'Prison Break' en la vida real: las esclavas que se liberaban gracias a los mapas en su pelo

'Prison Break' en la vida real: las esclavas que se liberaban gracias a los mapas en su pelo

Las esclavas africanas en Colombia usaron sus trenzados como mapas para indicar rutas de huida. Activistas recuperan hoy estos peinados para inculcar a sus descendientes el orgullode ser negras, el colectivo latino más pobre y estigmatizado

ICÍAR OCHOA DE OLANO

Con los puños en alto y las cadenas descolgándose de los grilletes que apresan sus muñecas, Benkos Biohó clama con desesperación por su libertad, casi cuatrocientos años después, desde una plaza pública de San Basilio de Palenque. En este pueblo colombiano, aislado entre cerros a unos cincuenta kilómetros de Cartagena de Indias, sus vecinos, unos 3.500 descendientes de esclavos africanos, veneran al gran guerrero y dirigente cimarrón que les convirtió en el primer pueblo libre de América. El bravo guineano comandó la fuga de una treintena de hombres hacia la selva, donde preparó la rebelión contra sus opresores, los colonos españoles. Pero el gran héroe negro no estuvo solo en su gesta contra el dominio esclavista. Sin su esposa, Wiva, y sin otras mujeres también cautivas y explotadas, no habría logrado huir de la bella ciudad portuaria y orientarse por los Montes de María hasta llegar al lugar en donde hoy se erige su estatua. Ellas pusieron la cartografía necesaria para que la evasión se perpetrara con éxito. La llevaban expuesta en sus cabezas, tejida hábilmente con los mechones de su pelo.

«Los caminos a la libertad de los esclavos africanos los tejieron sus esposas e hijas en sus cabezas a través de las trenzas», afirma a este periódico, desde Bogotá, Lina María Vargas, socióloga del Instituto de Investigación Educativa y Desarrollo Pedagógico (IDEP) y miembro del Grupo de Estudios Afrocolombianos de la Universidad Nacional de Colombia. En esa época, los trenzados que lucían las mujeres originarias del continente negro servían para identificarse como miembros de una comunidad o de una etnia concretas, e indicar su estatus social. Pero su destreza era tal y su situación tan dramática, expone la experta, que aprendieron a utilizarlos para trazar una suerte de mapas capilares y cambiar así su espantoso destino.

«Difundir esta historia tiene un valor político de reconocimiento» Lina María Vargas - Socióloga

El modo en que trabajaban las hebras de sus cabellos y en que las disponían sobre el cuero cabelludo, como si se tratara de obras de cestería, dibujaba rutas de escape con sorprendente detalle. «Con la 'espina de pescado', los 'gusanitos', el 'banano' o 'los embutidos' (nombres de algunos peinados) marcaban posiciones de vigilancia y señalaban ríos, senderos, montañas, puentes, los árboles más altos, haciendas o lugares de almacenamiento de grano o de armas», detalla desde Cali otra estudiosa del tema, la profesora de francés Emilia Valencia. «Como no estaban tan vigiladas, podían husmear por los caminos que recorría el amo, escanear el paisaje y fijar en su memoria los accidentes orográficos más importantes para luego reproducirlos en sus cabezas. Al verlos, los hombres sabían qué ruta tomar, hacia dónde escapar», agrega.

Los hacendados nunca sospecharon que los intrincados estilismos capilares de sus siervas hablaban –y menos aún que lo hacían de libertad–; tampoco que aquellas hileras de pelos trenzados podían ocultar valiosos objetos, como fósforos, monedas, granos de oro o semillas, algunas de las cuales fueron transportadas así desde el otro lado del Atlántico como único patrimonio. No existe documentación escrita sobre esta fascinante estrategia con la que las africanas esclavizadas abrieron el tortuoso camino hacia la liberación de los suyos. «Pero sí una importante tradición oral, que se ha trasmitido entre generaciones», enfatiza la socióloga, y que ha permitido garantizar la permanencia de la memoria de los supervivientes de aquel tiempo oscuro de profundo dolor e injusticia.

