Propios y extraños

Una merienda más larga que la vida

Jesús Montesinos ante un bol de chocolate en su obrador de la confitería de Santiago de la Ribera. / A. S.
Jesús Montesinos ante un bol de chocolate en su obrador de la confitería de Santiago de la Ribera. / A. S.

Jesús Montesinos, propietario de la confitería icono de La Ribera, con 46 años de historia y recetas clásicas como el plum cake. «Intento complacer al espectador. Todo es un teatro», sube a diario el telón

Alexia Salas
ALEXIA SALAS

Por la confitería Montesinos, de La Ribera, ha desfilado la historia de España al ritmo frenético de la cafetera y la parsimonia del obrador. Todo necesita un tiempo de cocción inalterable antes de salir a escena: los logros y el bizcocho. Luego ya llega el cortejo público de los dulces esponjados y la lluvia de azúcar para disparar el deseo en la función de cada día. «Intento complacer al espectador, como en cualquier espectáculo. Todo es un teatro», sabe Jesús Montesinos desde hace 46 años -más que la democracia-, que lleva al frente del local más emblemático de La Ribera, punto de encuentro y repostaje de vecinos y turistas, jueces y políticos, mucho filósofo de barra, tertulias hacia dentro y visión panorámica acristalada. La vida pasa por la puerta, pero es en el interior donde se cuece la miga.

Quién
Jesús Montesinos Escribano.
Qué
Confitero.
Dónde
Santiago de la Ribera.
Gustos
La música, viajar y el juego.
ADN
Tradicional y crítico.
Pensamiento
«Vive tu vida, hazlo bien y respeta a los demás».

Al compás de marchas militares o arias operísticas, fluye la barra. «Me encanta conseguir que todo el mundo se vea servido enseguida. Es un engranaje. Si salta un solo piñón, todos se ponen nerviosos», sigue la cadencia del local, con su mural de reivindicaciones. A las paredes se asoman muestras gráficas de la demanda para reabrir al tráfico el paseo Colón y de despejar a la vista el paisaje costero, habitualmente colmado por un 'horror vacui' playero de ferias y ornamentos. Mientras tragoneas una mona con chocolate, te pones al día del latido local. No podría ser una confitería de otro pueblo.

«Me encanta conseguir que todo el mundo se vea servido enseguida»

El secreto de la longevidad del céntrico negocio, que ocupa el espacio imaginario de un consistorio, entre Correos y la iglesia, «es la constancia», no duda Jesús, que lleva sosteniendo en lo más alto las antiguas recetas de su abuelo, Castor Escribano Albaladejo, quien abrió en la plaza de San Pedro del Pinatar su primera confitería en 1902. Del viejo repostero es la fórmula del bollito de crema, que tiene su origen en una tradición que no ha cesado: «La merienda típica era comprar un bollo suizo por dos pesetas en la confitería, y después irse a la heladería La Jijonenca a que te lo rellenaran de helado», explica Jesús.

Su madre, Antonia 'La Confitera' quiso reinventar «la merienda de invierno con un bollo con crema». Después vino el plum cake con frutas. «Mi madre siempre está ahí, detrás de todo lo que hago. Era trabajadora, negocianta a tope. Ya en la confitería de San Javier servía tapas y helados», reza Jesús a la pionera. En La Ribera comenzó con un local más reducido y unas mesas en la calle. «Antes eran 144 horas de trabajo y 24 horas para la familia. Se abría a las seis de la mañana, porque muchos trabajadores venían a tomar la copa de coñac y las lágenas y se cerraba de madrugada», mira Jesús por la cerradura del pasado. Ya no hay alcohol en la 'confi', pero sí sabores de infancia golosa y consuelos de juventud. «Servíamos leche preparada con bizcocho a los cadetes de la base militar, y aún vienen muchos, ya mayores, y piden lo mismo. ¡Sabe igual!, me dicen», dando la razón a Proust.

Una ampliación del local y algunos cambios necesarios han sido las únicas alteraciones de una fórmula que apela al niño que despierta dentro de cada uno a la hora de la merienda, por mucho tiempo que pase. Y no es Jesús hombre que olvide fechas ni números. «En 1902 empezó mi abuelo, en 1922 nació mi madre, en 1952 nací yo, y en 1972 se abrió la confitería», se ha quedado con el ábaco del tiempo como amuletos de vida. «Antes mi número era el 17, el navío. Ahora es el 21, que ha dado suerte varias veces», revive la emoción del 'birbís', el juego de mesa que lo imantaba al casino de Torrevieja. «El crupier metía un alambre en un cilindro y sacaba un número. Yo iba a jugar cinco pesetas y el conserje me perseguía porque yo era menor y no podía entrar». Después ha vivido Jesús la emoción a lo grande de las ruletas de Las Vegas como un Joe Pesci fugaz. «Veías la casilla del 21 con varias torres de fichas y un vacío alrededor», revive la jugada con la risa pícara de desfiar a la suerte. Ese número, ya convertido en mágico a base de escalofríos de triunfos y derrotas, le cuelga del pecho en oro macizo.

 

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