Fea por fuera, rica por dentro

Un grupo de activistas recupera en Madrid frutas en perfecto estado arrojadas al contenedor de la basura. :: DOMINIQUE FAGETafp/ /
Un grupo de activistas recupera en Madrid frutas en perfecto estado arrojadas al contenedor de la basura. :: DOMINIQUE FAGETafp / /

Casi la mitad de las frutas y verduras cosechadas se descartan antes de llegar a las tiendas por su aspecto deslucido. El consumidor quiere piezas sin mácula y lustrosas. En España están surgiendo negocios para aprovechar la mercancía poco atractiva a la vista

ANTONIO PANIAGUA

No solo las personas viven esclavizadas por los cánones de belleza. También las frutas y hortalizas están sometidas a la dictadura de los preceptos estéticos. Las piezas con manchas, deformes, de piel rugosa o con vetas se desechan con frecuencia por el simple hecho de que no son agradables a la vista. Raras veces lucen en las estanterías de los comercios porque al consumidor le seducen las frutas hermosas, redondas y de piel reluciente. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) estima que un 45% de las frutas y hortalizas que se cosechan en el mundo se descartan por culpa de la obsesión por la armonía. Sin embargo, hay esperanza. Al igual que en Estados Unidos y algunos países como Francia, Reino Unido y Finlandia, también en España están surgiendo iniciativas para reaprovechar alimentos diferentes.

Pese a que poseen las mismas propiedades nutricionales que el género más lustroso y están tan buenas como las demás, el consumidor rechaza zanahorias retorcidas, manzanas y naranjas abultadas o plátanos de piel negruzca. En ocasiones, la mercancía que se desprecia se destina a fabricar zumos, a la alimentación del ganado o la producción de biocombustibles. En el peor de los casos, termina como fertilizante natural o en el contenedor de la basura. En el mejor, se destina a fines solidarios. Mercamadrid, uno de los mayores mercados de abastos de toda Europa, dona cientos de lotes de comida no tocada por la gracia, entre ellos frutas y hortalizas, a la Fundación del Banco de Alimentos, que a su vez los reparte a organizaciones de colectivos desfavorecidos.

Comemos con los ojos y somos inmisericordes con la fruta que se sale del tiesto de la estética. Justine Petit-Debray y Toni Llull, ella argentina y él mallorquín, han unido sus fuerzas para luchar en la medida de sus posibilidades contra el derroche alimentario. Ambos dirigen FlipFood, una empresa que reaprovecha la fruta poco atractiva para convertirla en batidos y zumos, productos que luego venden a bares y cafeterías de Barcelona. Ambos trabajaron como directores de operaciones en una firma que repartía fruta a oficinas, una experiencia que les proporcionó un conocimiento bastante exhaustivo del funcionamiento de los mercados centrales de Madrid y Barcelona. «Allí vimos con nuestros propios ojos lo que ocurría: cajas y cajas de fruta en perfecto estado se desperdiciaban e iban directamente a la basura. Al principio pensábamos que era algo puntual, pero luego vimos que se hacía de forma sistemática. Los mayoristas tiraban todo aquello que no se había podido vender. Nos dimos cuenta de que era algo global, no solo de España, sino que acontece a lo largo de toda la cadena de distribución», dice Petit-Debray.

«Es importante mentalizar a la gente de que planifique el menú de la semana» Justine Petit-Debray - FlipFood

FlipFood obtiene la mercancía a precios de excedente en el mercado mayorista y a veces incluso la consigue regalada. El negocio empezó en febrero y aún es pronto para evaluar su rentabilidad, aunque, según Petit-Debray, el principal objetivo es «concienciar a la gente del despilfarro alimentario». Frente a lo que se pudiera pensar, el desperdicio de frutas se produce más en los hogares que dentro de los mercados de abastos y grandes empresas de distribución. «Por eso es importante mentalizar a la gente de que planifique el menú de la semana para no comprar en exceso y evitar tirar tanta comida», aduce la empresaria.

Recursos naturales

Además de ser poco ético descartar la comida cuando 821 millones de personas pasan hambre a diario en el mundo, el desperdicio de fruta es una dilapidación de recursos naturales. La FAO estima que para producir un tomate se necesitan 13 litros de agua y 50 para obtener una naranja. El planeta no está para tanto remilgo. Aparte de agua, las cosechas requieren semillas, tierra, trabajo de agricultores y combustible para transportar los alimentos.

