Recuerdos a sorbos de pajita

El heladero Vicente Cano, en su puesto de granizados en el paseo de las Delicias, de Águilas./
El heladero Vicente Cano, en su puesto de granizados en el paseo de las Delicias, de Águilas.

El heladero Vicente Cano lega a sus hijos la fórmula de sus famosos granizados en el paseo de las Delicias de Águilas. «Mi abuelo ya vendía 'chambis' por las calles», descongela la memoria

ALEXIA SALAS

Vicente Cano es puro nervio. Quiere hacerlo todo ya, los helados de hoy y los sueños de mañana. Saca un cigarrillo de un paquete chafado, lo voltea, lo marea, y lo repudia de pura desazón. Todo con una sonrisa. Mientras habla, está pendiente del viento de Levante que quiere sacudirle el puesto heladero que instala cada verano con sus hijos Félix y Antonio Jesús en el paseo de las Delicias de Águilas, a la sombra del Pico de la Aguilica y con el barrio Colón a la espalda. «Vaya verano de viento que llevamos, pero no nos afecta. La gente nos conoce desde hace treinta años y viene del otro lado del pueblo a llevarse nuestros granizados caseros, hechos con productos naturales», cuenta el inquieto heladero. Poseer la fórmula secreta de los refrigerios con hielo picado, la receta familiar que ha pasado por cuatro generaciones, es lo único que le da calma. Vicente sigue engrosando la leyenda de la estirpe heladera con nuevas variedades. Este año ha causado sensación con el granizado de coco, un golpe de frescor exótico para beber a sorbos de pajita. «Vendemos 30 litros al día de granizado de coco, aunque el clásico de limón sigue siendo el más demandado, con 45 litros al día», se enorgullece el artesano.

Quién. Vicente Cano del Baño.

Qué. Heladero.

Dónde. Paseo de las Delicias (Águilas).

Valores. En la amplia Bahía de Levante aguileña se extiende el paseo de las Delicias hasta la sombra del Pico de la Aguilica. Debe su nombre al viejo bar Las delicias de Mateo Casado que en los años cuarenta frecuentaban marineros y oficiales de los barcos ingleses que cargaban mineral en El Hornillo. El hostelero les servía jerez, coñac y moscatel a cambio de vituallas que escaseaban en la zona, como mantequilla, mermelada y cajas de cigarrillos.

Pensamiento. «Mis hijos me han vuelto a ilusionar».

Hay otros sabores de la memoria que han sobrevivido a la arena del tiempo: los batidos de helado, con aquella capa de espuma dulce que era un preludio de la sonata de fresa o chocolate que duraba un suspiro; la horchata fría, cuya pervivencia responde únicamente a recordarnos quiénes somos y que venimos de una misma infancia, millones de veces repetida; y el blanco y negro, el capricho inexplicable que pedían solo los mayores, aunque hay niños de hasta 90 años que siguen sin elegir el clásico granizado de café con un planeta de nata flotante. «El limón es el 'number one'», sentencia sin apelación el heladero, quien lo enriquece con sirope de mojito a quien se lo pide. Su abuelo no saldría de su asombro. «Él ya vendía por las calles los chambis, una crema de leche, canela y azúcar sobre una galletica. Le pedían dos reales o una peseta de chambi», recuerda al primer Cano heladero, quien tuvo un quiosco en la plaza de España. «Mi abuelo era muy comerciante, vendía en invierno cascaruja y golosinas, como hicimos después mi hermano y yo», cuenta Vicente. El niño que fue ayudaba a su padre en la venta de helados en la feria. «Llevábamos un carretón con una balsa de hielo que habíamos picado, y le echábamos sal para mantener fríos los helados y granizados que vendíamos por las calles. No veas para subirlo por la cuesta del Caño. Cuando al final del día ya el hielo se había derretido, abríamos el tapón y todo el agua con sal bajaba por la pendiente. A la mañana siguiente estaba totalmente blanca. Ya no hay tiempos así», añora el comerciante, que perteneció a una generación de niños sin niñez: «A veces me escapaba a la playa y me caía una de palos», sonríe de tribulaciones pasadas. Otras aún no le dejan reír: «Me quedé sin padre a los 13 años y me quedé ayudando a mi tío». «Hambre no pasamos, pero trabajar, mucho mucho», lleva Vicente a sus espaldas.

Algunos destellos dulces de la memoria, como cuando uno encuentra pepitas de chocolate en el helado, le traen recuerdos luminosos: «Íbamos a la plaza de Antonio Cortijo a vender limón porque había baile». Su sitio está ahora en el paseo de las Delicias hasta final de septiembre desde las 12 de la mañana hasta pasada la medianoche, por si cualquiera necesita recordar de dónde viene.

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