Diván con fondo de olas

La psicóloga Encarna Ros, en el Chinguirito de Los Narejos, frente a su playa del Mar Menor. /
La psicóloga Encarna Ros, en el Chinguirito de Los Narejos, frente a su playa del Mar Menor.

Encarna Ros, psicóloga y sexóloga, cree que bucear en apnea en busca de vida entre las rocas es más secillo que la sexualidad femenina: «El orgasmo es como una 'ericera'»

ALEXIA SALAS

Ya de cría prestaba su oreja a todos los quebraderos de cabeza del vecindario en la pedanía murciana de Los Garres. A pesar de que se manejaba resuelta por el obrador familiar, pronto supieron los padres de esta psicóloga especialista en terapias de pareja y sexualidad que para panadera no iba. «'Con esta niña no podemos', dijo mi padre cuando preparé yo misma unas magdalenas, con ocho años, y las vendí para tener los rotuladores Carioca que se habían negado a comprarme», resolvió la niña habladora, pizpireta y viejilla que gastaba su tiempo de juegos y muñecas en mitigar la soledad de los ancianos. A cambio le debieron soplar al oído algunos secretos de la vida que removió junto con los largos años universitarios y un rodaje a fondo de escucha activa y voz sosegadora en el Teléfono de la Esperanza.

Quién. Encarna Ros.

Qué. Psicóloga y sexóloga.

Dónde. Los Narejos.

Valores. La playa de Los Narejos, en la costa oeste del Mar Menor, cuenta con un largo paseo marítimo dotado de todos los servicios. Parada clásica es ya el Chinguirito, uno de los pocos bares playeros que conserva el sabor de refugio tropical en madera gastada. El atardecer mirando las luces lejanas de La Manga escuchando a Nirvana es uno de los placeres de esta terraza, que cuenta a su espalda con una amplia zona verde y, a pocos metros, una escuela náutica.

Pensamiento. «Cuando descubres que puedes decir 'no' y no pasa nada, es liberador».

Con todo lo que han visto esos ojos achinados, Encarna asegura que «me he vuelto más crédula. Me dicen de un burro volando y me lo creo». En su consulta de Murcia desaguan las acequias de todo lo extraordinario que es capaz de sentir el ser humano. «En esencia no cambiamos», calma la especialista, aunque con pasmosa naturalidad habla de novedades que irrumpen en nuestro habitual '40 principales' de la psique: «Cada vez aumentan más las fobias a volar y a circular por autovías, pero ahora se ha puesto de moda la ruleta rusa del VIH, sexo en grupo y sin protección con un afectado de sida para ver quién se contagia».

Insiste Encarna, con su tono de cercanía reconfortante: «No cambiamos tanto. Todos en el fondo buscamos siempre que nos valoren, que nos quieran. Hay quien lo pide a gritos, otros a golpes».

Tras las vacaciones de verano -ese peligroso invento reagrupador familiar- sabe que le llegan «las parejas»: «Después de pasar tanto tiempos juntos, surgen los problemas. Si las lesiones son estructurales, la terapia no vale, pero si son pequeños comportamientos, tiene solución, aunque también hay quien quiere cambiar al otro», deslía la madeja como una Ariadna en el laberinto. Para el dédalo de la sexualidad femenina, haría falta una señal con alarmas acústicas y luminosas: «Es mucho más compleja que la masculina. Intervienen los miedos a la entrega y al embarazo, pero fíjate que la industria farmacéutica da soluciones a los problemas masculinos, pero no hay medicación para el vaginismo o la anorgasmia». Pide calma si el orgasmo se empeña en seguir ausente: «Nunca finjas. Nadie es una máquina expendedora para satisfacer a la pareja. Yo digo a mis pacientes que no se dejen esclavizar por el orgasmo. Al fin y al cabo no es más que una 'ericera', muy relajante eso sí».

Para aflojar los propios nervios y mantener fija la línea del horizonte, Encarna busca el Mar Menor: «Ver las luces en la otra orilla me tranquiliza». «En Los Narejos tengo recuerdos de juegos entre higueras e hinojos, de enfriar la fruta con las barras de hielo que comprábamos a los pescadores, de ese olor característico de aquí», rebusca en el fondo del baúl. Ha encontrado Encarna el sonido de la placidez en las olas, cuyo ritmo acompasado se acerca al de las composiciones de réquiem que escucha «a solas, con el volumen alto y la habitación en penumbra». Engaña al tiempo con minuciosas maquetas de iglesias románicas a escala -«las góticas son más difíciles», justifica- novelas históricas y vidas de Catalinas, con la voz de Chavela Vargas y las doradas que pululan entre las rocas sumergidas cuando baja con gafas y tubo a bucear en apnea: «Hay mucha vida ahí abajo que te atrapa».

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