Vagos por naturaleza

El cerebro tiende a favorecer los comportamientos sendentarios, según la investigación. / r. c.
El cerebro tiende a favorecer los comportamientos sendentarios, según la investigación. / r. c.

Un estudio de una prestigiosa universidad canadiense concluye que estamos programados para hacer el mínimo esfuerzo

IRMA CUESTA

Si está usted dentro del enorme colectivo de humanos que soporta con resignación a un compañero, un hijo o un hermano zángano hasta la exasperación, debería hacer un esfuerzo y tratar de ser comprensivo. Y, cada vez que le entren ganas de abalanzarse sobre él y darle un buen meneo confiando en que eso le sacuda la pereza, respirar pausadamente y esperar a que el aire vaya saliendo lentamente de su cuerpo. Es más, debería mirarle con dulzura y seguir adelante con lo que tiene entre manos, porque todo apunta a que, por mucho que nos pese, todos somos vagos por naturaleza y, ya puestos, algunos mucho más que otros. Eso es, al menos, lo que se desprende de un estudio sobre el comportamiento humano.

Según el neurocientífico Matthieu Boisgontier, un profesor de la Universidad de Columbia Británica, en Canadá, estamos programados para hacer el mínimo esfuerzo. Tras varios años de estudio, Boisgontier ha llegado a la conclusión de que si no te vuelves loco por acercarte al gimnasio después de diez horas de trabajo duro, o de echar a correr nada más levantarte, no eres un bicho raro; en realidad, no eres más que un tipo normal.

Para confirmar sus sospechas, el profesor Boisgontier y sus colegas reclutaron a un grupo de jóvenes voluntarios a los que sentaron en un sofá frente a un ordenador con unos electrodos pegados a sus cabezas para medir su actividad cerebral. Allí, cómodamente repanchingados, debían controlar con un mando un avatar que aparecía en la pantalla. El experimento consistía en mostrarles imágenes que representaban actividad física o inactividad, y los 'conejillos de indias' debían mover el avatar lo más rápido posible hacia las que mostraban actividad y alejarlo lo más deprisa que pudieran de las sedentarias.

Los expertos creen que es una táctica de supervivencia del organismo para ahorrar energía

El estudio, recogido por varias revistas especializadas, demostró que los voluntarios eran mucho más rápidos cuando dirigían su avatar hacia las imágenes de actividad que al alejarlo de las perezosas, pero los electroencefalogramas dejaron bien claro que también consumían muchos más recursos cerebrales. «La gran novedad de este experimento es que demuestra que si eliges las imágenes de actividad física pagarás un alto coste en términos de gasto de energía por parte del cerebro, y de ahí que éste tienda a favorecer los comportamientos sedentarios», ha explicado el profesor canadiense, apuntando a que va a ser complicado modificar algo que parece venirnos de serie. Es más, el experto opina que el fracaso de las políticas públicas para contrarrestar la pandemia de inactividad física que asola a buena parte de los humanos desde que no estamos obligados a cazar para procurarnos el alimento puede deberse a procesos cerebrales que se han desarrollado y reforzado a lo largo de la evolución, empeñados en ahorrar energía por si vienen tiempos peores.

Química cerebral

No es la primera vez que la ciencia echa el resto tratando de entender por qué, en ocasiones, nos cuesta tanto levantarnos de la cama. Hace solo unos años, otro estudio, firmado esta vez por un equipo de investigadores de la Escuela de Medicina de la Universidad de Swansea, en el Reino Unido, comprobaba que la mayor parte de las veces se trata de una especie de 'jugada' inteligente del organismo para guardar energía y utilizarla cuando realmente sea necesario. Además, los científicos demostraron que algunas personas tienen que hacer mayor esfuerzo para empezar el día con energía por culpa de la capacidad de algunos genes de modificar los niveles de ácido ribonucleico (ARN), que es lo que indica cómo de activa es una persona.

Si alguien aún tiene dudas sobre la existencia de cierta responsabilidad genética en lo de ser vagos, otro estudio realizado por un grupo de investigadores de la Universidad de Misuri (EE UU) se ha encargado de despejarlas. De acuerdo con sus hallazgos, existen nada menos que 36 genes relacionados con la motivación para vencer la pereza y promover el movimiento y el ejercicio. Es verdad que el experimento se realizó con ratas, que no es exactamente lo mismo, pero a estas alturas ya nadie cuestiona que la voluntad que exhibimos a la hora de ponernos manos a la obra depende, en gran parte, de la química de nuestro cerebro. Después de analizar a un grupo de roedores que corrieron voluntariamente durante varios días en ruedas giratorias, se dieron cuenta de que había un grupo mucho más activo que otro, lo que atribuyeron a las diferencias en los rasgos genéticos de los animales.

Hace tiempo que sabemos gracias a Max Donelan, un investigador canadiense, que cada persona camina de una forma propia, pero siempre con la vista puesta en ahorrar energía. «Hemos descubierto que las personas cambian con facilidad la forma en la que andan, incluyendo algunas características que se han establecido tras dar millones de pasos a lo largo de su vida, para poder ahorrar pequeñas cantidades de energía», aseguraba el científico, confirmando que la mayoría preferimos hacer las cosas como manda la ley: la ley del mínimo esfuerzo.

España es el quinto país del mundo donde más se anda

Aunque haya quien asegure que somos vagos por naturaleza, está claro que a la mayoría no le queda otra que desperezarse y echar a andar cada día. Y eso, según un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Stanford (EE UU), los españoles no lo hacemos nada mal. De hecho, damos una media de 5.936 pasos diarios, una cifra que nos coloca en el quinto lugar del mapa mundial de la actividad física, solo superados por chinos, japoneses, rusos y ucranianos. En el otro extremo de la tabla están los habitantes de los países del golfo Pérsico y del sudeste asiático. Estados Unidos, México y Brasil son las naciones occidentales más perezosas, lo que, en el caso de las dos primeras, coincide con los más altos índices de obesidad del planeta, y en la tercera, con un alarmante aumento del sobrepeso en los últimos tiempos.

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