Propios y extraños

La charla de las piedras

Pedro Sánchez Zamora, con una piedra, en la mina de Mazarrón. / VICENTE VICÉNS / agm
Pedro Sánchez Zamora, con una piedra, en la mina de Mazarrón. / VICENTE VICÉNS / agm

Pedro Sánchez Zamora, último obrero de la mina Roble de Mazarrón. Trabajó en la machacadora y en el lavadero. «El maestro empujaba al primero de la fila y caíamos todos al suelo», se remonta

Alexia Salas
ALEXIA SALAS

A Pedro le robaron la infancia el día en que se rebeló en la escuela y le cerraron las puertas. «El maestro nos ponía a todos en fila, empujaba a los primeros y caíamos todos al suelo como las fichas del dominó», cuenta de los años de polvareda. El caso es que «la magia, que es la primera y más dolorosa pérdida del niño», como advertía Walter Benjamin, no llegó ni a tropezarse con Pedro por los pasillos de salida. Antes de comprender el mundo, se vio trabajando de sol a sol, ya sin tiempo ni fuerzas para preguntárselo.

«Trabajé haciendo el canal del Taibilla a Cartagena, sembrando pésoles en Tallante, machacando piedras con martillo en Mazarrón», dobló Pedro los riñones más de lo que puede recordar a sus 86 años. Conserva la barbilla alta y una mirada taladradora y directa, de las que solo pueden sostener quienes no engañaron ni a las piedras. Las rocas silenciosas fueron su compañía en la mina Roble, donde los camiones volcaban el mineral y «ahí estaba Pedro todo el día, pinchando y pinchando para que el escombro no se cayera», se ve a sí mismo en la superficie de una tierra abierta en carne viva, rezumando el plasma de la plata, el plomo y el zinc. «Se te quedaban en las manos por mucho que te lavaras», recuerda Pedro el sudor del mineral calando entre las venas de los dedos.

Quién
Pedro Sánchez Zamora
Qué
Minero y agricultor
Dónde
Mazarrón
Gustos
Las plantas
ADN
Sacrificio y memoria
Pensamiento
«Siempre me he fijado en todo, por eso me buscaban»

Antes estuvo en la Mazarronera, y antes en Santa Ana, donde se ocupó de los lavaderos. «Estaba a cargo de los motores, por si se salía alguna correa. Había tanto polvo que había que ponerse un embozo en la boca y tener un cubo de agua al lado. Cuando el embozo se secaba, agua que te crió», respira aún Pedro del aire metálico. No todos viven para contarlo: «Un día vi salir a un muchacho de unos 40 años. A las dos horas se murió», rescata del olvido, como a tantos que no abarca a mencionar: «A uno que le decían 'El Mojao'; se le derrumbó la mina, y en puesto de ir para acá salió corriendo para allá. Cuatro días para sacarlo», cuenta con el asombro del viajero recién llegado de un mundo ya extinguido. En los años de piedra, cuando la vida era como el filo de un canto rodado, Pedro vio a un hombre «comprar una pistola al Tío Carburo, que las vendía en el puente. Había subido a la mina a pedir trabajo porque su madre estaba enferma y no tenían nada para sustentarse. 'Que tu madre coma boliches del campo', le contestó el encargado de la mina. El hombre volvió con la pistola y lo mató». La desesperación, que es ciega, asiente con la cabeza Pedro mientras riega sus geranios y sus dientes de león en la callejuela que reverdece cada tarde con su manguera.

«Yo echaba ocho horas en la mina y ocho en el campo, a 4 pesetas la hora»

El ultimo obrero de Roble trabajó en superficie, pero no salió indemne de la ruleta rusa que era la explotación minera para los hombres: «Un día me confié limpiando el transformador porque había mucho polvo, y me quedé enganchado. Me tiró al suelo desde lo alto», se libró Pedro del silencio.

Ni siquiera ahora, cuando las tardes se le alargan en los riegos y algún paseo, se pregunta Pedro por qué la vida le tenía preparada una caminata sin fin dentro de una rueda: «Yo echaba ocho horas en la mina y ocho horas en el campo, a 4 pesetas la hora en la mina y 4 pesetas la hora en el campo». Se entretuvo Pedro en aprender de otras manos. «Yo me fijaba en todo, así que me buscaban para cualquier cosa. Arreglaba la machacadora con un peine y un martillo», se admira el minero de todo lo pasado.

Como destellos, se le aparecen tenues las luces de una larga vida: «¿Diversión? Bueno, intentábamos ir a un baile, pero el portero nos quería siempre cobrar entrada», rebusca entre el cajón hambriento de la magia. Cuando la mina cerró, el último minero se quedó de guarda en ese paisaje con sed, que enseña el magma de los cuerpos que se tragó en el empeño humano de sacarle las tripas a la tierra. Pedro nunca quiso retirarse, y menos aún alejarse del escenario de su vida.

 

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