Un Vaticano sin papa ni fieles

:: Luc Gnago/reuters/
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Una réplica, incluso más alta que la basílica de San Pedro, reina en medio de la selva de Costa de Marfil

ANTONIO CORBILLÓN

No tiene el diseño de Miguel Ángel. Ni las columnatas de Bernini. Pero tampoco tiene que competir con la exuberancia del resto de Roma. Rodeada del vacío de una selva falsamente domesticada, Nuestra Señora de la Paz todavía impacta más. Los aires de irrealidad y absurdo se amplifican cuando se enfila la avenida de un kilómetro de acceso, lo más parecido que han sido capaces de construir en África a la Via della Conziliacione vaticana. Pero Yamoussoukro no es Roma.

En julio se cumplieron 30 años de la colocación de la primera piedra de la que pasa por ser la iglesia más grande del mundo. El padre de la república marfileña, Félix Houphouët-Boigny, mandó desbrozar kilómetros y kilómetros de floresta para levantar una réplica vaticana con la que situar a su país en el mundo. Eligió ubicarla en su pueblo natal, entonces un villorrio a 250 kilómetros de la costa y de la capital natural y económica del país, Abidjan.

Boigny quiso convertir a Yamoussoukro en la Brasilia africana. Un lugar ganado a la naturaleza a base de asfalto, líneas rectas y arquitectos de última generación que permitiera también 'coser' el país hacia el interior. A pesar de lograr la independencia en 1960, el dictador sabía que heredaba un estado de una cierta tranquilidad religiosa, pero partido en dos: el norte, en dirección a lo que hoy es el avispero de Malí, dominado por un creciente islamismo; la costa y el sur, más proclive al catolicismo. Pero ninguno con grandes entusiasmos ya que las religiones monoteístas no superan el 35% de fieles cada una. El resto se lo reparten los animistas, mucho más apegados a los ancestros de las 60 etnias que pueblan el país del cacao (es el primer productor mundial).

«Esto es un contrato con Dios», defendió el mentor de la magna obra cuando el mundo (en su casa nadie le llevaba la contraria) cuestionó su megalomanía. Tampoco fue mejor aceptado por el hecho de que pusiera de su bolsillo los 300 millones de euros de la época que se gastaron en sus tres años de obras. Que es como decir los ahorros de todos los marfileños, entonces tan pobres y necesitados como el resto de sus vecinos africanos. Para vestir el proyecto de interés general se incluyeron una universidad católica y un hospital. A día de hoy, no hay nada de todo esto.

Lucha de egos

La primera propuesta ofendió a Juan Pablo II, que no quería competencias arquitectónicas con la capital vaticana y exigió rebajar las proporciones de la basílica para aceptarla en el seno de la Iglesia. Al final, el arquitecto bajó la cúpula pero el 'zorro presidencial' le añadió una cruz de cobre de 30 metros. Objetivo conseguido: 158 metros de altura máxima para que pueda figurar en el Guinness de los Récords. Debajo, mármol traído de España, Portugal e Italia, una amalgama imposible que reproduce todos los estilos de columnas desde Grecia hasta el neoclásico, jardines versallescos y casi 8.000 metros cuadrados (otra plusmarca) de vidrieras de colores fabricadas en Nanterre (Francia). El asombro no se acaba nunca. Hay columnas huecas con ascensores para acceder a la segunda planta.

El caso es que, tres décadas después, el balance es bastante desolador. Apenas un par de policías, uno uniformado y otro civil, vigilan el portento arquitectónico que hace mucho que superó su capacidad de asombro y ya no atrae a tantas visitas. Y menos después de la guerra civil norte-sur que enfrentó al país en 2002 y que espantó a su incipiente turismo.

Nuestra Señora de la Paz permanece cerrada casi toda la semana y las misas dominicales no suelen superar los 350 fieles. Muy poco si se piensa que en su interior caben 18.000 personas. Solo dos veces a lo largo de estas tres décadas sus 130 hectáreas se han visto desbordadas por la multitud. El 10 de septiembre de 1990, una muchedumbre deseosa de asistir a la consagración junto a Juan Pablo II logró lo imposible: que la explanada pareciera tener límites. El funeral de Houphouët-Boigny en 1993 volvió a rivalizar con el Vaticano.

Todavía es muy joven Nuestra Señora de la Paz para saber si será capaz de vencer a algo mucho más persistente que la estupidez humana. El tiempo. La selva herida se cobra de forma inexorable y sin descanso su tributo. La acción, lenta pero tenaz, del calor tropical, aliado con las tormentas de aire con polvo en suspensión del no tan lejano desierto, ya dejan ver su huella sobre la gran mole. La torpe elección en una zona de arenas movedizas podría hacer el resto. Los casi cien millones de kilos de peso de la gran basílica tal vez serán algún día como Angkor (Camboya) o Machu Pichu (Perú), vestigios abrazados a merced de la selva.

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