Leocadia Mosquera Gamboa, una maestra de educación básica de El Chocó (uno de los 32 departamentos en que se divide la república colombiana y el que más afrodescendientes reúne) recuerda cada palabra de las historias que su abuela Gregoria le contaba de niña sobre su madre, una esclava africana que ejerció la resistencia, y sobre el lenguaje secreto de las 'tropas', como llaman allí a las hileras de trenzas más finitas que se traban pegadas a la piel y que hacen referencia a «gente huyendo». Lina María Vargas se ha ocupado de recoger ese legado cultural y de plasmarlo en 'Poética del peinado afrocolombiano', el estudio más completo que se ha llevado a cabo sobre esta práctica y que la socióloga convirtió en su tesis doctoral. «Según le contaron sus ancestros a Leocadia, los hombres 'leían' los códigos que llevaban en sus peinados, desde la frente, que demarcaba el lugar donde se encontraban situados, hacia la nuca, que representaba el monte cerrado, el lugar hacia el que debían dirigirse en su huida».

«Eran capaces de dibujar puestos de vigilancia, ríos, senderos o montañas» Emilia Valencia - Investigadora

Esta forma de emplear las cabezas como «escenarios» aún subsiste en algunas zonas mineras de El Chocó, según ha documentado la investigadora, lo que «proporciona evidencias de que a través del pelo se cuentan historias». Se conocen como «sucedidos» y su cualidad fundamental es la de «reflejar los diálogos entre la peinadora y la mujer a la que trenza, y que suelen girar en torno a lo que ocurrió ese día en  la mina. Para los que lo observan sirve de fuente de información precisa de lo que sucedió esa jornada allá abajo».

«Hegemonía» estética

El antecedente de esa práctica rural, el uso de los trenzados africanos por parte de sus ancestros como planos encriptados de fuga hacia la libertad, ha tenido una gran difusión en Colombia en los últimos años. «Y eso está siendo muy positivo. Más allá de ser una historia bonita, políticamente ha sido importante porque ha supuesto un reconocimiento a las culturas afrocolombianas. Aunque hablamos mucho de mestizaje, el racismo late en todos los estratos de nuestra sociedad, incluido el institucional. Principalmente, hacia las mujeres. Por negras y por mujeres», admite la socióloga.

En la punta de lanza de la lucha contra esta estigmatización se encuentra, desde hace décadas, Emilia Valencia. La responsable de la Asociación de Mujeres Afrocolombianas (Amafrocol) libra esa batalla, precisamente, a través del cabello, uno de los motivos de represión histórica por parte de la cultura occidental. Desde 2004 promueve 'Tejiendo esperanzas', un popular concurso nacional de peinado afro que en su última edición, hace apenas un mes, concentró a 1.500 peinadoras, algunas de ellas capaces de crear verdaderas esculturas capilares con la introducción de postizos y de todo tipo de adornos. Se trata, en realidad, de «una forma de resistencia a la hegemonía estética occidental», admite su promotora. Pero, sobre todo, es un pretexto para fortalecer la identidad étnica y cultural del pueblo negro colombiano, a través de talleres de autoestima e identidad, y un canal para identificar los numerosos casos de violencia de género que se producen en este colectivo.

Esclavitud

1502
fue el año en que empezaron a llegar a América los primeros esclavos de África para reemplazar la mano de obra indígena, que menguaba ostensiblemente en las colonias españoles a causa de enfermedades portadas por éstos y de sus deplorables condiciones de explotación. Desde entonces hasta comienzos del siglo XIX, unos 60 millones de africanos fueron arrancados violentamente de sus tierras por traficantes europeos para ser esclavizados en América. Se cree que apenas llegaron vivos unos 12 millones.
Nueva Granada
Fue la entidad territorial formada por las actuales Panamá y Colombia, establecida por la Corona española en la última fase de su dominio en el Nuevo Mundo. Se estima que solo en el siglo XVII fueron introducidos a través de Cartagena de Indias 135.000 esclavos africanos. 
30%
es el porcentaje estimado de población afrodescendiente –unos 150 millones de personas– que vive hoy en América latina y el Caribe. Lejos de reconocerse su presencia y su aportación cultura, la diáspora africana es el colectivo marginado sistemáticamente de las políticas gubernamentales. La población femenina negra lidera las tasas de analfabetismo, pobreza y exclusión.

«En una sociedad en la que a menudo se exige llevar el pelo liso para acceder a un empleo, lo que conlleva que muchas mujeres negras utilicen productos químicos agresivos que las hieren para conseguirlo, queda mucho trabajo por hacer. Por eso nos centramos en las jovencitas de las zonas más vulnerables, a las que intentamos inculcar el orgullo de ser negras para que se reconozcan como mujeres hermosamente negras. Es terrible que una persona se mire al espejo y se odie».

 

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