La Raya Azul

Rubén García Bastida
RUBÉN GARCÍA BASTIDA

Nos retábamos para llegar a la Raya Azul. Veraneábamos en Los Urrutias. Algunos de mis amigos iban a La Manga y otros a Águilas o a Mazarrón. Yo, a Los Urrutias; la playa a la que ahora sus vecinos quieren cambiar el nombre por Los Olvidados. Para ser honestos nunca hubo demasiado que hacer allí: jugar a la pelota en la arena, tomar el sol y bañarte hasta que se te arrugaran los dedos. Tampoco pedíamos más. Cada año me montaba en el coche de mis padres rodeado de maletas y plantas con las mismas ganas de volver y ver pasar las tardes frente a lo único que de verdad importa en Los Urrutias: el mar. Esa rareza geográfica que, desde nuestra perspectiva, hacía flotar los edificios de La Manga sobre el horizonte. La otra cosa que nos gustaba mirar era la línea que dibujaba el agua a unos cien metros de la orilla, donde empezaban las algas. La llamábamos la Raya Azul, en parte porque éramos unos zoquetes cromáticos y, en parte, porque nos empeñábamos en ponerle nombre a todo. En realidad era más bien turquesa, o verde. Qué importa. Para los niños era el lugar en el que el fondo se oscurecía y se dejaba de hacer pie. La imaginación se disparaba. Entre los chavales era habitual retarse a ir a la Raya Azul como prueba de valentía. Años más tarde la situación empeoró y a aquella línea la subrayó otra -esta vez, amarilla- formada por las boyas de las redes antimedusas. Nosotros habíamos crecido, pero el peligro también, así que el lugar al que daba miedo llegar seguía siendo el mismo.

El pasado jueves los vecinos de Los Urrutias protestaron por la razón por la que lo hacen todos los años: el estado de la playa. Ese día los servicios municipales limpiaron la arena. Nada que hacer con los lodos en los primeros metros de baño. Entre abril y octubre no los pueden tocar por criterios medioambientales. Entre noviembre y marzo, suponemos que por mala memoria. Y eso se suma a que el agua sigue tratando de recuperarse del peor episodio de su historia, cuando en 2016 el Mar Menor tocó fondo y se convirtió en 'sopa verde'. Fue el verano en que descubrimos que lo que nos daría miedo ya no sería nunca más la Raya Azul, sino dejar de verla.