Terremoto pone el buen cante

Los seis hermanos Vivancos que actuaron en el Cante de las Minas, al comienzo del espectáculo. / Pablo Sánchez / AGM
Los seis hermanos Vivancos que actuaron en el Cante de las Minas, al comienzo del espectáculo. / Pablo Sánchez / AGM

Vino a enseñar sus credenciales y se hizo la dueña de La Unión; Los Vivancos, nacidos para bailar, ofrecieron el postre conceptual

PATRICIO PEÑALVER

En el ecuador de las galas del Festival y en su cenit más alto, la noche del domingo, el cante jondo lo sirvió en bandeja de plata María Terremoto mientras Los Vivancos ofrecieron el postre conceptual, con un gran espectáculo visual, más allá de lo que entendemos por flamenco. La joven cantaora María Terremoto llegó a La Unión a dejar sus credenciales y a mostrar el origen y la identidad del ritmo que le caracteriza, desde su abuelo Fernando Terremoto, su padre Fernando Terremoto hijo, y su tía abuela María Soleá. ¡Casi ná! La jerezana que en la última Bienal de Sevilla, con 18 años, fue galardonada con un Giraldillo como Artista Revelación, siendo la primera que lo consigue tan joven, sigue en una progresión que no cesa. Con mucho poderío y mucha flamencura comenzó con tres tonás que anunciaban, a palo seco, el metal de su garganta. Por el cante dominante de su tierra, despacito y a compás, dejó unas soleás por bulerías marca de la casa de Terremotos, con esos particulares fraseos a modo de seísmo. En la tanda de seguiriyas se dolió, en su ayeo trágico, con las notas precisas de la guitarra de Nono Jero, entregándose y peleando el cante, para recortar el último tercio, levantándose de la silla, con donosura a lo Rafael de Paula. Con esa cadenciosa manera del cante por tientos de su tierra, comenzó a gustarse y para iniciar una serie de tangos, se levantó y se hizo la dueña del escenario, cantando de un lado al otro, recorriendo las tablas con esa manera que recordaba a la última actuación de la Paquera de Jerez, en ese mismo lugar.

Por fandangos se volvió a lucir y ya dijo que se lo estaba pasando en grande, como nunca. Y ya para terminar su muy buena actuación, con el compás de las palmas de Manuel Cantarote y Manuel Valencia y la sonanta de Nono Jero, que estuvo limpia y sonora, remató el cuadro con esas bulerías aceleradas al más puro estilo jerezano. Y ahí se comía el escenario, braceaba y hasta echó un baile, recordando ese tiempo que pasó con la bailaora Manuela Carrasco, que es como su tercera abuela. Con esas buenas vibraciones, tuvo que hacer un sucinto fin de fiesta, con su cuadro, dejando alto el pabellón.

Los que venían a romper el cuadro y a montar el pollo y la gran fiesta visual eran Los Vivancos, los hermanos Elías, Judah, Josua, Cristo, Israel y Aarón -Josué está de año sabático por su reciente paternidad-, hijos de Pedro Vivancos García, que llegó a bailar con Antonio El Bailarín. Y vaya que lo consiguieron. Se apagaron las luces, silencio, expectantes minutos, y sorpresa: Los Vivancos irrumpen por la puerta de entrada y cruzan el pasillo, entre el público, mientras silban la canción de los 'Siete enanitos'. «Ayho, ayho, al bosque a trabajar». Comenzaron los taconeos, los giros y los desplantes de su espectáculo 'Nacidos para bailar', en el que la danza, las artes marciales y la acrobacia se van mezclando con un cierto humor a lo Monty Python, con una mezcla de cortes musicales que van desde Metallica y Deep Purple, a Leonard Cohen o Mozart y Beethoven.

Un espectáculo muy dinámico, muy cuidado en su diseño, que no deja de sorprender en sus diversos cuadros. De pronto un bailaor zapatea sobre un estrecho cajón flamenco, mientras salta en el aire hacia arriba, y otros dos componentes introducen un nuevo cajón durante el salto, hasta el más difícil todavía, cuando colocan un tercer cajón. En otro momento, sobre el escenario un componente sentado con un violonchelo toca las cuerdas, sale otro y se sienta con él y a través de gestos de mimo quiere que lo deje tocar. Salen otros dos que los observan, y al final con virtuosismo llegan a tocar el instrumento a ocho manos. Otro momento impactante es esa escenografía en la que incluyen una plataforma metálica. De pronto, en un fascinante juego de luces rojas, uno de los Vivancos al fondo se arropa con una capa roja, de la que al caminar hacia el centro irá surgiendo un grupo fantasmal formado por los demás, hasta que termina por tirar y cae la tela de grandes dimensiones de la plataforma. Entre fantasía y fantasía, otra vuelta de tuerca, cuando entre luces y sonidos aparece un cuadro de robot y mientras bailan, entre luces azules y rojas, va apareciendo y cambiando de lugar repentinamente. Al final, en esa interacción con un público sorprendido, bajaron a saludar por el pasillo central y explicaron que con su propuesta de «taconeo solidario» un porcentaje de la taquilla lo entregarían a una ONG para niños. Invitaron al respetable a levantarse, alzar las manos, y dar tres zapateados, al compás de ellos. Lo dicho: un gran espectáculo visual.

 

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