Que cien años no es edad

ANTONIO PARRA

Por La Unión, estos días de festival, pasa gente que normalmente no está aquí. Es lo que tienen las fiestas patronales o, como en este caso, el Festival. Antes, en las primeras ediciones, coincidían ambas cosas: en octubre, fiestas de la Virgen del Rosario y festival. Yo casi no había nacido, no crean, pero tengo memoria prenatal.

Les digo, por La Unión pasa gente estos días que normalmente no anda por aquí. Pero antes de hablarles de eso quiero recomendarles vivamente la gala de esta noche (por cierto, patrocinada por este periódico). Si están ustedes en la playa, en La Manga o en Los Alcázares, peleándose a capa y espada con las medusas, pasando calor o compartiendo el pis de los demás, haga una tregua en la desigual pelea y vénganse al Festival a ver a estos dos artistas: El Pele y Alba Heredia.

El Pele es un genio en parte incomprendido. Ahora todo es morentismo. Pero yo, que no voy a negar el magisterio a Morente, considero que una de las características musicales del cantaor desaparecido, sus saltos atonales, es algo que este gitano cordobés, El Pele, hizo siempre de manera natural, sin creer que estaba cambiando la historia de la humanidad por ello. Y en cuanto a Alba Heredia, joven bailaora gitana, formada en la cueva de sus padres y de su abuela, la cueva de la Rocío del Sacromonte, es de una fuerza y de una verdad incontestables.

Pero volvamos al principio, que me adorno por chicuelinas y me olvido del artículo y de la insulina. Esto va por épocas, cada tiempo ha tenido sus personajes habituales. Algunos se cansaron de venir (yo mismo he iniciado ya mi tenue despedida) y otros van desapareciendo: Pepe Gordo, Ángel Álvarez Caballero, Félix Grande. Por no hablar de personajes insignes de la propia Unión, como Pencho Cros y Asensio Sáez.

En fin, el paisaje humano va cambiando cada cinco, diez o quince años. Y yo el primero. Todo cambia, salvo el Vinagrero, el centenario restaurante unionense, firme como la isla de León. Por cierto, les dejo que me voy allí a cenar antes de que los demás se zampen la tosta de sardina ahumada. Dios le conceda otros cien años de vida bien cocinada.