El trastorno

ANTONIO PARRA

Uno de mis camareros de cabecera durante los días anuales en este gran certamen que es el Festival Internacional del Cante de las Minas, aquí en La Unión, se me acerca mientras tomo café una vez rematado el almuerzo, me da la mano y me dice: «Hoy estoy regular». Él es educado y profesional, y lo que hace habitualmente cuando me ve es preguntar cómo estoy yo, siempre llamándonos de usted. Pero esta vez se refiere a su propio estado.

-«Qué ocurre, hombre?», le pregunto.

-«Na, que hay uno ahí que está pim pam pum...».

-«Nada, ni caso, usted a lo suyo», intento tranquilizarlo.

-«Si yo voy a lo mío, pero al final te trastornas».

El trastorno. En la peculiaridad del habla murciana, que algo se trastorne no apela solo a su significado general de que una cosa cambien su estado habitual, que algo se salga de su torno. En el habla tradicional murciana tiene un significado más específico, referido a las personas y al estado de salud.

-«Se ha muerto Fulanito».

-«Pero, ¿qué le ha pasado?»

-«Pues nada, que le ha dado un trastorno y...».

-«Pero si estaba bien, con lo fuerte que era».

-«Para que usted vea, señora Josefa, no somos nada».

En la vida tradicional, antes de la sociedad del bienestar y de la seguridad social universal, cuando a alguien le daba un trastorno se le administraba una taza de manzanilla o un poco de hierbaluisa y pronto mejoraba, porque igual era un simple sofoco o un disgusto («pesambre», de pesadumbre, se dice por aquí). Si el trastorno persistía se le aplicaban paños calientes, y veces con eso bastaba, además de un caldo de gallina vieja o de pichón. A las malas, a la desesperada, venía el practicante y le inyectaba una penicilina que servía para todo, para un catarro y para un cáncer ignorado. De todos modos, algunas veces, el enfermo moría, porque como escribió Borges: «Morir es una costumbre/ que sabe tener la gente».

Lo peor es cuando algo, o alguien, no se da cuenta de que está sufriendo un trastorno. O peor aún: cuando se da cuenta pero no quiere acudir al médico. Entonces las consecuencias pueden ser fatales, la decadencia es inevitable.

Mañana iré a preguntar a mi amigo el camarero, que siempre escucha, a ver cómo va de lo suyo. Seguro que el trastorno ya se le ha pasado.