Sacrificio de galgos: la muerte más perra

Sacrificio de galgos: la muerte más perra

Sus dueños creen que no valen ni un cartucho, así que cuando los galgos ya no sirven (por viejos, por inútiles, o porque termina la temporada de caza), les echan una soga al cuello y los cuelgan de un árbol

CARLOS MANUEL SÁNCHEZ

Ellos, que lo habían dado todo por sus dueños, sólo a cambio de una caricia o un mimo… Estos perros que sufren el maltrato por parte de sus dueños caen como moscas, víctimas infelices de la barbarie de la España profunda.

El galgo ha olido algo. Su hocico no le engaña: es un rastro de liebre. Sus músculos se tensan. Parece más flaco, más aerodinámico. Un bólido de huesos. Cuando la liebre asoma, arranca como una flecha desgarbada. La liebre huye en zigzag, quebrando su trayectoria. El galgo comete entonces un error fatal: la persigue en línea recta, por el camino más corto. Con esa carrera rectilínea ha dictado su propia sentencia de muerte. Es un galgo 'sucio'. No imita los quiebros de la liebre. Ataja. Y los galgueros no disfrutan con el espectáculo. Es probable que su dueño lo llame, que el perro acuda con su trofeo, esperando una caricia, y que le amarren una soga al cuello y lo ahorquen de la rama de un pino. Ésa es la tradición.

Este es un artículo de XLSemanal, el suplemento dominical de 'La Verdad'. Puedes seguir leyéndolo completo aquí

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