La belleza desvestida

Luísa Sobral, sobre el escenario del antiguo CIM, el sábado./ pablo sánchez / agm
Luísa Sobral, sobre el escenario del antiguo CIM, el sábado. / pablo sánchez / agm

Luísa Sobral ofreció un espléndido concierto, delicioso en su discurso, acariciante en sus formas, y con el añadido de hacer sentir al espectador como si estuviese en el salón de una fiesta privada

Jam Albarracín
JAM ALBARRACÍN

La gran delicadeza, el encanto de la naturalidad, la belleza desvestida. Luísa Sobral ofreció un espléndido concierto en La Mar de Músicas, delicioso en su discurso, acariciante en sus formas, y con el añadido de hacer sentir al espectador como si estuviese en el salón de una fiesta privada, de puro cercano y cordial. Sin batería o percusión alguna y con una formación singular: tres metales -Angelo Pedro Camolas (trompa), Paulo Ricardo Nunes do Carmo (fliscorno) y Gil Batista Gonçalves (tuba)-, guitarra acústica (Manuel dos Reis Rocha) y una Luísa Sobral cuya voz de flor y ambrosía lo impregna todo de aromas de amor.

Amor balsámico y familiar pero, desde luego, nada tórrido o carnal. Su último disco, 'Rosa', está dedicado a su hija, como también 'Benjamim' -ella pensaba que tendría un niño-, 'Para ti' -ahora sí, a su hijo, una especie de banda sonora de su embarazo- o 'Dois namorados', linda historia de amor entre dos abuelos. Las canciones de Sobral están plagadas de caricias y de besos, pero esto sí, en la mejilla. Formalmente, suena ora más brasileño -preciosa 'Só um beijo', cantada a dos voces con Manuel dos Reis-, ora más pop -la conocida 'Amor pelos dois', los singles 'O melhor presente' y 'Maria do Mar'- o acercándose ligeramente al jazz. En todos los casos, manteniendo siempre un alto nivel que se ve aumentado gracias a su capacidad para transmitir emoción y a sus simpáticas frases introductorias en muy buen español.

Era su tercera vez en Cartagena, primera en La Mar, de ahí que Luísa afirmase sentirse como en casa («en ninguna otra ciudad de fuera de Portugal he tocado tantas veces»). Dados su calidad y encanto, seguro que a nadie le importaría que regresase pronto. Luísa Sobral es estupenda, pero además es tu amiga. Esa sensación.

Yoga islandés

Bien diferente resultó la propuesta de Ólafur Arnalds. Una suerte de encantamiento basado en fraseos seriados de piano un tanto a la Philip Glass, aderezados por una sección de cuerda y puntuales programaciones percusivas. Incluso hizo cantar un coro tipo 'om' al público para utilizar de base, pero, pese a una innegable elegancia ambiental, no eran horas ni lugar para ponerse a hacer yoga. El problema del discurso del islandés no es ya su frialdad formal y conceptual, sino la ausencia de oscuridad, de cualquier cosa que suene inquietante o abrupta, la inexistencia de rupturas o giros inesperados, el recuerdo excesivo a aquella época en la que los yuppies flipaban con el humo envasado al vacío que fue la denominada 'new age'. Demasiada luz, demasiada paz interior, demasiada corrección y espiritualidad envasada por Armani. Me quedo con mis demonios, gracias.

La 'fiesta' del Parque Torres finalizó, tras otra pausa para el cambio excesivamente larga, con la viveza rítmica de la nutrida -12 músicos y un cantante bien arropado a los coros- Orquesta D'Akokán. Cuba vía Nueva York. Aquella salsa que popularizó en los años 50 Tito Puente en La Gran Manzana: rumba cubana, chachachá, mambo y compañía pasados por un ligero tamiz jazz e interpretado con exuberancia por una poderosa orquesta bien surtida de metales. Un poco de alegría que supo mejor después de la meditación islandesa.