Rodriga liberada

O de cómo la ciudad se puede convertir en el mejor lugar para veranear cuando una se queda sola

Rodriga liberada
M. Saura
ROSA PALO

Qué felicidad. Así te lo digo. Este verano me he quedado en la ciudad. Y sola. Que me vi venir el pampaneo y dije que no. Que yo no me iba otro agosto más al apartamento de La Manga con mi marido, los críos y el perro. Que paso. Que estoy harta. Que me he rebelado contra la dictadura heteropatriarcal, contra la infantil y hasta contra la canina. Y que ya está bien.

Cuando les dije a mis compañeros que se cogieran el mes de vacaciones, me hicieron la ola. Mira tú por dónde, he quedado como la tía más enrollada del centro de salud. Enrolladísima. Lo que no saben es que, en tal de no irme a la playa con la patulea, paso yo consulta hasta en el infierno. A Alberto le dije que estábamos fatal de personal, y que consideraba mi deber moral quedarme a defender el bastión. Refunfuñó un poco, pero en cuanto le entré con el argumento de que las veces que él se ha quedado de Rodríguez yo no he protestado, se la tuvo que envainar. Porque ahora, Alberto, como buen progre cultureta que es, se ha hecho aliado feminista. Pero de boquilla, claro: mucho compartir a Leticia Dolera en Twitter, pero la que se pasa todo el año planchando, cocinando, fregando, lavando y llevando a los críos a clases extraescolares soy yo. Ahora, que este año le voy a montar a mi contrario un 8 de marzo que le va a parecer un 2 de mayo.

Por eso me he quedado aquí. En mi casa y en la gloria. Porque esto es una maravilla. No hay nadie en ningún sitio. Ni colas en el Mercadona, ni gente en El Corte Inglés. Ni siquiera en la consulta, que a los abuelos les apetece salir poco con este calor. Termino rapidito, y a las tres ya estoy fuera. No tengo ni que hacer la comida, que pico lo primero que pillo. Y todo el día en bragas. Y con el aire acondicionado a la temperatura que me da la gana. Y viendo lo que me sale del mando, que estoy de las películas checoslovacas de mi marido hasta los subtítulos. Me he tragado las cuatro temporada de 'Outlander' del tirón. Con razón estaban todas mis compañeras locas con la serie. Madre mía, qué tíos. Y qué culos. Y qué de empotramientos. Si es que están en medio de una batalla y allí mismo se sacan el sable y se ponen al tema. Será por la adrenalina, digo yo, pero '50 sombras de Grey' a su lado parece la vida de Santa Teresita de Lisieux. No me extraña que las enfermeras estén preparando un viaje a Escocia el año que viene. Para ver las localizaciones, dicen. Lo que quieren es traerse a un semental pelirrojo. No saben nada, las tías. Lo mismo me apunto. O a Turquía, que en cuanto he acabado con los escoceses he empezado con los turcos de 'Divinity'. Internacional que es una.

Por las tardes, me voy de museos. O de compras. O al cine. O de cenita con las de Pediatría. Qué majas son. La médico y la enfermera. Unas crías, pero que me dan mil vueltas. Lo que saben las nuevas generaciones. Y, cuando ellas están a sus cosas, me voy con un par de médicos de familia. Otros dos niños, que les veo con el fonendo al cuello y parece que vayan a jugar al 'Operaciones'. Y venga cervezas, y venga chupitos de Jägermeister. Así llegué yo ayer a la consulta, que me quedé durmiendo mientras el señor Juan me contaba otra vez lo de su próstata. Me desperté cuando me dijo que la cosa no le funcionaba, que su mujer le había dicho que tenía falta, y que si le recetaba algo. Noventa y tres años él, ochenta y siete ella. Eso sí que es actividad. Pero paranormal.

Mientras tanto, Alberto me llama día sí y día también. Que qué le hace de comer a los críos. Que cada cuánto hay que sacar al perro. Que dónde se echa el suavizante. Y el viernes a mediodía ya me está diciendo que salga pitando para la playa en cuanto termine de pasar consulta porque me echa mucho de menos. Acabáramos: lo que quiere es que ponga lavadoras, y que planche, y que le deje el congelador lleno de tuppers. El aliado feminista, ya te digo. Ahora, que yo no me siento culpable. Ni una chispa. Y no será porque mi madre no lo intente, que se pasa el día diciéndome que cómo tengo el valor de dejar a mi marido y a mis hijos tirados en la playa. Como si los hubiera abandonado en una gasolinera. Pero es que ella es exagerada de nacimiento. Y pesada, que también. Cuarenta y cinco años tengo, y me trata como si tuviera doce. La tía me llama todas las noches al fijo para saber si estoy en casa, así que le he pedido a la pediatra que me enseñe a desviar las llamadas al móvil. Anoche le contesté desde una terracita, y coló. Pero es que lo tengo clarísimo: ya pueden protestar mi madre y mi marido, que yo repito el año que viene. Les digo que me mandan a un congreso y me largo a Escocia con las de Pediatría. Y que rece mi señor esposo para que no me traiga un pelirrojo como souvenir.

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