Tarde sin reloj, tarde de vinos

César García Granero
CÉSAR GARCÍA GRANERO

Se llama Abel Mendoza y tiene una bodega en La Rioja. Lo conocí el jueves en Murcia, en una cata de sus vinos, y me dejó sorprendido. Habla de la tierra como si la tierra fuera una extensión de su cuerpo, como si el final de sus brazos no fueran las uñas, sino las viñas. Sus vinos cambian en cada añada, es normal porque no son producto de un laboratorio. Cambian según haga frío o calor, llueva o no, esté el cielo de humor o esté mohíno. Así que no, no son producto de un laboratorio: son hijos de su tiempo. Un poco hijos de su tiempo y un poco de su ingenio y otro poco de su paciencia y otro más de algo que no da ni la mejor barrica del mundo: su entrega. Tragedia más tiempo es igual a comedia, que decía Woody Allen. Aquí no hay tragedia ni hay comedia, pero sí tiempo. Mucho. Toda la vida lleva este hombre descaderándose en una tierra que huele a tierra, porque la trabaja sin la cicuta de los pesticidas y con esa pericia que no dan los libros, sino respirar un día y otro a campo abierto. Él lo ha hecho y lo ha conseguido. Sus vinos son excelentes: más que un agricultor, es un orfebre.

En cierto modo, me recuerda un poco a mi abuelo materno, que también dejó su vida en la tierra, con amor, tesón y cabezonería, de todo un poco. Era tozudo, pero tenía buen corazón, y era rudo, pero tenía el amor innato por el disfrute de las cosas pequeñas, y le gustaba la soledad pero se sentía a gusto en su tierra, que para él no era el suelo donde pisaba, sino su segunda casa e incluso mucho más: el mundo conocido.

Son apegos que solo se ven en gente de edad. Volvemos a lo mismo: necesitan del ingrediente del tiempo. Es difícil verlos en personas más jóvenes, empezando por mí, o quizá es que ya no se lleva, no lo sé, pero da gusto escucharlos de lo que hacen y cómo lo hacen. Estás en la mesa, tomando vinos, y parece que estuvieras allí, en la bodega, pisando uvas. Por un rato te olvidas de todo. Cuando nos quisimos dar cuenta, mis amigos y yo, eran casi las ocho. Fue una de esas tardes sin reloj. No encuentro forma mejor de definir un buen rato.