Vacaciones con reservas

Una pareja se toma una copa en una piscina de un resort turístico 'libre de niños'. / r. c.
Una pareja se toma una copa en una piscina de un resort turístico 'libre de niños'. / r. c.

¿Practican los hoteles 'solo para adultos' una flagrante discriminación de los niños o simplemente responden a una demanda creciente de su clientela? Su número aumenta al mismo ritmo que las reclamaciones por una supuesta violación de los derechos infantiles

IRMA CUESTA

Si está usted entre ese grupo de personas sin hijos decidido a disfrutar en paz de su tiempo libre, o si, habiendo traído a este mundo a algún que otro ejemplar de la raza humana, hace tiempo que ellos viajan solos, puede que forme parte de ese inmenso colectivo que trata de esquivar cualquier posibilidad de cruzarse con un niño durante sus vacaciones, ya sea en el hotel en el que se hospeda, el restaurante al que le gusta acudir de vez en cuando o el avión que le llevará al otro extremo del mundo. Es un hecho que cada día son más los que buscan establecimientos que hayan colgado el cartel de 'Solo adultos', alimentando una vieja controversia.

No se trata de una tendencia de moda, sino de una oferta turística consolidada que muchos ven como la respuesta a sus plegarias y otros tantos como una discriminación en toda regla; una violación descarada del artículo 2 de la Convención de Derechos del Niño, o de cualquier tratado de derechos humanos. Mientras las cadenas hoteleras aumentan de año en año sus ofertas de establecimientos 'child free', juristas, organizaciones de defensa de los derechos de los niños e, incluso, colectivos que velan por los consumidores, ponen el grito en cielo. El debate sobre los límites entre el derecho de admisión y el de no discriminación está servido.

«Estamos ante una cuestión muy complicada: el sector empresarial que opta por este tipo de oferta la justifica amparándose en el derecho de admisión y en la libertad de empresa, que les faculta para una especialización de los servicios de ocio dentro de la legalidad. Esgrimen como argumento que nos encontramos ante una sociedad cada vez más segmentada y que no se trata de una exclusión, sino de la existencia de empresas que dirigen su oferta de servicios a un determinado sector de la población, en este caso a un público exclusivamente adulto», explica Carmen Andrey, del bufete AndreyFerreiro, a quien el tema le toca de cerca. La abogada, que no se plantea salir de vacaciones sin sus dos hijos de 4 y 5 años, contrapone esa forma de ver las cosas a la de otro grupo de opinión, formado en su mayor parte por asociaciones familiares, que argumentan que el derecho de admisión no es ilimitado, por lo que debe existir una causa justificada y objetiva para la exclusión del menor. «El asunto está en cómo justificamos la exclusión de un menor en un hotel o restaurante por el simple hecho de entender que va a molestar al resto de clientes», añade.

«No hay polémica, hay ofertas distintas para clientes diferentes»

Una idea que comparten organizaciones como Unicef, que enarbolan la bandera de los derechos humanos fundamentales para explicar que cualquier discriminación por razón de raza, religión, ideología o edad es absolutamente injustificable. Cristina Junquera, responsable del comité español de la ONG, admite que el debate lleva tiempo abierto y alerta de que el asunto es mucho más importante de lo que a algunos pueda parecerle. «Nosotros no solo mantenemos que este tipo de prácticas vulneran todos los derechos fundamentales; vamos más allá y defendemos el valor social del niño, un asunto que entendemos prioritario en un mundo cada vez más envejecido».

Una idea muy parecida a la que han esgrimido juristas como Fernando Simón Yarza, profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de Navarra, que es tajante al respecto. «No puede prevalecer la discriminación por una condición personal como ser niño. En el ámbito privado opera el principio de no discriminación odiosa. Cuando se hacen distinciones basadas en una condición personal no puede ser a capricho, tiene que haber un interés apremiante. Además, no es positivo que una sociedad considere molestos a los niños o que prevenga contra ellos».

La realidad es que cada día son más los hoteles que excluyen a las familias con hijos menores -un estudio realizado por Liligo estima que existen alrededor de mil en todo el mundo que funcionan bajo el concepto 'adults only'-, los restaurantes que no admiten menores, las aerolíneas que reservan parte de sus cabinas para quienes no quieren cruzarse con un solo chiquillo durante el vuelo y los trenes con vagones que obligan a guardar silencio invitando a los padres a que busquen otro asiento para sus criaturas.