El movimiento 'Ugly Food' (comida fea) trata de dar una segunda oportunidad a la fruta malnacida, esa que tiene protuberancias y echa para atrás al consumidor. Una zanahoria rara puede disuadir al cliente en la frutería, pero ¿quién identificaría una pieza horrenda en un puré o una sopa? Sin saber que lo que estaba haciendo está de moda en otras latitudes, Pilar Gil, dueña de la empresa Frutas Feas, vende naranjas desagradables a la vista a un precio inferior a las que cumplen los estándares estéticos. Pilar pertenece a una familia de productores de naranjas en Algemesí (Valencia). Lo que hacen es seleccionar la fruta en función de su aspecto y la menos aparente la venden a un precio inferior a través de la red. «En vez de enviarlas a la peladora para hacer zumos, hemos decidido que pueden tener otra utilidad, porque son naranjas estupendas. Me han llegado correos que dicen: 'Son feas, feas; pero buenas, buenas'. La caja de 16 kilos la vendemos a 16 euros. Esa misma cantidad, si carece de defectos, se vendería normalmente a 26 euros si se tratara de naranjas de zumo, mientras que las de mesa se comercializarían por 29», asegura Gil.

«Vendemos naranjas naturales; no se enceran ni abrillantan» Pilar Gil - Frutas Feas

Para la responsable de la firma de Algemesí, atenta contra el sentido común pagar un sobrecoste por una pieza de piel perfecta cuando nadie se come la cáscara. Frutas Feas abrió sus puertas en marzo, de modo que aún no tiene el bagaje suficiente para saber si la clientela está dispuesta a cambiar de mentalidad. «Son frutas recién cogidas del árbol, no pasan por la cámara y ni se enceran ni abrillantan», argumenta la propietaria de Frutas Feas. El encerado consiste en la aplicación de una capa artificial de cera sobre productos como cítricos, aguacates, piñas o pepinos. De este modo, el género adquiere un aspecto más apetecible y brillante.

La imagen es lo que importa

Es tan grande la importancia de la imagen en el sector hortofrutícola que una zanahoria candidata a llegar al mercado es sometida a rigurosos exámenes de belleza. La FAO sostiene que estos tubérculos «deben pasar por máquinas con sensores fotográficos que las analizan en busca de defectos estéticos». No se admiten curvaturas, un color naranja demasiado apagado o piezas rotas. Las patatas se retiran si sufren picotazos durante el transporte, de modo que no llegan a la planta de envasado.

Eroski es una de las pocas cadenas de grandes supermercados que ofrece frutas y hortalizas feas a un precio inferior al habitual. En su web tiene colgados algunos vídeos con recetas para preparar verduras feas. En ocasiones, la fruta acaba alimentando no a los personas, sino a los motores de los automóviles. La cáscara y otros restos de frutas como la piña son aptos para la fabricación de bioetanol.

Al detalle

Movimiento 'Ugly Food'
Pese a que poseen las mismas propiedades nutricionales que las normales, las frutas feas y deformes difícilmente entran en la cadena alimentaria porque su aspecto disgusta al consumidor. Poco a poco van cambiando las cosas, sobre todo desde que la FAO emprendió una campaña contra el desperdicio de alimentos. En EE UU, Francia, Reino Unido y Finlandia han surgido iniciativas en el contexto del movimiento 'Ugly Food', que apuesta por aprovechar la comida que se sale de los estándares estéticos.
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litros de agua se necesitan para obtener un tomate y 50 para producir una naranja. El derroche alimentario, aparte de un problema ético, también supone una dilapidación de recursos naturales. Hasta 2009, la Unión Europea era muy rigurosa con la comercialización de productos hortofrutícolas, ya que prohibía la venta de piezas deformes o con un tamaño demasiado pequeño. Con todo, es en los hogares donde más frutas y verduras se tiran a la basura, debido a que se planifican mal las compras o no se diseña un menú semanal.
Segunda oportunidad
En Francia, los pioneros del aprovechamiento de frutas feas fueron la cadena Intermaché. En España, supermercados como Eroski y pequeñas empresas como FlipFood o Frutas Feas dan una segunda oportunidad a los productos menos agraciados estéticamente.

Lo que no se consume acaba en la basura, circunstancia que supone no solo un descomunal desperdicio de comida, sino también de dinero y energía. Todos estos desechos deben ser transportados y procesados, lo que crea aún más emisiones contaminantes.

Ignacio Huerta, secretario general de la Unión de Pequeños Agricultores (UPA) de Extremadura, denuncia que los productores a veces se llevan sorpresas. «En ocasiones nos dicen que una fruta no sirve porque no tiene el calibre suficiente y, por lo tanto, no se paga; pero luego vas al supermercado y te encuentras con tarrinas de fruta, de esas que se venden en envases de plástico transparente. La fruta que cabe ahí es pequeña y no tiene prácticamente calibre».

Parte de la culpa del problema la tiene la UE, que hasta 2009 impedía la venta de productos deformes o con un calibre demasiado pequeño. Conseguir ahora que el consumidor cambie de gustos se antoja difícil. En términos de consumo, no se puede aplicar a la fruta el refrán de que la suerte de la fea, la guapa la desea.