucho los mirlos y el cuco, y me baño en el mar hasta Navidad», respira hondo Joao.

Sabe que un día volverá a asomarse a aquel cabo salvaje.

 

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