El primero en España en apostar abiertamente por ofrecer este tipo de servicios fue el Hotel Neptuno de Gran Canaria, en cuya página web se lee 'Este es un hotel exclusivamente para mayores de 18' y se muestran decenas de fotografías en las que parejas adultas de todas las edades se relajan en la piscina, se dan a la buena mesa o se toman un copa mientras parecen estar pasándolo de miedo. «Nosotros lo tuvimos claro desde hace años y el tiempo ha confirmado que la demanda no deja de crecer», explica Armando Romero, director del establecimiento y responsable de la página web adults-only-holidays.com, perteneciente a la cadena hotelera Mur. Romero reconoce que cuando en 2007 decidieron apostar por el público adulto aún pasaron por el hotel unos cuantos niños a los que, por ley, no pueden decir que no, pero que pronto dejaron de hacerlo. «Es fácil darse cuenta de que en un hotel cuyos servicios e instalaciones están enfocados a los mayores un chaval no pinta nada. Salvo que quieras amargarle a tu hijo las vacaciones, no vienes», dice. Armando recuerda que hasta hace treinta años ninguna familia con niños iba a hoteles de cuatro estrellas, y que fue al percatarse el sector de que ahí había un nicho de mercado importante cuando comenzaron a materializarse ofertas para incorporar es tipo de clientela. «No hay ninguna polémica. Igual que entonces ocurrió aquello y se establecieron hoteles con todo tipo de actividades para los más pequeños, hoy algunos nos hemos especializado en otro tipo de público, de la misma manera que los hay que admiten perros y no gatos, gatos y no perros, o solo están dirigido a gais».

Un argumento muy parecido al que mantienen desde la Federación Española de Hostelería, donde no se cansan de recordar que en España hay 370.000 empresas dedicadas al sector entre hoteles, bares, cafeterías o restaurantes, y que de la misma manera que existen establecimientos enfocados a quienes quieren aprender inglés, viajar con sus mascotas o solo ingerir comida vegetariana, los hay para quienes pretenden hacerlo con niños... o sin ellos.

Restricciones arbitrarias

Frente a la patronal del sector, que esgrime el hecho de que vivimos en una sociedad cada día más fragmentada en la que el cliente es más exigente y eso les obliga a buscar nuevos enfoques para captar nuevos usuarios, organizaciones como Facua-Consumidores en Acción alertan de la ilegalidad de prohibir la entrada de menores a cualquier establecimiento sin una razón de peso y aseguran que han recibido decenas de quejas relacionadas con este asunto.

«Es cierto que no se ha formulado aún ninguna a nivel jurídico, pero el número de consultas y reclamaciones respecto a este tema crece cada día. El argumento de los hosteleros es que hay consumidores que los demandan, y es cierto, pero el nuestro es que también los hay que no quieren cruzarse con negros o gitanos y eso no significa que estén legitimados para incurrir en esa barbaridad. En resumen, que los consumidores demanden algo no significa que sea legal y pueda llevarse a la práctica. Nosotros entendemos que sólo debería prohibirse la entrada de niños a establecimiento en los que lo que allí se haga o vea sea lesivo para ellos. Por ejemplo, es normal que un niño no pueda ver una película porno o con altas dosis de violencia, o entrar en una discoteca», expone Rubén Sánchez, portavoz de la ONG.

El hecho es que la normativa reguladora del derecho de admisión, aunque depende de la comunidad autónoma en la que estemos, en líneas generales determina que no puede utilizarse ese derecho para restringir el acceso de manera arbitraria o discriminatoria, ni situar al usuario en condiciones de inferioridad o indefensión. ¿Las consecuencias? Si un establecimiento se ha extralimitado en el uso del derecho de admisión puede enfrentarse a multas de hasta 600.000 euros.

¡Por favor, alejen de mí este huésped!

Un estudio realizado por el buscador de viajes Expedia y la compañía de investigación de mercados GfK entre más de mil viajeros ha revelado que el comportamiento más odioso para los huéspedes de un hotel es el de los niños que campan a sus anchas por el recinto. Un 67% de los encuestados los colocaron en primer lugar, seguidos de los clásicos alborotadores de pasillos (64%), esos que hablan, se ríen y gritan como si no hubiera más personas en el mundo. En tercer lugar están los quejumbrosos (54%), típicos personajes capaces de encontrar pegas donde otros ven el paraíso, y en cuarto los animados capaces de improvisar una fiesta en la habitación (52%) en cuestión de minutos y estar hasta las tantas de la madrugada con la música a tope.

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