La cuerda

ANTONIO PARRA

Hay cosas que solo ocurren en el mundo del flamenco, en ningún otro espectáculo, sea una ópera o un concurso de jotas lagarteranas. Pero en el flamenco, tan falto muchas veces de seriedad profesional, todo es posible. El sábado por la noche, junto a Pasión Vega, actuaba el guitarrista jerezano Diego del Morao, hijo del añorado Moraíto Chico y sobrino nieto del Morao. Ahí queda eso.

Bueno, Diego ya lleva sus años de trajín en esto. Al margen de que a mí me parece un 'tocaor' excesivamente valorado, con eso del soniquete jerezano y otras místéricas presencias angelicales, al margen de eso, decía, al hombre se le rompió una cuerda y... ¡no llevaba repuesto! Pues nada, 45 minutos de retraso para el comienzo del espectáculo. La Unión buscando una cuerda como los gitanos de Machado buscaban una escalera para subir al madero en Semana Santa.

Por cierto, Pasión, que ya estuvo aquí con algo parecido hace unos años, organiza en el escenario una especie de 'performance' doméstica, algo así como una mudanza en pleno agosto, sacando y poniendo trastos en el escenario. Yo la vi entonces y acabé agotado. ¡Cómo debe acabar ella!

Borges, que estaba en todo, escribió las milongas 'Para las seis cuerdas'. Ahora, con la colaboración del Morao, podría dejarlas en cinco, al compás de estos tiempos de crisis y restricciones. En el poema de Borges faltaba la música sonora, en el caso que nos ocupa (y preocupa) faltaba un poco de cabeza y de seriedad.

Pues a lo nuestro, compañero. Llega un cantaor y dice: «Respetable público: me van ustedes a disculpar que traigo un catarrillo que...». Con eso lo que nos quiere decir es que va a cantar poco y mal, pero eso sí, va a cobrar el caché completo. Por menos que eso Teresa Berganza o Victoria de los Ángeles suspendían conciertos y, por supuesto, no los cobraban. Pero aquí no, se cobra y salga el sol por Antequera. Así que nada de 'respetable' público. Ha habido cantaores a los que les ha durado el catarro décadas, e incluso toda la vida; vamos, que se les había roto una cuerda en la garganta y no llevaban repuesto. Y es que en el flamenco hay resfriados muy malajes, peores que un virus de quirófano.

Les cuento: anoche, cuando llegué al Vinagrero, ya se habían zampado los artistas todo el salmorejo. A ver si hoy toco la cuerda adecuada y pillo algo.