Vaya tela, las cosas que hay que leer

César García Granero
CÉSAR GARCÍA GRANERO

No está siendo este un verano pródigo en tonterías ni frases bufas. Parece que nuestros políticos, caladero inagotable de chocarrerías, están a la sombra, entoldados con las vacaciones a la espera de ocasión mejor, así que me voy a centrar en una sin desperdicio, pero sin nada que ver con ellos. Tiene que ver con el 'balconing', ese deporte al alza, practicado de forma mayoritaria en Mallorca, y cuya condición previa y diría que indispensable es haberse puesto hasta las trancas a la luz de la luna para volverse pugnaz, eliminar el miedo propio a las alturas y estar en la mejor disposición de ánimo para dar el salto al vacío antes de alborear el día. Joder, dicho así, parece hasta romántico.

No lo es, la verdad, aunque la frase que me ocupa tiene que ver con una historia de amor, la de Mia y Freddie, que se vio guadañada el mes pasado porque al segundo, un británico de 20 años, llegada la vampiresca hora de las tres de la mañana, no se le ocurrió otra cosa que probar la experiencia del 'balconing'. El problema es que calculó mal los límites de la piscina y vio agua donde no la había, o más cerca de donde en verdad estaba, a lo que quizá contribuyó que no iba lo que se dice excesivamente sobrio. Hasta aquí todo sigue el patrón de siempre -joven que, animado por la ingesta, gaviotea un poco en busca de experiencias fuertes-, pero a su novia no se le ocurrió otra que culpar, no a su novio, sino a los balcones por bajos, convirtiendo una tragedia en otra desdicha igual, pero menos, como más chusca, consiguiendo lo contrario de lo que quería.

Dice ella que su novio no quería tirarse, sino dar un paseo, y la medida de los balcones -1,09- es insegura y «llama a los accidentes». Vamos, que si me bebo hasta el agua de los floreros y salgo a la carretera, la culpa no es mía, sino de quien hizo las carreteras y de quien no las cierra por las noches, irresponsables ellos; que si mañana me voy mar adentro en plena marejada la culpa no es mía, sino del mar por agitarse, cabroncete él, y de quien no lo cierra cuando a mí me dan pujos de echarme al agua. Así podríamos seguir hasta el mismo absurdo, pero creo que no hace falta.

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