Kamasi el gigante

El saxofonista estadounidense Kamasi Whasington, en Cartagena. /P. Sánchez / AGM
El saxofonista estadounidense Kamasi Whasington, en Cartagena. / P. Sánchez / AGM

El de Los Ángeles ofrece hora y media de pura lujuria sonora en una propuesta superlativa

Jam Albarracín
JAM ALBARRACÍN

¡Qué barbaridad, qué disparate, que tsumani para los sentidos! Busquen un diccionario de superlativos: seleccionen, copien y peguen. Así ahorramos tiempo y espacio, pues con gran probabilidad todos ellos encajen para valorar la propuesta de Kamasi Washington y su banda excepcional. Todo en la música del de Los Ángeles, debidamente amplificado en directo, es asombroso, desmesurado, brutal. No diré inaudito porque en realidad casi todos sus sonidos forman parte del mejor linaje del jazz y por tanto resultan de algún modo familiares, pero esgrimidos así, con semejante dominio del ritmo, con tal capacidad para variar registro y protagonismo, suenan a algo nuevo. Lo decía el propio Kamasi en entrevista a 'La Verdad', no es tanto lo que tocas sino cómo lo tocas. Y en su caso es pura espiritualidad en estado salvaje, aunque parezca contradictorio. La suya es una propuesta directamente abrumadora, que casi avasalla, que sacude el cuerpo y limpia el espíritu. No me extraña que su primer álbum se titule 'The Epic'. Ningún otro enunciado podría ser más fiel.

Ficha

Concierto:
Kamasi Washington.
Formación:
Kamasi Washington (saxo), Brandon Coleman (teclados), Miles Mosley (contrabajo), Ryan Porter (trombón), Rickey Washington (trompeta), Tony Austin (batería), Ronald Bruner Jr. (batería) y Patrice Quinn (voz).
Lugar:
Auditorio Parque Torres, 21 de julio.
Calificación:
Soberbio.

Seis piezas –que valen por 18– para hora y media de pura lujuria sonora en la que, siempre desde un virtuosismo individual (es jazz) que no obstante ofrece una poderosa sensación coral, caben desde ese jazz-rock del periodo entre décadas 60-70 (Return to Forever, Wayne Shorter) que en otras manos sería digno de fusilamiento, pero que guiado por el teclado de Brandon Coleman se convierte en manjar (una vez más el cómo antes que el qué), hasta la herencia del maestro Herbie Hancock ('The rhythm changes', con las vocales sin tratamiento alguno de la posesa Patrice Quinn), el acento latin -¡sí, latin!- de 'Oscalypso', la belleza sin parangón de 'Truth' o ese final glorioso de 'Fists of fury'. No me extraña que el público se resistiese a marcharse hasta pasados casi 15 minutos de finalizada la actuación.

Cada solo (insisto, es enraizado y contemporáneo a un tiempo, pero es jazz) es mejor que el anterior, caso de que esto sea posible pero, vuelta a lo grupal, nunca son del todo solos, siempre arropados de fondo por algún instrumento amigo. Es una osadía destacar a alguien, pero me permito hacerlo con el bajista Miles 'Dios Bendito' Mosley. Deformación profesional, tal vez. Y en el centro del todo, en pleno ojo del huracán, está Kamasi. Un Kamasi que ejerce como líder, repartiendo juego cual Sergio Llul y Ricky Rubio juntos, y de vez en cuando se marca un triple desde siete metros, aunque guste más de las asistencias que del lucimiento personal. Luce la banda, embriaga, avasalla, enamora, tritura posibilidades, deja boquiabierto al personal: esto no se podía hacer. O eso pensábamos. La gran apuesta de La Mar de Músicas 2019 confirmó su condición estelar. Y superó las apuestas.

Previamente, en el Patio del CIM, el portugués Rui Massena ofreció un relajante recital de piano con esa cosa que tienen los recitales de piano que cada acorde, por simple que fuera, pareciera trascender el universo. La habitual simpatía lusa restaba ampulosidad a un discurso mejor cuanto más alejado de la new age. Que a estas alturas tengamos que volver a lidiar con aquella farsa sonora me parece para llorar, aunque por momentos y con cuentagotas pueda ser hasta bonito. La intrascendencia de lo pretendidamente trascendente. Olviden el último párrafo y recuerden este nombre: Kamasi Washington. Y dónde lo vieron.